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Elkarrizketa
Laura Macaya
Militante anarcofeminista y experta antipunitivista

«El gran reto es acompañar el proceso de transformación de quien ha causado el daño»

Lleva más de veinte años militando en contextos libertarios y del feminismo autónomo. Dirigió una casa de acogida para personas víctimas de violencia de género y actualmente dirige la asociación Genera, que trabaja por los derechos y libertades de las trabajadoras sexuales.

Laura Macaya Andres, militante anarcofeminista experta en antipunitivismo. (Jon URBE | FOKU)

Laura Macaya Andrés (Barcelona, 1979) prefiere libertad a seguridad, y quizás por ello remueve y problematiza ciertas bases que algunos feminismos daban por sentadas. Ha venido a Euskal Herria, a la facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de Mondragon Unibertsitatea en Eskoriatza, a proponer alternativas y abrir otras vías de pensamiento. Recibe a NAIZ con esos mismos objetivos.

Tras el 8M varios medios de comunicación estatales destacaron la división del feminismo… ¿cree que realmente estamos ante una división del movimiento?

Creo que es una división real y además yo la defiendo. El feminismo no deja de ser un movimiento interclasista y tiene tradiciones y perspectivas muy diversas. Yo no le veo mucho sentido al feminismo sin apellido, para mí va acompañado de autónomo, libertario, de clase, interseccional, antirracista, etcétera. Creo que tiene que ir acompañado de todo esto porque efectivamente hay un feminismo liberal que favorece a las élites y que pide más presencia del Estado y de su rama más coactiva. Y esto ya no es solo una instrumentalización del feminismo por parte del sistema coercitivo estatal o por parte de los medios, sino que hay un feminismo que pide eso. Efectivamente hay una división y creo que es sana.

Deberíamos apropiarnos de visibilizar esa división, porque la unión del feminismo ha servido muchas veces para homogeneizar lo que queremos las feministas y cuando se homogeneizan los intereses de un movimiento lo que acaba siendo representado son los intereses de las partes más privilegiadas de ese colectivo. Esas divisiones tienen que ver con feminismos que tienen en cuenta otros ejes de opresión, no únicamente el hecho de ser mujer, y feminismos que no, que consideran que hay un único eje porque probablemente no se ven afectadas por otros o porque no les interesa políticamente destacarlos. Para mí es más interesante pensar en que nos unimos por unas estrategias políticas en común, pero no por el cuerpo político que tenemos, ni por el cuerpo con el que hemos nacido, ni siquiera por las opresiones que tenemos en común.

Son tiempos difíciles para el antipunitivismo: el PSOE impone una reforma orientada a aumentar las penas de cárcel a agresores sexuales en una ley – la ley de «Solo sí es sí»– que ya era bastante punitiva. ¿Cómo ha vivido usted este debate en los últimos meses?

El aumento de la senda punitiva lo que ha hecho es que las feministas de repente vivamos todo el tiempo en un imperio de la ley, todo el tiempo hablando de leyes. Esto es una consecuencia de la cada vez mayor institucionalización del feminismo. El deseo de autonomía política es cada vez más difuso y se recurre todo el tiempo al reclamo estatal de protección y de la presencia de la ley en nuestras vidas. Esto hace que los debates sean muy costosos, porque el discurso jurídico es muy complejo, y ya no te digo si entramos en cuestiones procesales que se le escapan a la mayoría de la gente.

Creo que el interés del feminismo no debería estar en cuánto tiempo pasa la gente en la cárcel por proteger a las mujeres. Principalmente porque hay una evidencia empírica que dice que aumentar las penas no protege más a las mujeres, ni aborda las causas de las violencias, ni acaba con las violencias. De hecho, los últimos años ha habido un reiterado aumento de las condenas y de la ley penal sobre todo en relación a las violencias sexuales y de género, y esto no ha servido para acabar con las violencias. Es problemático que las feministas estemos hablando de esto, puesto que no estamos abordando las causas de la violencia. Pero, además, creo que hay otra cosa que empobrece éticamente nuestros movimientos. Creo que la gente no se hace a la idea de que un día, una semana, un mes, un año en la cárcel, es muchísimo tiempo, es durísimo. Además, la cárcel normalmente produce más violencias, más delitos, porque impacta negativamente sobre la persona y son instituciones de tortura en las que no se educa a nadie, no se inserta a nadie, ni se cambia para mejor a nadie. Creo que desde algunos feminismos deberíamos empezar a dibujar unas líneas de fuga respecto a estos debates que se nos presentan como prioritarios y que olvidan muchas otras cuestiones que van por delante.

«Cuando se homogeneizan los intereses de un movimiento lo que acaba siendo representado son los intereses de las partes más privilegiadas de ese colectivo»

Si está demostrado que las cárceles no funcionan para reducir delitos, ¿qué función desempeñan?

