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Miedo, solidaridad, superación: vivencias de sanitarios navarros en un año de covid-19

Cinco profesionales sanitarios navarros de distintas ramas y ubicaciones han contado a Efe cómo han vivido este año de pandemia: del miedo a la satisfacción, de la indecisión al aprendizaje, del agotamiento al orgullo.

Actividad quirúrgica en el Complejo Hospitalario de Nafarroa en plena pandemia. (Marisol RAMIREZ | FOKU)

Los sanitarios cumplen este fin de semana un año desde la irrupción de la covid-19 en sus vidas, una presencia que ha arrasado con lo que hasta 2020 eran sus rutinas, que ha ocupado sus energías y esfuerzos, y que marcará para siempre un antes y un después en su quehacer profesional ante la «fragilidad humana» que ha evidenciado la pandemia.

Así coinciden en analizarlo varios profesionales navarros en declaraciones a Efe, en las que señalan que el alivio que supone la llegada de la vacuna a la población no debe hacer olvidar lo sucedido este año y abogan por una reflexión que ayude tanto al sistema ante posibles nuevos embates como a la ciudadanía para no facilitarlos.

Fue el 28 de febrero de 2020 cuando se detectó el primer posible caso de covid-19 en Nafarroa, confirmado al día siguiente, una paciente recién llegada de un viaje a Bélgica y que ingresó directamente en la UCI.

Allí una de las intensivistas, Isabel Jiménez, vivió este primer ingreso «con un poco de incredulidad, porque no esperábamos ni que fuera a llegar ni que lo hiciera tan pronto», y tampoco que la paciente fuera de tal gravedad. Fue un caso «muy complicado y muy difícil», al que pronto se sumaron otros en ese mismo servicio, donde observaron con estupor que se enfrentaban a algo «totalmente nuevo y muy diferente a todo lo vivido».

«El comportamiento era muy variable de unas personas a otras, nos pilló totalmente desprevenidos porque lo que en un paciente iba bien en otro no. Los protocolos cambiaban cada día y además del trabajo había que estudiar muchísimo. Fue muy agobiante», reconoce.

Se sincera al reconocer: «No sé cómo lo hemos soportado, esa es la verdad. Estuvimos los primeros meses sin librar ni un solo día, ni sábados ni domingos, no hemos tenido vacaciones. Y lo hemos soportado porque hemos podido apoyarnos unos a otros y así hemos salido», no sin muchos contagios entre ellos mismos, que además no tenían sustitutos al ser el de intensivista un puesto limitado porque, como los bomberos, dice, «no hacen falta si todo va bien».

«Era impensable, pero ahora ya no lo es. Ha pasado una vez y hemos ido aprendiendo a cómo organizarlo y superarlo», de forma que «las mascarillas han sido nuestra salvación», el freno para una expansión del covid-19 que, advierte, también ha expuesto a los sanitarios a que se les mire «con lupa, porque la gente tiene miedo cuando sabe que estamos todo el día aquí con los enfermos».

Jiménez reconoce que sobre todo los primeros meses vivió la experiencia «con miedo, por supuesto», y de hecho ella enfermó aunque no lo supo hasta que realizaron pruebas a los profesionales que habían utilizado una partida de mascarillas defectuosas.

«Personalmente ha sido muy duro. Tuve mucho miedo de haber contagiado a mi marido, a mis hijas y a mi madre que vive con nosotros y que es una persona de edad», señala tras recordar que su padre falleció en esos meses y valorar que su familia es la que «ha estado apoyándome al cien por cien».

En cualquier caso, como médico reconoce que han ido aprendiendo y han tenido «muy buenos resultados. Estamos muy contentos y satisfechos del trabajo que hemos hecho, y como equipo hemos crecido muchísimo. No puedo tener más que buenas palabras para con mis compañeros», dice la intensivista, para quien la aparición de la vacuna «es esperanza».

La fragilidad humana

Con menos sorpresa conoció la llegada de la primera paciente de covid-19 al CHN su jefe de Urgencias, Javier Sesma, quien indica que «estábamos esperándolo ya» tras varios casos llegados de Italia que dieron negativo en esos días, aunque «no terminábamos de creernos lo que iba a pasar».

«Nos ha cogido a contrapié a todos, en general, en los países occidentales», señala tras recordar la carestía de materiales básicos de protección con los que los profesionales afrontaron el ascenso de la curva en la primera ola, y la «carrera contra-reloj» de los gobiernos para dotarse de batas, mascarillas, guantes, pruebas PCR o respiradores, algo inhabitual en el primer mundo.

Con esta situación también ha habido un aprendizaje, señala para apuntar que «todos nos hemos dado cuenta de la fragilidad que como sociedad tenemos en un momento dado», por lo que esto debería dar valor a «la unión entre todos, la solidaridad, y a aprender a valorar lo que teníamos.

