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Un parásito en la mente

Inquietante inmersión en la mente. (‘Earwig’)

El nuevo largometraje de Lucile Hadzihalilovic se comporta como una criatura única en su especie, desde su primera hasta su última secuencia. Algo que cabía esperar atendiendo a los antecedentes de una cineasta que, con apenas dos largometrajes en su haber (“Innocence” y “Evolution”) ya se había erigido como una de las más dotadas creadoras de fábulas de nuestra era. De cuentos de hadas muy oscuros, cabe concretar, o sea, de esas historias cuyo principal propósito parece ser el de infectar al espectador. Christopher Nolan lo llamaría «inception».

Hablo de ese elaborado proceso mediante el cual se introduce una idea (a ser posible, una muy disparatada) en un cerebro que hasta entonces era puro, inocente. Y al terminar, ya no. Después de unos hipnóticos títulos de crédito iniciales, en los que buena parte de la ficha técnica y artística de la producción ha ido desfilando sobre una inquietante superficie de mármol verde, la cámara se detiene en una imagen perturbadora. Un hombre agazapado, replegado sobre él mismo, se pone las manos en la cabeza, en posición y gestos que denotan un sufrimiento insufrible.

A todo esto, la mirada de la cineasta francesa se ha quedado fija en la oreja del pobre diablo, como si quisiera perderse en ella, o algo peor.

De repente, el conducto auricular queda reducido a exactamente esto: a un agujero de una negrura insondable; a una vía de entrada a la cabeza del personaje. A la nuestra, también. “Earwig” (que por cierto, significa «tijereta») empieza así su particular ejercicio de invasión. Y por primera vez, sobrevuela una pregunta de angustia casi existencial: ¿lo que estamos viendo nos está enturbiando la mente por su propia naturaleza, o por la manera en que se nos están presentando las imágenes?

Planteado de otra manera: ¿las malas vibraciones que emite el conjunto se deben a aquello que nos cuenta, o más bien a la manera en que todo lo que vemos y oímos parece haber pasado previamente por un retorcidísimo filtro?

La -endiablada- gracia del asunto consiste, en parte, en el silencio con el que nos corresponde; en la ausencia abismal de respuestas concretas con la que se rodea. Y por supuesto, durante el primer contacto, esto puede causar fuertes reacciones alérgicas. Existe la amenaza de caer en la frustración, por supuesto, pero ya con la sangre fría, permanece la sospecha (más sólida, a cada segundo que pasa) de que Hadzihalilovic ha conquistado su objetivo principal: que al salir de la sala de cine, aún nos sintamos en su incomodísima compañía. Y en efecto, horas después de descubrir “Earwig”, mientras escribo estas líneas, siento que la película sigue empujándome a montarme mi propia película.

A lo mejor porque todavía sentimos el impulso de dar sentido (racional, se entiende) a todo lo que sentimos y/o percibimos, una voluntad especialmente absurda cuando tratamos con una pieza de arte. Más aún cuando esta nos manda tantas señales concerniendo a sus verdaderas intenciones (y ya de paso, a las vías por las que va a realizarlas).

Estamos en lo que parece ser un antiguo hospital; en un inmenso pabellón ocupado por solo dos personajes: un hombre y una niña. Los procederes de él son los de un experto odontólogo; a ella no le queda otra que comportarse como la más obediente de las pacientes. Da miedo, sí, y también un poco de asco, pero por encima de todo, alimenta esa curiosidad que mató al gato.

Una vez más, Hadzihalilovic nos habla, muy a su manera, de esa infancia en manos de los adultos; de esa pureza a punto de ser corrompida. Otra imagen que intoxica: resulta que el aparato de ortodoncia que ella lleva puesto, en realidad es una especie de recolector de su saliva. Esta queda encapsulada en dos frascos de cristal, y al rato, acaba sirviendo de relleno para unos moldes dentales que se guardan celosamente en una nevera que tiene mucho de caja fuerte. Y se agradece la lenta cadencia a la que todo esto se va sucediendo, porque la verdad es que cuesta horrores procesar cada situación.

Y de nuevo, ahí está el encanto envenenado de la propuesta; el mismo que impregna el cine de género más estimulante: el que sin ningún pudor, nos planta en escenarios que ni se nos había ocurrido imaginar.

“Earwig” nos hace aterrizar ahí mediante un apabullante y tétrico juego sensorial, capaz de concretar hermanamientos conceptuales increíbles. Una boca se convierte en un armario; unos dientes en unas copas de cristal que, para mayor filigrana, resulta que reflejan recuerdos a apunto de resquebrajarse. Y nada de esto tiene lógica, más allá de la implacable coherencia de un montaje que vive en una sinestesia permanente: imágenes que se relacionan con sonidos, sonidos que quieren emparejarse con colores... colores que nos remiten a la pesadilla que vamos a tener esta noche.

Sensaciones que van dando vueltas sobre sí mismas, hasta centrifugarse del todo; hasta crear una nueva emoción. Durante los primeros compases, “Earwig” transcurre sin apenas una sola línea de diálogo. Cuando por fin llega el momento en que alguien tiene que hablar, sorprende que lo haga en inglés, es decir, en una lengua reconocible, y no en un extraño sistema de sonidos indescifrables. Lucile Hadzihalilovic adapta la novela homónima de Brian Catling con la conciencia de que esto ya no es literatura, sino la extraña dimensión cinematográfica, donde lo real y lo onírico se funden y se confunden; donde las falsas pistas llevan a callejones sin salida... pero también abren puertas a nuevas interpretaciones, a nuevos caminos en los que perderse.