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Elkarrizketa
Arkaitz Rodríguez
Secretario general saliente de Sortu, dirigente de EH Bildu

«Hay que articular un impulso nacional para afrontar los retos»

El congreso de Sortu ha sido tranquilo, pero trae cambios profundos. Rodríguez (Donostia, 1979) termina su ciclo en la dirección del partido, que en los últimos meses ha compaginado con su responsabilidad en EH Bildu. En un contexto convulso, es hora de hacer balance y de situarse a futuro.

Arkaitz Rodríguez termina su ciclo en la dirección de Sortu. (Marisol RAMÍREZ | FOKU)

Tras el ataque a Venezuela, las amenazas a Groenlandia… ¿cómo evalúan la situación?

Todo indica que nos encontramos en una encrucijada histórica. Hay signos de que termina un ciclo de acumulación capitalista y su orden internacional asociado. De ser así, estaríamos a las puertas de un nuevo ciclo y, por tanto, se estaría disputando un nuevo orden. Por eso resuena con más fuerza la máxima de Rosa Luxemburgo: «socialismo o barbarie». Es más necesario que nunca defender una alternativa radical e integral al capitalismo.

Existen grandes amenazas y riesgos para las fuerzas que aspiramos a la liberación de los pueblos y a la transformación social. Riesgos que afectan a la propia humanidad y al planeta. Pero pienso que también existen grandes oportunidades. Las victorias de Zohran Mamdani o Catherine Connolly son coetáneas con las de Javier Milei y los ataques de Donald Trump. Así pues, no son tiempos de repliegue, sino de dar la batalla política en todos los ámbitos y a todos los niveles. La izquierda debe actuar con ambición y, sobre todo, con una clara estrategia de poder, capaz de articular frentes amplios y plurales y grandes mayorías sociales.

Algunos análisis son muy críticos con la responsabilidad que en este escenario tiene la izquierda. ¿Le parece que tienen sentido, que son justos?

Me parecen una gran irresponsabilidad. Ese es, precisamente, uno de los principales marcos de la extrema derecha: responsabilizar a la izquierda del ascenso de los autoritarismos. El motivo principal de ese ascenso es, por una parte, el propio fin de ese ciclo de acumulación del que hablaba. Cada vez más sectores de las élites económicas recurren a la extrema derecha como herramienta para disciplinar, a la interna, a las clases populares y para justificar, a la externa, actitudes cada vez más agresivas.

Pero la raíz de ese fortalecimiento está, sobre todo, en la aplicación de políticas neoliberales. Son esas políticas las que han empobrecido a las mayorías sociales, las que han fragmentado identidades colectivas y las que están exacerbado un individualismo que deja tan desamparadas a las personas. Eso no lo hace la izquierda.

Esto no significa negar errores. Algunos sectores de la izquierda o del progresismo han cometido el grave error de aplicar o contemporizar con esas mismas políticas. Pero una cosa es hacer autocrítica y otra muy distinta asumir el marco de la derecha. Responsabilizar a la izquierda del auge del fascismo es encubrir a quienes realmente lo han alimentado: las derechas y las élites económicas.

«En un contexto marcado por las injerencias, disponer de soberanía es una condición democrática básica»

¿Por qué es importante el soberanismo en este momento?

Si algo está quedando claro es la necesidad de contar con soberanía, entendida como poder político y capacidad real de decisión para poder construir sociedades más justas. En un contexto marcado por las injerencias, disponer de soberanía es una condición democrática básica. Por eso digo que los riesgos van acompañados de oportunidades. Nuestra crítica al sistema se ve confirmada por los hechos más trágicos, y nuestra alternativa gana valor cuando se demuestra que es posible confrontar y ganar.

Y aquí una de las aportaciones históricas de nuestro movimiento adquiere un nuevo valor: la soberanía es una bandera de la izquierda. La izquierda europea debe retomar esa bandera y no dejársela a los fascistas.

¿En qué situación está el debate entre fuerzas vascas para avanzar en la soberanía?

Está claro que el país necesita un salto en materia de soberanía, porque necesitamos herramientas y capacidad de decisión política para afrontar los retos colosales que tenemos como sociedad y como pueblo. Y creemos que existe una oportunidad para elevar el campamento base de nuestras capacidades, por así decirlo, y poder avanzar hacia la cima de nuestras libertades.

¿Por qué se retrasa el pacto?

Porque no es sencillo. Estamos hablando de un acuerdo que, de producirse, sería realmente histórico, en la medida en que supondría que las tres grandes culturas políticas del país se pusieran de acuerdo en torno al estatus jurídico y político que nos debe amparar.

«Estamos hablando de un acuerdo que, de producirse, sería realmente histórico»

Al mismo tiempo, PNV y PSE tienen un pacto blindado para evitar su alternancia…

No solo rechazan la alternancia democrática, es que no están dispuestos a compartir el poder con EH Bildu para hacer políticas en favor de la ciudadanía. Esto lastra al país, lo empobrece en términos democráticos. En última instancia, conlleva que las políticas públicas sean peores.

