Mentalidad subsidiaria
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Probablemente no habrá persona en el mundo que en caso de sentirse agraviada, que si piensa que ha sido tratada de forma injusta o que se le han hecho críticas que no merece, no esté deseando tomar la palabra. Para explicarse, para rebatir y para poner las cosas en su sitio. Por eso, lo primero que llama la atención de la comparecencia parlamentaria de Iñigo Urkullu es el tiempo y la forma, que haya tardado doce días y que lo haya hecho a regañadientes, porque no le ha quedado más remedio.
Quizá vaya con el carácter, pero con la que le ha caído en este tiempo cualquiera estaría levantando la mano, ansioso por hablar. El lehendakari no, y solo él sabrá por qué, si cree tener la razón.
Con todo, al final ha comparecido, y aunque la sesión se presume larga, en su primera intervención ya ha dado alguna pista sobre cómo ha sido el abordaje de esta tragedia por parte de su Gabinete.
Sobre lo ocurrido no ha dicho nada que sirva para poner algo de luz en medio de tanta humareda informativa, pues ha manifestado que lo ocurrido ha sido algo «extraordinario, inusual y totalmente impredecible», que es la forma en que al parecer algunos políticos explican que el perro se ha comido sus deberes, algo sin duda «extraordinario, inusual y totalmente impredecible».
Pero sí es destacable una frase que en su literalidad dice mucho del talante, de la forma de ser y de la ideología del autor. Ha dicho Urkullu que lo que ha pasado en Zaldibar, con sus consiguientes réplicas en toda la comarca y en el resto del país, «es un caso de emergencia y urgencia en un ámbito que corresponde a la empresa propietaria. El Gobierno está actuando de manera subsidiaria».
Es improbable que el lehendakari no se haya dado cuenta de todo lo que encierra esta afirmación, pues se ha llevado la intervención preparada de casa, pero precisamente por ello es aún más grave. Porque lo que llevamos sufriendo desde hace doce días, con dos personas aún sepultadas y con miles de personas sin saber qué pueden o no pueden hacer en sus localidades, es además una crisis medioambiental, sanitaria, por supuesto humana, y también de confianza sobre las instituciones. Una crisis, sin matices y con todo lo que comporta la palabra.
Y que en esta tesitura la máxima autoridad institucional afirme que su papel es subsidiario indica, no solo que no ha sido capaz todavía de hacer una lectura real de la situación, sino que no tiene el liderazgo que se le presupone a quien ostenta su cargo.
Si Iñigo Urkullu no ha sido capaz de sacar carácter y coger las riendas cuando se ha derrumbado un vertedero, habrá que mirar hasta qué punto está preparado para llevar el timón en empresas más determinantes para el futuro de nuestro país.