Él mismo pasó también la enfermedad, recuerda para insistir en la «fragilidad» que también ha quedado al aire en el caso de «las personas más vulnerables y dependientes, que en residencias y hospitales se vieron muy solas como consecuencias de las medidas de aislamiento», y que en el caso de los centros sanitarios ha sido un protocolo ya revisado «porque quizá fue excesivo».

Bera, el respeto por el entorno

En otro plano de la asistencia sanitaria, el de la Atención Primaria, la enfermera Elixabete Elizalde, que trabaja en el consultorio de Bera, reconoce que el covid-19 no entró con fuerza en Bortziriak, aún hoy una de las zonas con menos incidencia de Nafarroa, pero sí lo pasaron «francamente mal en la segunda ola con los brotes de las residencias, cuando vimos lo letal que puede ser en los más vulnerables».

Coincide en atribuir al «esfuerzo de todo el personal, también de la dirección» el haber podido gestionar la situación pese a momentos «muy complicados» y reconoce con cariño una de las características de ejercer la sanidad en el entorno rural, la de la cercanía con los pacientes, ya que los vecinos se volcaron a manufacturar pantallas, gafas de protección o batas ante la falta de estos materiales homologados.

Pese a ello, y sobre todo en esos primeros meses, «el miedo siempre lo tenías presente, con tres hijos pequeños y los padres con factores de riesgo muy serios».

Por ello, y ahora ya con EPI suficientes y también con el conocimiento generalizado en la población de cómo se transmite el virus, admite que le «molesta bastante» comprobar que hay personas que no siguen las recomendaciones o que «no han aprendido nada después de un año, con un repunte después de carnavales pese a tanto esfuerzo».

Por otro lado, el aislamiento y las medidas de precaución han alterado la necesaria «socialización, que ayuda a que no somaticemos los problemas y no tengamos los problemas de ansiedad» que han aumentado entre personas de cierta edad que salían un rato con amigos o tenían actividades en grupo que han dejado de hacer.

Por ello, para Elizalde la consecución de la vacuna es «ver que hay salida» a todo esto, de lo que a su juicio hay que sacar como enseñanza que hay que «tener respeto» al equilibrio de la naturaleza y no descuidarlo, que "somos la llave para que este tipo de pandemias no se propaguen" y que «no somos nada ante una cosa como esta, un bicho pequeño para el que no estábamos preparados».

La generosidad de los pueblos

También en un entorno rural ejerce la médico Patricia Palacio, quien se reconoce «emocionada» y hace constar su «infinita gratitud» a los vecinos de Azkoien, cuya «generosidad desde el primer momento me emocionó, y es que tanto el Ayuntamiento como las empresas, los trabajadores y particulares nos hacían material para todo tipo de protección adelantándose a las necesidades y de una manera totalmente altruista"»

Fue en los peores momentos de la pandemia, en un arranque en el que la carencia de material de protección espoleó a la ciudadanía, aunque Palacio ni se planteó que Nafarroa no pudiera responder con medios y camas, en número «superior a otras zonas».

Tampoco ella se libró del covid, se contagió trabajando y contagió a su vez a su marido e hijos, pero «al menos no llegué a contagiar a los abuelos, que es lo que creo que a todos nos produce pánico», dice para reconocer que «la inmensa mayoría de la población ha entendido y seguido las medidas» de restricción y que en su pueblo «el comportamiento de la mayoría de la gente fue ejemplar».

Coraje, altruismo y calidad

También desde la medicina de familia, en este caso en un entorno urbano como es el Centro de Salud de Mutiloa, la médico Ana Puig recuerda «con sorpresa e incredulidad» la llegada de la pandemia a Nafarroa, que en su puesto de trabajo obligó al cambio de protocolos en la atención, más telefónica, en una adaptación que valora como «una capacidad de reacción bestial en el caso de los compañeros de la Atención Primaria».

«Coraje, altruismo, profesionalidad y una calidad humana extraordinarias» son algunos de los valores de sus compañeros, por lo que «jamás pensé que no pudiéramos responder. Sí quizá que tanto mis compañeros hospitalarios como nosotros, en algún momento después de que pasase lo peor podríamos caer agotados».

Sobre posibles carencias del sistema, también Puig cree que «esto nos pilló a todos un poco con el pie cruzado, porque te enfrentas a algo que no sabes qué es y lo haces con un sistema preparado para otro tipo de atención», algo de lo que también se aprende como profesional.

Y como sociedad, considera que «todos hemos aprendido, sobre todo a valorar ciertas cosas que teníamos y a las que no dábamos importancia. Esto te hace dar la vuelta a todo y verlo de otra manera, apreciar más pequeños gestos, pequeñas cosas, tu familia, tus amigos».

Ese sentimiento extra-sanitario también es trasladable a su trabajo, porque «ha quedado claro que debemos cuidar a nuestros pacientes no solo en su salud física. Creo que la salud mental, el apoyo psicológico, el 'estoy aquí contigo', el 'llámame si necesitas', el 'te escucho' ... creo que eso es muy importante a la hora de tratar a los pacientes».