Auténtico, tenaz y con un discurso de clase sin complejos
Detrás del ya conocido como «fenómeno Sanders» que está marcando la campaña de primarias demócratas con un discurso insurgente, se esconde un animal político de pro fundas convicciones de clase, desacomplejado en su discurso y ajeno a las apariencias.
La popularidad de Bernie Sanders (nacido el 8 de septiembre de 1941) ha sobrepasado sus propias expectativas. Pocos creían que cuando comenzó su quijotesca carrera presidencial, esta llegaría a coger tanta fuerza y a congregar tantas multitudes. Lo tenía, en teoría, todo en contra: el aparato del Partido Demócrata, los grandes donantes de dinero, la agenda e influencia de un marido expresidente con el que contaba su oponente, los grandes medios de comunicación. La mayoría de los analistas políticos creían que Hillary Clinton era imbatible.
Sin embargo, Bernie Sanders ha cambiado no solo el rumbo de la carrera presidencial entre los demócratas sino también la conversación política y los temas en torno a los que gira. El suyo ha sido el ascenso de un político marcadamente de izquierdas, que ha luchado duro por hacerse oír y no dejarse encorsetar por la marginalidad. Pero Sanders no es alguien que salió, como se dice, ayer a la arena pública y por arte de birlibirloque se convierte en el mayor desafío de Hillary Clinton y las élites demócratas.
Sanders es un activista de la vieja escuela, de hondas convicciones socialistas, bregado en mil batallas. Un político con mucha experiencia, el senador independiente que más veces ha sido reelegido en toda la historia de EEUU, electo por Vermont con un masivo 71% de los votos. Ya en los años 70, cuando trabajaba de carpintero, Sanders se presentó cuatro veces consecutivas a las elecciones al Senado representando al Liberty Union Party, un partido nacido de las protestas contra la guerra de Vietnam. Nunca consiguió más del 6% de los votos, pero la derrota le sirvió para ganar experiencia y fortalecer su programa de izquierda. Su referente político siempre ha sido el mismo: Eugene Debs, histórico líder sindical y cinco veces candidato a presidente por el Partido Socialista de América.
Para Sanders, la política nunca ha sido un juego, es algo muy serio, una cuestión de vida y muerte. Siempre ha creído que la política salva vidas y, según sus amigos, siempre ha desdeñado a los académicos doctrinarios de la política por no saber enraizar sus ideas en el mundo real. No es alguien que se inspire o se emocione especialmente con los nuevos «gurús» de la izquierda mundial como Thomas Piketty o Yannis Varoufakis.
En 1981, Sanders fue elegido alcalde de Burlington, un pueblo rural a 65 kilómetros de la frontera de Canadá, por diez votos de diferencia. Fue el primer alcalde de EEUU que no era ni demócrata ni republicano y prácticamente el único que se declaraba socialista. Fue reelegido tres veces para el cargo que supuso su primera base para el asalto al estado de Vermont.
Fue un alcalde diferente y peculiar. Tras hacer pública una declaración muy comentada en la época en la que declaraba que «los ciudadanos de Burlington no pueden quedarse sentados y observar cómo se está destruyendo el planeta, con cientos de millones de personas en peligro de ser incineradas», decidió dotarse de una política exterior y ejercía a su manera la diplomacia desde el ayuntamiento. Utilizó su cargo para criticar duramente el Apartheid en Sudáfrica, la invasión de EEUU de isla de Granada, se dirigió personalmente a Margaret Thatcher para denunciar el abuso y la humillación de los presos republicanos irlandeses. Visitó personalmente a Daniel Ortega tras el triunfo de la revolución sandinista e intentó una vía de solución política mediante el expresidente Jimmy Carter que finalmente Ronald Reagan tumbó. Fue pionero en saltarse el embargo a Cuba y viajó a la isla con intención de reunirse con Fidel Castro.
Sanders enviaba cartas personales al líder soviético Leonid Breznev –de hecho Burlington fue el único pueblo de EEUU que desarrolló intercambios culturales y de educación con la URSS–, a Hu Yaobang, líder del Partido Comunista Chino, a Downing Street o al Elíseo demandando pasos reales para un desarme global.
Amigo de Chomsky –que da cero posibilidades a su colega Sanders para hacerse con la nominación demócrata, pues considera que EEUU no es una democracia sino una plutocracia controlada por las grandes corporaciones– al que invi taba a pasar los veranos en Burlington o de Danielle Mitterrand, con quien mantuvo una estrecha relación, Sanders se declara un ardiente admirador del Papa Fran cisco, del que aprecia especialmente su condena radical de la «economía de la exclusión». Según sus propias palabras, el Papa Francisco es una «extraordinaria figura» que «ha venido justo a tiempo cuando más lo necesitaba la izquierda global».
