INFO
Elkarrizketa
David Brugos y Lucas González
Psicólogo clínico y enfermero del Hospital Mental Infantojuvenil

«Las pantallas están agravando las enfermedades mentales y haciéndolas más comunes»

Para analizar si una prohibición del acceso a redes sociales a menores de 16 años tiene una razón sanitaria, NAIZ reúne al responsable de recursos intermedios de Salud Mental de Osasunbidea, el psicólogo clínico David Brugos, y al enfermero del Hospital Mental Infantojuvenil Lucas González.

David Brugos y Lucas González, especialistas en Salud Mental. (Iñigo Uriz | Foku)

¿Cómo se encuentran a día de hoy los recursos públicos para atender la salud mental de adolescentes?

Lucas GONZÁLEZ: Podemos hablar de colapso por varios motivos. Realizamos mayor atención, porque hay problemas de salud mental que antes no se atendían. Y luego está el impacto de las pantallas. Las pantallas se cree hoy que afectan más de lo que supusimos, porque su efecto pudo quedar camuflado por la pandemia en un primer momento. Es decir, achacamos a la pandemia el malestar emocional de los adolescentes por la etapa de su vida en que les atrapó el confinamiento. Pero si echamos la vista atrás, eran los primeros adolescentes que nacieron con la pantalla delante. Científicamente, es difícil establecer tan deprisa un diagnóstico preciso. Lo que es innegable es la alta demanda que tenemos los servicios de salud mental.

David BRUGOS: No se trata de demonizarlo todo, porque las pantallas y las redes sociales han venido para quedarse. Pero sí que se han convertido en un catalizador. Están potenciando procesos que eran pequeños. Los hacen mayores y abren retos que antes no teníamos. El uso de estas tecnologías afecta a los menores, pero también a sus padres, que tampoco se comportan igual. El padre o la madre que deja la pantalla a su hijo también nos dice algo de cómo educa. Porque, aunque pantallas y redes sociales nos impactan a todos, hay que tener especial cuidado con los grupos más vulnerables, como niños o adolescentes, porque no han completado su desarrollo cognitivo y atraviesan etapas clave de su desarrollo.

Dado que la demanda de atención a la salud mental aumenta y hay sensación de colapso, ¿es viable atender a este problema solo redimensionando el servicio?

D.B.: Yo estoy en labores de gerencia y cuento lo mismo, esté donde esté: la salud es cosa de todos y el partido no se juega en la consulta. Que alguien entre por la puerta de un centro de salud mental es señal de fracaso del sistema en la mayoría de casos. Somos la punta de la pirámide. Aquí apenas debería entrar gente. Que lleguen implica que hay salidas de emergencia que, por lo que sea, no se han utilizado, que han fallado. No se trata de redimensionarnos –que también, que ojalá–, la clave está en actuar en otras partes. Nosotros no vamos a corregir lo que las familias, la sociedad y la escuela o la precariedad causen. No somos capaces.

L.G.: La situación nos ha pillado por sorpresa. Todo ha sucedido muy rápido. Ha sido un cambio en 15 años. Creo que con medidas como las que ha anunciado Pedro Sánchez, si bien no revertirán la situación, sí trabajan por encauzarla.

¿Hablamos de nuevas patologías? ¿Qué problemas llegan a ese pico de la pirámide?

L.G.: Tenemos muchos casos de soledad, de vacío. Este vacío lo achaco a diez horas de móvil diarias, que son diez horas aislamiento. Los adolescentes que llegan aquí no salen de casa o salen un día a la semana de su casa. Les tenemos que insistir para que salgan, cuando antes el problema era meterlos en casa aunque solo fuera para cenar. A mí pacientes me cuentan, como gran éxito, que en navidades salieron un día con sus amigos.

«Los pacientes me cuentan, como gran éxito, que en todas las navidades salieron un día con los amigos»

D. B.: Los hábitos y estilos de vida han cambiado. La gente no hace vida de barrio ni se relaciona con su entorno cercano. Hay otras relaciones con personas de cualquier parte del mundo, pero más huecas, más superficiales, que se componen de ‘likes’ e imagen. Existe mayor culto a la imagen social y a la imagen física que acentúa patologías conocidas, como los trastornos en la conducta alimentaria en las chicas. Las pantallas agravan enfermedades mentales y las hacen más frecuentes.

El psicólogo clínico, David Brugos. (Iñigo URIZ I FOKU)


¿Este fenómeno afecta igual a chicos, chicas o chiques?

D.B.: Lo que apuntan los estudios y aquí vemos es que a las chicas les afecta más la presión social y relacional, mientras que los chicos son más propensos a adicciones a videojuegos en red en los que se tiran horas y horas. Pero es relativo, pues en varones también se aprecia preocupación por el aspecto. A las mujeres puede empujarlas hacia un trastorno de la alimentación, mientras que el chico manifiesta un perfil más vigoréxico.

¿Y qué me dicen de la tolerancia a la frustración? ¿Hasta qué punto les afecta tanto mensaje de ‘influencers’ prometiendo riqueza y dinero y que el que trabaja es tonto?