Esa alianza es legítima, pero errónea y limitante. No responde a las demandas mayoritarias de la sociedad, ni en el plano social ni en el político. De facto, desactiva la mayoría abertzale, que es manifiesta; y lo mismo con la mayoría progresista. El PSE se congratula de ser freno de «veleidades identitarias». Y el PNV se felicita por moderar lo que podrían ser políticas más avanzadas en vivienda o fiscalidad. ¿Quién gana con eso? Está claro que la sociedad vasca, no.

Aun así, creen que el acuerdo sobre el estatus es posible.

Paradójicamente, sí. Tenemos una reflexión compartida sobre la necesidad de aprovechar la ventana de oportunidad y, además, no hay alternativa si queremos avanzar como país. Eso sí, también decimos que retrasarlo o poner obstáculos es irresponsable.

Arkaitz Rodríguez posa en la sede de EH Bildu en Bilbo. (Marisol RAMIREZ/FOKU)

Los procesos congresuales suelen ser un infierno, pero el suyo ha aparentado ser muy tranquilo. ¿Ha sido así?

Pues sí, ciertamente lo ha sido.

En el anterior congreso, un 22% de la militancia votó una posición discrepante. ¿Qué ha cambiado en este tiempo?

Creo que estos cuatro años han demostrado que la ponencia Herrigaia era una apuesta ganadora, la correcta. También hubo gente, poca, que entendió que este no era su espacio. Pienso que la gran mayoría de las personas que entonces manifestaron dudas se han convencido de que, efectivamente, era una propuesta eficaz para seguir avanzando.

Un congreso tranquilo, pero de cambios profundos…

Sí, porque pensamos que el proceso de liberación se encuentra en un momento clave. Hemos avanzado mucho en estos últimos no cuatro, sino 10 o 15 años. Creemos que podemos estar en vísperas de una nueva fase política, o que quizá ya nos hayamos adentrado en ella.

Existen tres grandes oportunidades potenciales. La primera de ellas, la posibilidad de resolver definitivamente la cuestión de los presos y presas, de los represaliados. La segunda: hay una opción real de que el independentismo de izquierda acceda a los gobiernos de las principales instituciones, pese a quien pese. Y la tercera es esa posibilidad de dar un salto en materia de soberanía, de alcanzar un acuerdo y posteriormente materializar un nuevo estatus, tanto en la CAV como en Nafarroa.

Junto a ello, constatamos la existencia de un gran riesgo potencial, como es el acceso del bloque reaccionario a los gobiernos de Madrid y París. Pero también constatamos algo muy importante: que aquí, en Euskal Herria, el cambio político y social es posible. Que se puede avanzar y hacer una aportación concreta a la construcción de esa alternativa integral. Y que para ello es imprescindible dar cuerpo a un nuevo impulso nacional, capaz de articular fuerzas y voluntades en torno a un proyecto de transformación. Esto exige una reorganización, exige fortalecer aún más a EH Bildu y a EH Bai, las herramientas estratégicas del independentismo de izquierda para articular ese impulso nacional. Por eso planteamos hacer un cambio, digamos, tan grande en Sortu, porque estamos obligados a ser aún más eficaces y, sobre todo, más eficientes.

Arkaitz Rodríguez y Xabi Iraola, su sucesor en la dirección de Sortu. (Jon URBE/FOKU)

¿Qué balance hace de su mandato en Sortu?

Me voy con la sensación de haber hecho un gran trabajo, no yo, sino las miles de personas que componemos Sortu y el movimiento de liberación nacional. En primer lugar, hemos sido capaces de consolidar un cambio de estrategia copernicano. Asimismo, hemos roto el bloqueo, por ejemplo, en la cuestión de los presos y presas, esencial para la convivencia democrática. Ahora podemos disputar la hegemonía, porque seguimos acumulando capital político y apoyo social. En definitiva, hemos construido una estrategia independentista que puede ser eficaz en nuestras coordenadas geopolíticas y en este momento histórico. Por último, hemos generado las condiciones que quizás permitan alcanzar nuevos estatus políticos en los ámbitos en los que está dividido el país. Así que el balance es como para estar orgullosos.

«De Xabier Iraola [su sucesor en Sortu] destacaría su capacidad política, su visión estratégica y su compromiso con eso que llamamos ‘herrigintza’, con los elementos que nos hacen nación. También su juventud»

¿Qué destacaría de Xabier Iraola?

Su capacidad política, su visión estratégica y su compromiso con eso que llamamos «herrigintza», con los elementos que nos hacen nación. Destacaría asimismo su juventud. Ha militado plenamente en el nuevo ciclo político y, por lo tanto, representa a una generación que se suma a la larga cadena de compromiso con nuestro pueblo y su liberación. Por todo eso, Xabi encarna tan bien la apuesta de nuestro proyecto.