Centralidad de clase
Las políticas de este veterano socialista de origen judío de Brooklyn siempre se han centrado en la ayuda de la clase trabajadora y en reducir la influencia y el poder de los multimillonarios. Su tradición política pertenece más a la izquierda de la década de los 30 que a la de los 70, más a la vieja escuela socialista que a la contracultural. Propone deshacerse de los grandes bancos –«si son demasiado grandes para caer, son demasiado grandes para existir»–, crear puestos de trabajo renovando la infraestructura de su país, una política fiscal más progresiva y agresiva contra Wall Street, una financiación pública de las elecciones y asegurar que el estado provea enseñanza y salud gratuita, subsidiada en parte por una tasación mucho más estricta de Wall Street.
Plantea prohibir la influencia del dinero privado en la política y critica radicalmente la sentencia –Citizens United– del Tribunal Supremo de 2010 en la que este permitió el gasto ilimitado de las corporaciones en las campañas, posibilitando así una influencia brutal de los multimillonarios.
Para Sanders, el tema central es la contradicción de clase. Ha subsumido por ejemplo las discusiones de raza bajo el concepto de clase y entiende que la clave radica en otra organización de la economía. A diferencia de Hillary Clinton, votó contra la guerra de Irak o contra los acuerdos de libre comercio del NAFTA y del TPP. Sus posiciones son avanzadas y liberales en temas como el matrimonio gay o el aborto, pero nunca los ha considerado centrales, aunque haciendo de la necesidad virtud, sí se ha visto obligado a incorporar temas como la raza, el género o la etnicidad en su ataque contra la clase de los multimillonarios, aunque nunca como eje central de su oferta política.
Cuando en sus mítines los jóvenes gritan «¡recuperemos el Gobierno que está en manos de los multimillonarios!» claro que no quieren una nacionalización de los medios de producción y una vuelta al Comintern establecido por Lenin en 1919. Pero algo está cambiando en las nuevas generaciones de estadounidenses, la indignación social es un fenómeno arraigado y, en cierta medida, demuestra que, quizá, aunque las nuevas generaciones no quieren enterrar completamente el sistema, están muy abiertas a una crítica radical del mismo. Saben que no todos los capitalismos son iguales, conocen la socialdemocracia escandinava o la canadiense, donde el gobierno regula las grandes corporaciones y articula y expande la red de protección social.
Muchos consideraban a Sanders como un decrépito socialista que se expresa bien pero que no sabe cómo funciona el mundo real. Creían que uno tenía que ser un chiflado o un viejo cascarrabias para hacer suyo el concepto maldito de «socialismo», conectado con el «diablo del comunismo». Apostaban a que eso lo condenaría políticamente, pero para su legión de seguidores –en lo que es otro dato del cambio social– no ha sido un elemento disuasorio. Lo cierto es que sus explicaciones sobre por qué se identifica como socialista, lo que significa para él, es algo que está jugando positivamente a su favor. Y junto con la aspereza de su discurso, lo didáctico que es y su indiferencia a las apariencias, es clave para entender su atracción.
Multitud no es movimiento
La historia de EEUU ha demostrado que la abolición del esclavismo, el sufragio de las mujeres, la jornada laboral de 8 horas, las escuelas públicas, el salario mínimo, la elección directa de senadores o los derechos civiles fueron introducidos por movimientos independientes de los dos grandes partidos corporativos que finalmente los adoptaron. Cierto es también que una multitud no es un movimiento. Y esto vale tanto para Sanders como para Trump, ambos con enorme gancho. Las multitudes «sandernistas», para muchas voces de la izquierda en EEUU representan un movimiento con potencial para cambiar el discurso político y actuar decisivamente en una dirección radical.
¿Es el fenómeno Sanders un movimiento radical? Y si no lo es, ¿podría convertirse en tal? ¿Eso solo puede hacerse fuera de la gran tienda de campaña del Partido Demócrata? ¿Qué harán los seguidores de Sanders si el «necesitamos una revolución política» se convierte en un «hay que votar a Hillary Clinton para que no gane Trump?
Los imperativos de la política del «mal menor» siempre han sido devastadores para la izquierda. ¿Podrán los movimientos más vibrantes de EEUU como Black Lives Matter, Occupy Wall Street o 15Now converger por la «revolución política» de Sanders? Son preguntas como mazos que golpean en una izquierda que, vistos los antecedentes –las derrotas de candidatos progresistas Jesse Jackson y Dennis Kucinich–, tiene razones para ser escépticos en las respuestas.