El aumento de la senda punitiva no sirve para la prevención general negativa, ni para disuadir, ni para prevenir el delito, ni para ir a las causas de la violencia. Pero sirve para algunas cosas. Sirve, por ejemplo, para individualizar la cuestión de la violencia y presentar la violencia de género como un conflicto interpersonal entre hombres malos y mujeres buenas. Esto provoca exculpar al Estado como cómplice para que sigan existiendo esas violencias. Y sirve también para obligar a las poblaciones más marginalizadas a elegir, cuando el Estado dice: ‘O te portas bien y trabajas y te sometes al régimen de salario en contextos de hiperexplotación, o te sometes al régimen de control y docilidad estatal a través de los servicios sociales’. Porque toda otra vía de buscar subsistencia va a ser criminalizada.

Arg.: Jon URBE/FOKU
Arg.: Jon URBE/FOKU

Todo esto justifica el aumento de la senda punitiva, y el aumento de la senda punitiva contribuye, a su vez, al interés del Estado en no ser señalado por las causas del malestar social y que pueda decir: ‘Ustedes no tienen ansiedad porque no pueden pagar el alquiler, ni porque les piden los papeles y si no los tienen van a un CIE o a ser deportadas, ni porque no tienen para dar de desayunar a sus criaturas o para pagar la matrícula de la universidad. No, su ansiedad viene porque hay unas personas peligrosas que ponen en riesgo sus vidas a través de esos ataques personales y las van a agredir’. Es una idea determinada de la seguridad: la ausencia de violencias. Pero también está la seguridad de vivir vidas mínimamente sostenibles.

¿Cree que cierta parte del feminismo promueve la cultura del castigo al ampliar la horquilla de lo que se considera violencias?

Sí, y de esto se ha alimentado este aumento de la senda punitiva. Cualquier muestra de desigualdad es considerada como violencia hacia las mujeres, cosa que ha provocado que, por una parte, se consideren violencia situaciones de muy baja entidad, pero también que de alguna forma desaparezcan las herramientas de análisis feminista que actuaban desde los marcos de la discriminación, la explotación, la desigualdad, la reproducción del sexismo… ahora la violencia va desde una violación hasta a un comentario sexual no deseado, y con esto, en las encuestas sobre violencia salen unas cifras altísimas, y se produce una situación de alarma, de emergencia que, inevitablemente, nos lleva a esas soluciones punitivas de urgencia y condena a la población al irracionalismo, al conservadurismo de decir: vamos a volver a la norma.

Por otra parte, con la magnificación de la violencia se construye un tipo de feminidad hipersusceptible, hipervulnerable, temerosa de la sexualidad y del riesgo; y este tipo de feminidad es útil para legitimar la intervención de la rama coactiva del Estado, de la protección estatal y del control policial. Alex Vitale, autor de ‘El final del control policial’, habla de que la existencia de la policía muchas veces necesita de sujetos paradigmáticos que legitimen su existencia y continuidad. En el caso del sistema penal, las mujeres serían uno de los colectivos paradigmáticos que está sirviendo para justificar y legitimar la acción coactiva del Estado y el aumento de la senda punitiva.

«El aumento de la senda punitiva contribuye al interés del Estado en no ser señalado por las causas del malestar social»

Defiende que la víctima no siempre tiene la razón. Quizás es un discurso difícil de digerir cuando desde los feminismos se han solido primar los deseos y las necesidades de las víctimas.

Es una de las cosas más complejas, aunque no entiendo por qué. Creo que tiene que ver con esas atribuciones de bondad y de superioridad epistemológica, moral y de conocimiento que se les otorga a las víctimas. La víctima es un sujeto ideal para el poder. No tiene responsabilidad, es fácilmente instrumentalizable políticamente y por tanto al poder le interesa promover esa idea de víctima. Digo que no entiendo por qué, porque, para empezar, las víctimas piensan cosas muy diferentes. No podemos tener razón todas. Algunas pensamos que la cárcel no es la solución, aunque entendemos que es un esfuerzo llegar hasta ese lugar, porque requiere un proceso de recuperación que tiene que ver con el dolor. Otras no piensan lo mismo.

El interés particular de la víctima no puede estar siempre por encima de los intereses de la comunidad de la que forma parte. Principalmente porque, muchas veces, la supervivencia de esa persona depende de la supervivencia de la comunidad. ¿Quiénes son las víctimas que se pueden permitir renunciar a sus comunidades? Son muy pocas. Es importante equilibrar las necesidades de las víctimas con las necesidades de la comunidad. Y el gran reto es poder acompañar el sufrimiento, la recuperación y la reparación a la víctima y acompañar a la vez el proceso de transformación que tenga que hacer la persona que ha causado el daño sin que eso suponga exilios, escraches, expulsiones y esa reproducción de las lógicas del castigo.

Cuando te pones a pensar en un proceso de justicia restaurativa o transformativa que tiene que implicar a la víctima, al infractor y a la comunidad, se nos hace difícil pensar en esos sujetos juntos en un proceso como este. Porque incluso en nuestros contextos feministas ha permeado la cultura del castigo a través de la lógica del amigo-enemigo, de bloquear o elevar el nivel del conflicto, cuando en realidad se trata de acompañar a la víctima en un proceso de recuperación en el que se minimice el dolor hacia la víctima. A veces se maximizan el dolor y los procesos de rencor y de malestar y la víctima los sufre durante mucho tiempo.

No me atrevo a dar una receta, pero creo que debemos intentar producir los marcos de posibilidad para que sea factible desarrollar procesos restaurativos con las víctimas y los infractores.