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«Durante unas semanas de 2019 creímos haber encontrado los restos de ‘Pertur’»

Una veintena de desapariciones forzadas en el contexto del conflicto vasco se recogen por vez primera en un libro, ‘Objetos perdidos’. Lo ha escrito Iñaki Egaña, que no solo es historiador sino también investigador. La búsqueda de ‘Pertur’ o ‘Naparra’ da fe de su trabajo sobre el terreno, que sigue.

Iñaki Egaña, con ‘Objetos perdidos’. (Gorka RUBIO | FOKU)

Como todo lector de GARA sabe muy bien, Iñaki Egaña es historiador. Pero ello le ha convertido además en investigador. En el fondo, dos caras indivisibles de una misma moneda, puesto que cuando un caso está sin esclarecer no se puede documentar, pero sí rastrearlo. Así que las dos facetas se mezclan en ‘Objetos perdidos’ (Editorial Txalaparta), recientemente publicado y que recoge una veintena de desapariciones forzadas en el conflicto vasco; algunas resueltas, aunque sea de modo muy parcial, pero otras aún por esclarecer totalmente, dado que ni siquiera se han hallado los cuerpos.

Es el caso de Eduardo Moreno Bergaretxe ‘Pertur’, el dirigente de ETA visto por última vez en 1976. Egaña asume su búsqueda como «una de mis obsesiones», agudizada además por el intento oficial inicial (y no es el único caso) de tergiversarla imputando la desaparición a compañeros de militancia. Y ello pese a que su familia había sufrido constantes acciones de guerra sucia en aquellos meses anteriores y posteriores, desde el ametrallamiento de su vivienda al secuestro policial de su madre, Marta Bergaretxe.

(Bergaretxe, ya fallecida en un acto de recuerdo a su hijo en Donostia. Foto: Andoni CANELLADA | FOKU)

‘Pertur’ es un caso abierto hasta hoy, y de hecho una de las grandes novedades del libro es el relato de cómo hace solo un par de años el autor y compañeros de labor como el forense Paco Etxeberria pensaron haber encontrado sus restos.

Fue una confluencia de dos elementos. Por un lado, Egaña siempre ha tenido en mente la ‘Operación Pancorbo’, reconocida por el general de la Guardia Civil –y apologista de la guerra sucia– José Antonio Sáenz de Santamaría. Su propósito principal, explica el libro, era «establecer en una vivienda de esa misma localidad burgalesa, fronteriza con Euskal Herria, un ‘chupadero’ en el argot, un lugar para interrogar a los activistas vascos secuestrados». Por otro lado, de la mano de la sociedad Aranzadi, Iñaki Egaña estaba investigando el paradero de los restos de vascos ejecutados en 1936 en esa zona burgalesa tras haber sido sacados de la cárcel de Gasteiz, y más concretamente el de un socialista llamado Hermenegildo Martínez de Zabarte.

Esta segunda línea les llevó al cementerio del pequeño pueblo de Ameyugo, junto a Pancorbo. Una vez allí, el que había sido enterrador en las últimas décadas «nos aseguró que había una sepultura irregular, al otro lado del muro. Seguimos sus indicaciones y así, entre el 6 y el 7 de abril de 2019, después de desbrozar la maleza, abordamos el movimiento de tierra con una pequeña máquina. Y encontramos, pegado al muro, un esqueleto en muy buen estado».

¿Se trataba de Hermenegildo Martínez de Zabarte, a quien buscaban realmente? No. Aquel cadáver tiroteado correspondía a un joven de 25 años, no a aquel socialista que rondaba los 40. Pero la mayor sorpresa llegó después, cuando se constató que aquel enterramiento tampoco era de los años 30 sino muy posterior.

Ello abrió una nueva vía de investigación; ¿podía tratarse acaso de ‘Pertur’, enterrado en Ameyugo tras haber sido víctima de la ‘Operación Pancorbo’? ¿Estaban a punto de resolver una de las desapariciones aún pendientes de las últimas décadas del conflicto vasco? Testimonios de compañeros de militancia dieron verosimilitud a la hipótesis, tanto por algunas características físicas de los restos, coincidentes con Moreno Bergaretxe, como por la propia localización.

