Tras dos semanas en estado de alarma, Iruñea sigue con un aspecto irreal
Domingo al mediodía. El sol y la agradable temperatura invitan a pasear, pero las calles y plazas de Iruñea están prácticamente desiertas. Han pasado dos semanas desde que comenzó el estado de alarma, para intentar frenar la expansión del coronavirus, y la ciudad ofrece un aspecto que parece irreal.
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Los semáforos de la ciudad siguen funcionando, a pesar de que apenas hay tráfico. La Vuelta del Castillo está casi desierta, y solo se ven algunos perros paseando a sus dueños. Quienes no tienen mascota, suelen dar un rodeo para ir a comprar el pan o el periódico, y también lo hacen de vuelta a casa. No hay prisa para regresar al hogar, por muy dulce que sea. Tras dos semanas de confinamiento, apetece estirar las piernas y aprovechar las pocas posibilidades que permite la ley. Hay quienes parece que se han hecho vegetarianos y compran fruta y verdura incluso en domingo.
Las pocas personas que están pateando la ciudad son adultas. Todos los parques infantiles fueron sellados por la Policía Municipal hace dos semanas, y el griterío de los txikis ha sido sustituido por un silencio inquietante. Casi se echan en falta los balonazos en tus ventanas. Ese silencio se hace más evidente al caer la tarde, cuando escuchas el canto de los pajarillos en la plaza y te das cuenta de que nunca los habías oído cantar en anteriores primaveras.
Las gasolineras están abiertas, pero sus empleados van y vienen con las manos en los bolsillos, porque hay pocos vehículos transitando y la mayoría pasa de largo. Una ambulancia con las luces encendidas corre en dirección al hospital, y todo el mundo intuye lo mismo. «Otro caso más».
De vez en cuando te cruzas con una persona y la reacción suele ser la misma: te separas un poco para mantener la distancia de seguridad, le miras, te mira y ambas miradas reflejan un punto de suspicacia, como si fuese el otro el que puede contagiarte, y no tu a él. Ese recelo también se nota estos días en la ‘cola’ de la panadería, en la carnicería o en los pasillos del supermercado. Es una desconfianza mutua y comprensible, porque el número de contagios ya no se cuentan por decenas, sino por cientos o miles.

Como siempre, los más afectados son los que menos defensas tienen. En el verano de 2003 la ola de calor causó al menos 15.000 muertos en el Estado francés, 13.000 muertos en el Estado español y unos 70.000 en el conjunto de Europa. La mayoría eran personas de avanzada edad, a quienes el sofocante calor les agudizó las dolencias que ya padecían. También el coronavirus se está cebando con los ancianos, con los más débiles, pero en la mayoría de las residencias no se han tomado medidas drásticas hasta que han surgido los primeros casos. La puerta principal de la Casa de Misericordia de Iruñea ha sido precintada y en la valla que cierra el paso por la puerta principal han colocado un letrero: ‘No se permiten visitas del exterior’. Muerto el burro, cebada al rabo.
La Vuelta del Castillo suele estar a tope de deportistas cualquier domingo al mediodía, pero hoy aparece desierta, al igual que la parada de la Estación de Autobuses. El anuncio de una agencia de viajes dice que las vueltas dan mucha vida. Pero ahora hay miedo a perder la vida si das muchas vueltas. Por eso los autobuses urbanos van casi vacíos, los taxis apenas tienen clientes y en los barrios sin zona azul y pocos aparcamientos subterráneos es casi imposible aparcar el coche.
La Plaza del Castillo no parece una plaza, sino una fotografía tratada con Photoshop para borrar a las personas. Las calles que parten desde ella en todas las direcciones también están casi vacías, al igual que el Paseo de Sarasate. Es la hora del vermut dominical, pero en Alde Zaharra nadie lo diría, entre otras cosas porque todos los bares están chapados y en las calles no hay casi nadie. Y no es por culpa del cambio de hora realizado la pasada noche.

En la Estafeta te cruzas con algunas personas que no sabes si van o vienen. Un conocido abogado de Iruñea, con puro al morro y GARA bajo el brazo, confiesa que todos los días da un pequeño rodeo para comprar la prensa. Es de esos que siguen leyendo en papel, de los que llevan un poco de alegría a los kioscos y librerías.
La Casa del Libro es una de ellas, quizás la más conocida de Alde Zaharra. El letrero luminoso colocado sobre su puerta señala el tiempo que falta para el txupinazo: 99 días, 1 hora, 36 minutos y 41 segundos. A su propietario, Carmelo Buttini Etxarte, se le va a hacer eterno, sobre todo porque este año no se sabe cuándo sonará ese txupinazo. Carmelo ha salido a la calle a quitarse la mascarilla y respirar un poco de aire puro, porque nunca ha estado tan puro como ahora. Sus carcajadas y buen humor transmiten confianza en que los sanfermines comenzarán cuando lo marque su famoso reloj. «Ya falta menos», tal como dice el nombre de un bar adornado con la figura de Hemingway.

Alde Zaharra no es una excepción. Todos los barrios de la ciudad presentan el mismo panorama desértico, lo que revela que la inmensa mayoría de la población sigue enclaustrada en sus casas. La excepción es un mendigo. Antes se les llamaba ‘pordioseros’ porque pedían en nombre de dios, y ahora se les llama ‘sin techo’. Este permanece sentado en una escalinata de la calle Mayor, ajeno a alarmas y prohibiciones. Pero quizás no está incumpliendo ninguna normativa, porque esa es ‘su casa’. Y no sale de ella.
El Parque de la Taconera es quizás el lugar más bullicioso de la ciudad. Cientos de animales corretean por sus fosos entre graznidos, chillidos y cánticos, en un totum revolotum y ajenos al silencio de las zonas edificadas. Pero hoy no hay ningún txiki que les eche comida, ningún adulto que fotografíe los ciervos y las aves que revolotean en esta alterada primavera.
En contraste con ese txoko de vida, las calles y avenidas aparecen casi muertas. Apenas hay tráfico, los cines y comercios están cerrados, y ni siquiera se ven personas en los balcones. Las luces intermitentes de las farmacias de guardia atraen a algunos clientes, pero si necesitas algo de la farmacia en un domingo por la mañana, no suele ser buena señal.
Han pasado dos semanas desde que comenzó el estado de alarma y la situación se va a prolongar hasta quién sabe cuándo, y con medidas más drásticas. Un bichito invisible ha dado un vuelco a nuestro modo de vida, ha causado decenas de miles de muertes, ha puesto patas arriba la economía mundial y va a condicionar nuestro futuro durante mucho tiempo, y no precisamente a mejor. ¡Ojalá los domingos vuelvan a ser como antes de esta pandemia, y ojalá aprendamos algo de ella!
