La Berlinale sufre un ‘fallo técnico’ que corta una pregunta al Jurado de Wenders sobre Gaza
El Festival de Berlín arranca bien salpicado en política, aunque insista en su equidistancia apolítica y a pesar de las buenas intenciones de la inaugural ‘No Good Men’, comedia romántica afgana.
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Se esperaba una rueda de prensa tranquila, o por lo menos apaciguada en términos de la Pax romana, después de que la Dirección de Berlinale insistiera en mantener las preguntas al Jurado Oficial presidido por Wim Wenders estrictamente en lo ‘relacionado al cine’. Pero el certamen que en 2024 apoyó la ultraderecha alemana en la denuncia por antisemitismo contra el equipo de ‘No Other Land’ (por haber catalogado de ‘genocidio’ la matanza en Gaza), este mismo festival no puede esquivar ya la política sin salpicarse; ni debería.
Sin embargo, no nos ha sorprendido que la retransmisión de la rueda de prensa del Jurado Oficial se cortara por un alegado ‘fallo técnico’ justo a media pregunta sobre el posicionamiento de las instituciones y los miembros del Jurado en materia de Palestina. La respuesta de la mesa ha sido confrontativa, en cualquier caso. «Es un poco injusto que nos preguntéis eso», respondía desde la mesa presidencial Ewa Puszczyńska, productora de ‘La zona de interés’. La respaldaba Wim Wenders: «Tenemos que mantenernos al margen de la política. Somos el contrapeso de la política, lo opuesto a la política; tenemos que hacer el trabajo de la gente, no el de los políticos».
Minutos antes, el responsable de ‘París, Texas’ (1984) o ‘Perfect Days’ (2023) había asegurado: «Sí, las películas pueden cambiar el mundo, aunque no de forma política. Ningún político cambiará sus ideas gracias a una película. Ahora, podemos cambiar las ideas de la gente sobre cómo vivir. Hay una discrepancia enorme entre cómo las personas quieren vivir sus vidas y los gobiernos. Las películas se infiltran en esta discrepancia». Pero yo me pregunto, si las personas con altavoz no se ocupan de la política, ¿quién lo hará?
Inaugura ‘No Good Men’, la misión improbable de una rom-com afgana
En 2021, los talibanes ocuparon Kabul y destruyeron cualquier avance en derechos femeninos que la sociedad afgana había implementado hasta el momento. La productora, guionista y directora Shahrbanoo Sadat pudo escapar de la ciudad in extremis. Este jueves inaugura la Berlinale con una película (tercera parte de una pentalogía, cuya ‘El orfanato’ tuvo estreno estatal en 2019) que reimagina aquellos últimos instantes desde un prisma sorprendente.
«¿Acaso a mí, como cineasta afgana, no se me permite hacer una comedia romántica? ¿Necesito permiso para elegir el género a través del cual expresarme? Como cineasta afgana, ¿solo se me permite explorar dramas bélicos y políticos?», se aquejaba presentando ‘No Good Men’. Se trata del romance incipiente entre una técnico de cámara apocada y un presentador amable, bajo la presión de una sociedad patriarcal y la amenaza terrorista cotidiana. La fórmula resulta familiar, mientras el juego con el drama evidente propone un buen baile de volantazos tonales tal, que si entretiene más que aturulla es por la simplicidad generalizada del conjunto.
Simplicidad o simpleza, puesto que –aunque no faltan los arreglos musicales explicativos o las cámaras lentas de pura-química– ni la alegría fabulesca de la rom-com logra salvar a las escenas románticas de una lentitud algo naíf, lánguida. Tanto él como ella sonríen mucho, dientes visibles, mientras se alternan la palabra con la educación digna de una mesa redonda.
El fallo viene, naturalmente, de que al abandonar la actriz principal pocas semanas antes de arrancar el proyecto, Sadat propuso adoptar también el rol protagonista. Recordaba así aquellos inicios: «Ese fue el peor día de mi vida. Estaba aterrorizada. Pensé que arruinaría la película y que acabaría con mi carrera. Pero puse el piloto automático y lo logré». No acabo de estar de acuerdo con ello.
En cualquier caso, ‘No Good Men’ pesa más por el camino delante que por el trayecto que deja detrás. Solo desearíamos que las buenas intenciones en la parrilla no palidecieran al compararlas con las maquinaciones intuidas tras una dirección que se proclama (falsamente) apolítica.