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La soberanía sobre el archipiélago de Chagos reconfigura el Índico

En el corazón del Índico, el archipiélago de Chagos vuelve al centro del tablero internacional tras el acuerdo entre Gran Bretaña y Mauricio. La devolución formal de la soberanía reabre viejas heridas coloniales y revela cómo los intereses estratégicos siguen pesando más que las fronteras políticas.

(Henry NICHOLLS | AFP)

A 500 kilómetros desde las Maldivas, 1.700 desde Sri Lanka y 3.400 desde el punto más cercano del continente africano. En uno de los puntos más remotos del planeta, el archipiélago Chagos ha recordado una vez más a líderes y a su población autóctona que la geografía perdura más que los imperios que tratan de controlarla en uno u otro momento histórico.

Fueron portugueses y españoles los primeros en llegar a las islas en el siglo XVI y, después de que dos siglos más tarde Francia las colonizara mediante mano de obra esclava, el archipiélago pasó a manos británicas en 1814. La Corona británica despobló forzosamente el territorio entre 1965 y 1973 para construir una base militar conjunta con Estados Unidos en una de sus islas: Diego García.

Ubicado en la mitad del océano Índico -hasta ahora en manos de Gran Bretaña-, el archipiélago ha sido fundamental para el despliegue de efectivos militares durante la Guerra del Golfo, la Guerra de Afganistán y la Guerra de Irak. La titularidad compartida con EEUU de la base militar situada en una de sus islas ha servido también al hegemón mundial para mantener el delicado equilibrio militar en la región indopacífica ante el auge de China y la intensificación de las disputas en el mar de la China Meridional, así como para garantizar el suministro estable de petróleo procedente del golfo Pérsico.

Por ello, la reciente disputa por la transferencia de la soberanía a Mauricio ha desatado una pugna que, por ahora, parece haberse resuelto. Sin desmerecer las reclamaciones de descolonización que los habitantes de las islas llevan formulando desde el final de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo del proceso descolonizador, fue en 2019 cuando la Corte Internacional de Justicia falló en contra de Gran Bretaña y declaró que debía devolver las islas Chagos a Mauricio, lo que también fue respaldado por la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Sin embargo, el carácter no vinculante de los fallos emitidos por este tribunal permitió al Gobierno británico no pronunciarse hasta el 3 de noviembre de 2022, cuando el entonces primer ministro, Rishi Sunak, emprendió los primeros encuentros. Tras años de negociaciones en los que no han faltado presiones por parte de EEUU y del ala más conservadora de la Cámara de los Lores, el pasado 22 de mayo el primer ministro británico, Keir Starmer, rubricó un acuerdo por el que su país devolvía Chagos a Mauricio. Lejos de retirarse por completo del archipiélago, Gran Bretaña y EEUU mantendrán el control sobre la base de Diego García -más de 2.000 autóctonos fueron expulsados en 1966 para su construcción-.

Así, ambas potencias han conseguido mantener el control de su principal activo en la isla al mismo tiempo que abandonan un claro ejemplo del «colonialismo residual» que aún impera por doquier.

La geografía manda

El rechazo británico a la ofensiva de Donald Trump sobre Groenlandia provocó turbulencias que pronto llegaron al Índico. Ante el miedo de que el acuerdo con Mauricio abriera la puerta a un posible control chino, el presidente de EEUU calificó el acuerdo como «gran estupidez».

Pocas semanas después, y ya con las tensiones sobre la isla del Ártico apaciguadas, tras una conversación entre el magnate neoyorquino y el primer ministro Starmer, Estados Unidos se mostró conforme con el acuerdo y accedió a su conclusión.

Aun así, la firma del documento no se limita únicamente a las relaciones atlánticas. Es evidente que Gran Bretaña espera que el acuerdo le permita resolver una de las cuestiones controvertidas que obstaculizan el estrechamiento de los lazos económicos con India. No solo es una antigua colonia del Imperio británico y ha simpatizado durante mucho tiempo con las reivindicaciones anticolonialistas de Mauricio en materia de integridad territorial, sino que también mantiene fuertes lazos étnicos y económicos con la nación insular. India cuenta de hecho con importantes inversiones en su comercio bilateral y en infraestructuras marítimas y aéreas.

La ampliación de las relaciones comerciales y de inversión con este país se ha convertido en uno de los principales objetivos tras el Brexit. Los riesgos que plantean las políticas arancelarias de Trump han hecho de la firma un asunto urgente.

Por si fuera poco, tanto la reordenación del orden mundial como su salida de la UE han relegado el estatus británico al de mera «potencia media» que trata de buscar un nuevo rol internacional. Aunque relativamente bien parado de este embrollo diplomático, Gran Bretaña ha sentado un precedente que podría cuestionar su posición como potencia en otros territorios colonizados en el pasado.

¿Daños colaterales?

Lejos de los acuerdos multilaterales y las declaraciones institucionales, la población del archipiélago es la gran olvidada de la pugna.

Desde que la posibilidad de llegar a un acuerdo estuvo sobre la mesa, los chagosianos han protestado contra él por quedar excluidos de las negociaciones, negando así su autodeterminación. Aunque el acuerdo permite habitar islas no militares, durante las repetidas manifestaciones ante el Parlamento británico han rechazado que ignore sus derechos y perpetúe la base militar de Diego García.

Históricamente desplazados por la fuerza, tanto exiliados como descendientes han llevado a cabo huelgas de hambre y batallas legales para regresar al archipiélago.

Negando categóricamente la capacidad de los chagosianos a decidir sobre su propio futuro, tanto Mauricio como Gran Bretaña han firmado un acuerdo que molesta lo menos posible a los grandes y que deja de lado a los más pequeños. Mientras las potencias negocian soberanías y equilibrios estratégicos, el futuro de Chagos sigue escribiéndose entre mapas militares y reclamaciones históricas. La devolución del archipiélago cierra un capítulo formal del colonialismo, pero deja abierto un interrogante esencial: si la justicia geopolítica llegará algún día a quienes fueron expulsados de sus islas y aún esperan poder volver a llamarlas hogar, o si, como parece más plausible, el poder dictará lo que convenga a sus intereses.