«Unas semanas después hicimos lo que teníamos que hacer –narra Egaña enigmáticamente–. Quizás si el descubrimiento hubiera sucedido hace 35 años, hubiésemos preparado una rueda de prensa para señalar que ‘Pertur’ había dejado de ser un desaparecido. Pero hubiéramos errado de forma espectacular. Porque las pruebas de ADN nos demostraron que el esqueleto que encontramos en Ameyugo, con las manos atadas, dos tiros en la cabeza y probablemente torturado, no se correspondía a él. ¿A quién, entonces? En marzo de 2021 falleció Marta Bergaretxe sin conocer el paradero de su hijo. Otras generaciones, hermanos, sobrinos, deberán esperar a que la verdad aflore».

«NAPARRA», ¿Y EL PUNTO «A»?

También Celes Álvarez falleció sin ver hallado a su hijo, José Miguel Etxeberria. Egaña estuvo junto a su hermano Eneko la mañana del 4 de abril de 2017 en Labrit, la localidad de las Landas a la que les llevó el testimonio de una fuente cercana a la guerra sucia, con un croquis detallado. Cuatro años después de esa operación frustrada, no está claro del todo por qué las autoridades francesas se limitaron a mirar someramente uno de los dos puntos posibles (el B, donde no hallaron nada) y menos aún por qué siguen sin atender a la comisión rogatoria española para abrir el segundo, el A.

El libro también trae novedades al respecto: «Más tarde supimos que la opción que eligió la Judicatura francesa para realizar la prospección la debíamos haber descartado antes de hacer el informe -apunta Egaña–. Porque, en una visita efectuada en 2021, los dueños afirmaron que 41 años antes su vivienda estaba habitada, y no deshabitada como se nos había dado a entender, por un dueño que poseía varios mastines que, sin duda, habrían alertado de gente cavando un zulo».

(Iñaki Egaña, Eneko Etxeberria y el forense Paco Etxeberria, el día de la fallida excavación en Labrit. Foto: Jagoba MANTEROLA | FOKU)

¿Y por qué no excavaron en el A? Las autoridades francesas lo descartaron «añadiendo que no había posibilidad de llegar al punto del supuesto enterramiento desde la carretera» y «utilizando para esa conclusión un mapa de 2015. Ambos argumentos eran falsos». La intervención en ese lugar sigue pendiente.

ZABALZA, LAS DOS AUTOPSIAS

Este libro toma como título la inefable frase con que en Intxaurrondo se despachó la demanda de explicaciones de la madre de Mikel Zabalza: «Pregunte por su hijo en objetos perdidos». El cuerpo apareció a las tres semanas, como es sabido, pero falta verdad judicial sobre el caso, y también esclarecer las responsabilidades en su ocultación.

Al respecto es interesante el contraste que hace Egaña entre las dos autopsias al joven de Orbaizta, una de ellas de la reputada forense danesa Karin Helveg-Larsen. En esta segunda apareció «muchísima más trietanolamina en el estómago del cadáver de Zabalza que en el agua del Bidasoa donde fue hallado. Lo que hizo suponer que, si le inyectaron agua, esta fue recogida en las inmediaciones de la fábrica de Lesaka, río arriba y donde fue descargada esa sustancia química, a más de 13 kilómetros de distancia. El juez preguntó al delegado del Gobierno por vertidos de taladrina al Bidasoa. Sin respuesta conocida».

«Con las algas (diatomeas) sucedió algo parecido», añade Egaña; no coincidía el agua del río con la que se halló en el cuerpo y las ropas del joven Zabalza.

LARRE, ¿Y SI NO ERA EL ADN?

