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La economía mundial es un paciente de alto riesgo

La lucha contra la expansión del coronavirus está dejando en evidencia la fragilidad de la economía mundial y sus principales debilidades. El impacto por países será muy desigual y entre los trabajadores dependerá mucho de los sistemas de protección social existentes.


Cancelación de vuelos, cierres de comercios, cuarentenas, aplazamiento de eventos culturales y deportivos, suspensión de las clases… La lista de medidas que están tomando los gobiernos para ralentizar la expansión del Covid-19 se hace cada vez más larga. Y todas estas actuaciones tiene un evidente impacto económico. Cualquier decisión que frena la actividad económica tiene un efecto multiplicador sobre la economía: el parón en cualquier actividad hace que se pierdan ingresos, pero también deja sin suministros a otras actividades y frena las compras de otros productos, y así, de la misma forma que el virus, el impacto económico se va expandiendo por todo el tejido económico.

Un parón en la actividad de cualquier manufactura afecta a toda la cadena de producción en la que se inserta: los suministros no llegarán a los eslabones posteriores del proceso y los productos semielaborados se acumularán en las estaciones previas de la cadena provocando serios desajustes. En principio, las empresas pueden hacer frente a esa falta de suministro valiéndose de los inventarios acumulados, pero su capacidad suele ser limitada. De hecho, tres de cada cuatro empresas norteamericanas han declarado que han tenido dificultades de aprovisionamiento, según los datos recogidos por el Instituto para la Administración de Suministros (IMS) de aquel país.

El impacto en la producción

En este sentido, la Unctad (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo) señala que el Índice de Gestión de Compras (PMI, por sus siglas en inglés) ha caído en febrero 22 puntos, hasta alcanzar su nivel más bajo desde 2004. Apunta como principal causa que China se ha convertido en el centro manufacturero mundial y cualquier problema que tenga repercute no solo en todos los sectores industriales sino que también se extiende por todo el mundo. Los datos divulgados por la Administración General de Aduanas mostraron que en enero y febrero los intercambios comerciales de China con el resto del mundo descendieron un 9,6% y se situaron en 4,12 billones de yuanes (equivalentes a 526.558 millones de euros).

Esta reducción de las exportaciones de la fábrica del mundo no se reparte de manera homogénea. A pesar de la caída aumentaron los intercambios comerciales con la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Asean), el primer socio comercial de China, que crecieron un 2% interanual y suponen un 14,4% del total del comercio exterior chino. También subió (un 1,8%) el intercambio con los países participantes en el macroproyecto internacional conocido como las Nuevas Rutas de la Seda.

Sin embargo, el comercio con el resto de los mayores socios comerciales, como la Unión Europea, EEUU y Japón (segundo, tercer y cuarto en volumen de intercambios, respectivamente) se redujo: un 14,2% en el caso de la UE y un 15,3% en el de Japón. En el caso de los intercambios con EEUU, país con el que China mantiene una guerra comercial desde marzo de 2018, se redujeron en un 19,6%. Datos que coinciden con los ofrecidos por la Unctad que sitúa entre las economías con mayores afecciones a la Unión Europea, EEUU, Japón y Corea.

La Unctad señala, sin embargo, que ni todas las industrias ni todos los países se verán afectados de la misma manera. Estima que los mayores problemas se darán en la producción de instrumentos de precisión, maquinaria, automóviles y equipos de comunicación.

En este contexto, no es extraño que el Estado español y otros nueve países europeos acogieran con satisfacción la publicación de la Estrategia Industrial de la Comisión Europea. Subrayaron la «urgente necesidad» de reducir la dependencia de proveedores no europeos, en un momento en el que consideran que la soberanía «está en juego». Tarde y forzados por las circunstancias, los países europeos se van dando cuenta de que la actual globalización basada en la deslocalización de importantes fábricas y centros de producción mina las bases de la soberanía económica de las naciones.

La influencia sobre la demanda

Otro aspecto del impacto del coronavirus está relacionado con el gasto. La caída de ingresos por la falta de trabajo, el miedo al contagio y las medidas gubernamentales están provocando un importante descenso del gasto que ha llevado a las grandes empresas a revisar su previsiones de beneficios. Entre las más afectadas están las compañías aéreas, que preven de promedio una reducción del 42%, y las multinacionales automovilísticas con un 44% de caída estimada. Otros sectores, como hoteles y restaurantes y ocio, calculan una reducción del 21%; las empresas energéticas y materiales básicos, un 13%. En general, el turismo está sufriendo un fuerte impacto a causa de la anulación de reservas y cancelación de vuelos. Los ingresos y la actividad tiene un fuerte componente estacional: si se pierde, por ejemplo, la campaña de Semana Santa difícilmente se recuperarán esos ingresos a lo largo del año.

La Unctad calcula en el escenario más negativo una caída de 2 billones de dólares en el ingreso global. No obstante, esa caída de ingresos no se repartirá de manera homogénea entre los trabajadores. El impacto entre la población dependerá mucho de los sistemas de protección social existentes y de las medidas de asistencia que aprueben los respectivos gobiernos para paliar la pérdida de ingresos de las familias. Asimismo, se espera un aplazamiento en las decisiones de inversión privada a la espera de que la situación se clarifique, un vacío que, sin embargo, puede compensar la inversión pública, siempre que el omnipresente rigor fiscal no frene la iniciativa pública.

Las finanzas, en la cuerda floja

El tercer aspecto del impacto del coronavirus en la economía es el financiero. La incertidumbre sobre cómo se van a desarrollar los acontecimientos hace que crezca la aversión al riesgo. En estas situaciones, los especuladores suelen vender acciones y comprar activos más líquidos y con menos riesgo; en general, deuda pública. Las bolsas de todo el mundo llevan tres semanas cayendo y de momento no se adivina dónde puede estar el suelo. Conviene tener en cuenta, además, que el golpe del coronavirus llega tras un crecimiento sin precedentes de la deuda, tanto pública como privada, que ya rozaba los 229 billones a finales de 2018, más de dos veces y media el PIB mundial. Para hacerse una idea del peso que tiene la deuda sobre la economía real, esa cantidad es 152 billones más alta que la que se contabilizó al principio de la crisis financiera de 2008.

La Unctad observa dos peligros en el ámbito financiero. Por una parte, la escasa calidad de la deuda emitida por mucha compañías, especialmente en países desarrollados, que animadas por los bajos tipos de interés y la abundancia de dinero en circulación están fuertemente endeudadas. Esta deuda empresarial empieza a pesar, sobre todo debido a que la menor actividad económica puede dejar a las empresas sin ingresos suficientes para atender todas sus obligaciones financieras. Según los datos ofrecidos por la OCDE, la deuda corporativa de empresas no financieras asciende a 13,5 billones de dólares, más del doble del valor real de la deuda emitida a finales de 2008, al principio de la crisis financiera. Además, cerca de una cuarta parte de esa deuda corporativa total carece de evaluación, es decir, son bonos basura.

Otro frente de preocupación para la Unctad es el de los países exportadores de materias primas que están fuertemente endeudados. La ralentización de la economía mundial y la consiguiente caída de los precios puede provocar un descenso en sus reservas en divisa extranjera y dificultades para cumplir con los pagos de los préstamos. En resumidas cuentas, a pesar de los bajos tipos de interés, el alto endeudamiento, la caída del crecimiento global y el descenso de los ingresos en divisas extranjeras hace que sea bastante real la posibilidad de una crisis crediticia. De hecho, Líbano declaró el pasado sábado el primer impago de deuda de su historia.