La escritura ‘arcoíris’ de Mark Twain
‘El arte de ser otro’ (Hermida Editores) recoge cuatro textos, de diversa naturaleza y formato, que guardan en común un plantel de personajes donde se diluyen las fronteras entre géneros sexuales y sus supuestos roles adscritos, remarcando una vez más el osado y transformador pensamiento de Twain.
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Mientras que en Gran Bretaña las puertas de la cárcel de Reading se abrían en 1895 para recluir a un ilustre escritor llamado Oscar Wilde, acusado de prácticas sexuales indecorosas, más de dos décadas antes, al otro lado del océano, otro no menos afamado autor, el estadounidense Mark Twain, convertía en protagonistas de algunos de sus textos a personajes que encarnaban identidades transgénero. Una realidad que mientras para el dandy inglés significaba la persecución legal, que en una suerte de macabra paradoja derivó en un exilio a la postre mortal, en el caso del firmante de ‘Las aventuras de Tom Sawyer’, servía de inspiración para alimentar sus habituales afrentas a la moral establecida; la misma que se sentía capaz de juzgar la idoneidad de los placeres de un hombre hasta el punto de arrebatarle su libertad.
La sátira como reflejo de la realidad
A pesar de la inapelable condición que siempre ha acompañado a Twain como un adelantado –en cuanto a ideales– a su tiempo, ya esgrimida en otros muchos ámbitos que incluían desde la defensa del sufragio femenino a la lucha contra la esclavitud, los textos en los que se incluían este tipo de perfiles permanecieron ocultos, y muchos de ellos rechazados insistentemente por editores, hasta la década de los ochenta, cuando la Universidad de California se decidió a recuperarlos. Porque ya sea hace más de un siglo o en la actualidad, la ácida escritura del autor norteamericano resulta imprescindible para traducir en su esencia el comportamiento humano.
Es ahora, a través del volumen ‘El arte de ser otro’, donde se recogen cuatro breves obras de mutante naturaleza y formato, cuando podemos añadir con conocimiento de causa a su bibliografía una temática especialmente osada para haber sido concebida en plena frontera entre el siglo XIX y XX. Fechas en las que se enmarcan unos relatos que, aunque probablemente no se incluirán entre lo más valorado cualitativamente de su currículum, tratándose incluso algunos de ellos de bosquejos que aspiraban a formular una novela en el futuro, desde luego deben ser ponderados, además de por su resuelto y divertido estilo, como el riesgo asumido por quien porta un verbo llamado a desafiar la norma.
A pesar del poder simbólico e histórico que se les puede otorgar a estos escritos, es igualmente reseñable ciertos recursos contenidos en ellos que sobresalen por su atrevimiento. Teniendo en cuenta que estamos casi con toda seguridad ante el dueño del rasgo narrativo que inauguró el canon de la novela americana clásica, en estas páginas vamos a encontrar por ejemplo el ardid técnico, de fuerte calado metafórico, de jugar al despiste con el género que identifica a sus personajes. Un derrocamiento de fronteras que se relaciona directamente con el argumento de ‘Un romance medieval’, paródico texto incluso en su propia formulación léxica desfasada. Pero más allá de su ‘folletinesco’ –en el sentido casi ‘shakesperiano’ de la palabra– desarrollo, esa burlona sustancia se estampa sobre el ‘sexista’ rancio abolengo de las monarquías, convirtiéndose en mofa de una lucha de poderes que se dirime entre designios divinos y secretos bajo las sábanas. Culebrón que tanto se llega a enmarañar que el autor, en un ingenioso quiebro, interpela al lector para solicitar su ayuda con el fin de solventar la trama; irónico o real, tal callejón sin salida es dirigido hacia un ocurrente horizonte, haciendo de la necesidad virtud también en el plano artístico.

Identidades, roles y tradición
Manteniendo el sentido del humor y el gusto por los serpenteantes argumentos, más revelador y trascendente que ese juego de máscaras en torno a los cromosomas, supone alterar los supuestos roles adscritos a cada género, una enmienda de mayor fuste. No es casualidad que en realidad bajo la hacendosa trabajadora doméstica llamada ‘Wapping’ Alice (nombre también del segundo escrito) se encuentre un hombre, punto de partida para ilustrar ácidamente la relación entre ‘señores’ y ‘sirvientes’, ni que el vagabundo rescatado por una pudiente familia en ‘Cómo Nancy Jackson terminó casada con Kate Wilson’, sea el disfraz masculino la condena impuesta a una joven chantajeada para no ser delatada a la justicia por sus delitos. Un trato que tanto en su origen como en su devenir desvela la naturaleza humana más infecciosa, inoculada de rencor, hipocresía y falsas apariencias. Porque estos continuos bailes de identidades, sin que en absoluto deban de ser subrayados como un mero elemento pintoresco, son en paralelo vehículo para las habituales hirientes sátiras del escritor, siempre dispuesto a rastrear más allá de esa lustrosa primera capa con que pretendemos ocultar nuestra deshonra.
Como en toda compilación, siempre existe un título que representa, en forma y fondo, la síntesis de virtudes globales. Un papel que desempeña ‘Hellfire Hotchkiss’, especialmente ilustrativa respecto al sentido de este volumen pero también portavoz de buena parte de las aptitudes desplegadas por el autor en su bibliografía. Una novela corta –distribuida en tres capítulos– que detona, invirtiendo la fábula del ‘príncipe azul’, los comportamientos supuestamente ligados a cada género. Así, al tono sensible y apocado de la figura masculina se contrapone la fuerza y determinación de la mujer protagonista, quien será juzgada por una mirada colectiva que igual ejerce de turba sedienta de morbo como de cruel garante de las convenciones sociales.
‘El arte de ser otro’ puede no ser más que tenido en cuenta como un tesoro anecdótico en la carrera de Mark Twain, o incluso se puede poner en cuestión cuáles eran las verdaderas intenciones, si trascendentes o simplemente caricaturescas, de este tipo de personajes en su narrativa. Pero eso no impide que si hacemos una radiografía conjunta de su legado creativo, la cuestión en torno a la sexualidad y sus géneros imbrique perfectamente junto a otros postulados que le convirtieron en un sagaz y mordaz genio, y como tal, todo induce a pensar que conscientemente pretendió incomodar también a quienes convertían sus recatos morales en cárceles para el ingobernable sentimiento de identidad.