L. G.: Deberíamos trazar una línea entre las pantallas y las redes sociales, que es de lo que trata la medida. Las pantallas fomentan el estrés y hay estudios que apuntan a que reducen la empatía. Tienen otros efectos, incluso positivos. Todavía es demasiado pronto como para hacer buena ciencia, pero sí sabemos que las redes sociales están diseñadas para generar más horas de pantalla. Lanzan mensajes cada quince segundos, presionan con una idea que, aunque sepas que no es real, después de seis horas al día va a ser difícil combatir. Tú puedes saber que el físico no es tan importante, pero si lo escuchas mil veces, es complicado sustraerse.

Eso genera mucha frustración. Esta mecánica y esa frustración, llevadas a otras áreas, como el sexo, pueden explicar que haya más machismo, más abuso y más violencia. Por más que en el colegio se trabajen más los valores, la desproporción de horas recibiendo un mensaje y otro es evidente.

D. B.: La tolerancia a la frustración es una capacidad que se desarrolla desde pequeño mediante la exposición a situaciones y retos; y guiada por una persona de referencia. Hay gente más vulnerable, bien por su tendencia natural a la impulsividad, bien porque hay gente que no puede, o no sabe, ser buen padre o madre, que no guía.

A su vez, existe una realidad socioeconómica que no se puede obviar. Una persona llega y te cuenta: «Mira, soy una madre sola con tres hijos que tengo que ir a fregar escaleras, a trabajar en limpiezas y no me queda otra que dejar a los chicos en casa con el móvil». De ahí la importancia de proyectos de voluntariado, como Ítaca, para acompañar a las personas con estas necesidades.

Físicamente, el desarrollo del cerebro, del lóbulo frontal, no se alcanza hasta los 24 o 25 años. De ahí que generar leyes y normas para regular el acceso a redes sociales en menores sea fundamental, porque la responsabilidad no recae por entero en la escuela y las familias, hay responsabilidades sociales y políticas de gestión y control. No sé si de la forma que plantea Sánchez o de otra, pero esto no se puede dejar en manos de terceros mediatizados por un interés económico.

«Regular el acceso a redes sociales en menores sea fundamental, porque la responsabilidad no recae por entero en la escuela y las familias»

L. G.: Las aplicaciones han entrado en un nivel de competencia bestial por la atención. Hasta las más útiles, como el famoso Duolingo para aprender inglés, están constantemente haciendo notificaciones para que les hagamos caso, para generar dopamina. Si no lo hacen, las olvidaríamos. La vida real no tiene sistema constante de gratificaciones, por lo que no resulta igual de interesante. Este choque genera estrés que se ha relacionado con autolesiones e insatisfacción vital.  Creo que este es el motivo fundamental por el que, hoy día, ciertas redes sociales no pueden permitirse a menores. Hay quien dice que hay que enseñar a manejarlas. En un futuro, quizás.

De los cuadros que llegan aquí, al Hospital Mental Infantojuvenil de Sarriguren, ¿en cuántos se aprecia una incidencia del abuso de redes sociales?

L. G.: No entiendo la pregunta bien. Te lo hemos explicado ya: son un potenciador. No duermen, les afecta el estado del ánimo, les merma la capacidad de frustración, les resta socialización, les expone a mensajes negativos que pueden remarcar un malestar. En pocas ocasiones es el problema de base, pero impide solucionar ese problema de base. Es un potenciador y también un perpetuador.

El enfermero Lucas González ha dado charlas y conferencias sobre el uso de pantallas para la Aspociación de Pediatras de Navarra. (Iñigo URIZ I FOKU)
D.

D.B.: La anorexia, el acoso escolar, el estrés postraumático, la depresión y la ansiedad existían. Sin embargo, las formas que adquieren se transforman. Cambian con las redes como cambian con las culturas, con los lugares del mundo y con los momentos históricos. Todos coexistimos ahora con redes y pantallas. Quizás hay algún caso de adicción pura, como tal, pero son los menos. Preocupa en concreto su relación con el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), pero también estamos perdiendo capacidad de atención nosotros, los que estudiamos con lápiz y papel.

Seguro que en tu medio miráis los ratios de lectura y os conminan a redactar artículos más cortos. Los jóvenes que nacieron con las pantallas no tienen ese punto de partida, esa reserva cognitiva, por lo que su capacidad de atención es diferente. De ahí que hayan surgido corrientes en favor de abandonar los chromebooks en los colegios y volver al lápiz y papel.

Le reformulo la pregunta, Lucas, ¿a cuántos jóvenes del hospital mental recomienda que dejen de lado las redes sociales?

L. G.: A todos… Bueno, puede haber algún caso que no. Échale un 98%. Yo pregunto siempre cuánto tiempo dedican a la pantalla.

¿Y qué le responden?

L. G.: Que entre 4 y 6 horas diarias entre semana y entre 4 y 10 los fines de semana. Luego te topas con 12, 14, 16 o hasta 18. El récord está en 22,5. Que te respondan que solo una hora es algo casi ya milagroso y, si lo logran, es porque los padres están ahí luchando y luchando mucho.