«Popo» Larre, militante de IK, es otro de los desaparecidos todavía, en este caso desde 1983. La opción más sólida de encontrarlo ya tuvo eco público en su momento: surgió cuando una familia apellida Dumont denunció con insistencia que el cuerpo de su hijo que les habían entregado –supuestamente ahogado también en las Landas– no era tal. Los Dumont llegaron a poner en su lápida esta inscripción: «Aquí reposa un desconocido que nos ha sido impuesto el 27.8.1983 por la Gendarmería, la Policía, la Justicia y el cuerpo médico». La autopsia constató además, recuerda Egaña, que «Pascal Dumont, o quien fuera aquella persona, no murió ahogado».

(Larre, recordado en un aniversario de su desaparición. Foto: Bob EDME)

Las pruebas de ADN practicadas posteriormente sobre un resto de aquel cadáver no coincidieron con las de Larre, pero las dudas persisten hoy, insiste el autor: un nuevo análisis realizado en 2019, precisamente sobre aquellos restos de Ameyugo que se pensó que serían de ‘Pertur’, «nos demostró que las pruebas de ADN tomadas por antiguos militantes de IK en 2003 probablemente no fueron las correctas. Dábamos por hecho que el ADN recibido de la familia Larre era el correcto. Pero probablemente no lo fue. A pesar de tantas vueltas, la hipótesis de la familia Dumont no está cerrada del todo. Todavía queda partida».

LOS TRES GALLEGOS

Justo una década antes se vio por última vez a tres gallegos en Lapurdi. Egaña tuvo ocasión de trasladar su pregunta a la última dirección de ETA en el libro publicado por GARA en 2018. Y la respuesta no fue precisamente esquiva: «No negaremos completamente que pudo ocurrir aquel hecho oscuro y lamentable. Esto es, como se ha dicho, que en el ambiente nocturno aquellos trabajadores fueran confundidos con policías y apresados por algunos miembros de ETA o personas próximas a la organización (...)  A día de hoy, no tenemos información sobre ese tema. Eso sí, nos parece legítimo que el suceso se aclare. Las familias lo merecen. Y si se hubieran dado las condiciones adecuadas en un proceso de soluciones, también nosotros podríamos esforzarnos más, con dos objetivos: por una parte, aclarar la responsabilidad de la propia ETA y, de confirmarse que tuvo responsabilidad, asumirla: por otra parte, encontrar los cadáveres; nadie ha puesto en duda que están muertos. Pero no se ha podido hacer tal cosa. Por lo visto, el tema de los desaparecidos no es atractivo para un Estado que tiene tanto que ocultar».

‘Objetos perdidos’ añade que el caso no queda completo sin aludir a lo que dijo en un libro el general Sáenz de Santamaría: «La Comisaría Central de Información infiltró confidentes (...) Tres jóvenes gallegos -Humberto Fouz, Fernando Quiroga y Jorge García– que se habían instalado hace poco tiempo en Irun desaparecieron misteriormente la noche del sábado 24 de marzo. Cruzaron a Francia por la tarde para ver la película ‘El último tango en París’, prohibida por la censura en España, y nunca regresaron. Tampoco aparecieron sus cadáveres. Todo lo que se supo fue que habían sido capturados por un comando de ETA en una discoteca de las afueras de Bidart».

(Los tres gallegos, en una imagen de la prensa de la época)

¿Se aclarará alguna vez? Hay que volver a esa entrevista con la última dirección de la organización vasca: «Si buceando en la historia de ETA se pueden hallar aclaraciones, creemos que esa aportación se hará. Los intentos han de ser serios y realizados en condiciones adecuadas».

Y ASÍ HASTA UNA VEINTENA

‘Objetos perdidos’ se remite hasta los años 50 para analizar el caso de Jesús Galíndez y acaba en este siglo, con el de Jon Anza. Entre medio algunos que el autor ya ha ido anticipando en reportajes en GARA, como el de Bernardo Bidaola «Txirrita», el de Joserra Asua o el de Tomás Hernández.

También recopila lo que se sabe y lo que no de los casos de Annie Intxauspe y Patrick Ly Urdanabia, Joxean Lasa y Joxi Zabala, Pedro Baigorri, José Luis «Txipi» Salegi, Jesús María González Ituero y José Luis Martínez, José María Eizagirre Laburu, José Luis Geresta, Josu Zabala y Mikel Lejarza Egia «El Lobo».