Bolazos de nieve, las balas blancas que los franceses usaron para tomar la Ciudadela de Iruñea
La nieve que ha cubierto este viernes Iruñea sirve para evocar cómo, en 1808, ese gélido manto fue convertido en ‘balas blancas’ por las tropas napoleónicas para conquistar la inexpugnable Ciudadela en una astuta maniobra.
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Además de alegrar la vista a la población de Iruñea este viernes, la nieve tuvo un uso muy diferente hace más de 200 años, en 1808, cuando las tropas francesas de Napoleón la convirtieron en ‘balas blancas’ para conquistar la inexpugnable Ciudadela.
Para explicar tan peculiar episodio bélico y qué pintaban los soldados napoleónicos en la capital navarra, hay que remontarse al año anterior, a octubre de 1807, cuando la Corona española, a través de Manuel Godoy, valido de Carlos IV, firmó el Tratado de Fontainebleau con Napoleón Bonaparte.
En virtud del mismo, se acordaba que la monarquía española permitía el paso de las tropas francesas por el Estado para una invasión conjunta de Portugal, aliada de Inglaterra.
Por ese motivo, el 8 de febrero de 1808 se presentaba en Iruñea un contingente de 2.000 soldados franceses a las órdenes del general D'Argmagnac, a los que se sumaron otros 2.000 efectivos al día siguiente tras haber cruzado los Pirineos con unas condiciones climatológicas adversas, aunque esperables teniendo en cuenta las fechas.
En principio, esa tropa debía seguir camino hacia el interior de la península tras descansar y abastecerse en Iruñea, pero el general francés tenía órdenes del mariscal Murat de hacerse con el control de la estratégica Ciudadela iruindarra.
En primer lugar, intentó acceder a la fortificación pidiendo permiso al marqués de Vallesantoro, virrey y capitán general de Nafarroa, para acantonar en ese lugar a sus hombres.
Pero el marqués no vio con buenos ojos meter a miles de franceses en la instalación militar que el rey español Felipe II había construido en el siglo XVI para controlar a los navarros tras la conquista de 1512 y hacer frente a una posible ofensiva desde el norte de los Pirineos.
Así que el virrey se escudó en que necesitaba una autorización expresa de Madrid para no conceder la autorización solicitada y de esa manera se excusó para mantener fuera de la Ciudadela a las tropas de Napoleón.
Al fracasar esta primera intentona, D'Armagnac decidió ser más directo y aprovechar el compromiso de abastecimiento a sus hombres y la meteorología invernal para apropiarse de la fortaleza militar mediante un astuto golpe de mano.
Aprovechar la recogida del pan
Desde que las tropas francesas se instalaron en Iruñea, un grupo de esos soldados se acercaba hasta la puerta del Socorro de la Ciudadela, la situada al sur del recinto, para recoger las raciones de pan que se entregaba a las fuerzas de Napoleón acantonadas en la ciudad. Y el general consideró que esa rutina era el momento idóneo para intentar sorprender a la guardia y hacerse con el control de la Ciudadela.
A esa circunstancia, se sumó que el invierno iruindarra se encargó de generar la ocasión propicia. La noche del 15 de febrero nevó sobre la ciudad cubriéndola con un manto blanco por el que, a primera hora del día siguiente, avanzaba un grupo de cien soldados con sacos en dirección al recinto para coger el pan guiados por el capitán Robert.
Según se acercaban, empezaron a lanzarse bolazos de nieve entre risas. Una batalla de ‘balas blancas’ a la que se habrían terminado sumando los soldados que estaban de guardia en la puerta del Socorro de la Ciudadela.
Hasta que una parte de los franceses, que habían escondido sus armas bajo los capotes, se fueron acercando más y más, alcanzando a los cándidos guardianes de la Ciudadela e inmovilizándolos sin contemplaciones.
A continuación, penetraron en el recinto sin ninguna oposición y sin que nadie avisara a la guarnición, lo que les permitió hacerse con el control de la fortificación y de sus 300 defensores sin tener que pegar un tiro.
Iruñea no salía de su asombro cuando descubrió que los franceses habían conquistado tan fácilmente la supuestamente inexpugnable Ciudadela en una astuta maniobra que el general D'Armagnac se esforzó en presentar como una particular «muestra de amistad», al tiempo que aseguraba que no había «la traición y la perfidia que receláis», sino que actuaba así por «la seguridad de mis tropas».
La Ciudadela de Iruñea se mantuvo en poder de las fuerzas napoleónicas durante más de cinco años, hasta el 31 de octubre de 1813, cuando la guarnición al mando del general Cassan se rindió tras un asedio de cuatro meses de las tropas españolas.
De esa manera se ponía punto final a una presencia militar francesa a la que le había bastado con una simple nevada para conquistar lo que parecía inexpugnable.