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Liliana Rodríguez
Fundadora de la Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico en Argentina

«El abuso eclesiástico es la gran deuda social de nuestra democracia»

Psicóloga y fundadora de la Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico en Argentina, Liliana Rodríguez, quien comenzó su andadura militante en el campo de los derechos humanos relacionados con la dictadura, traza el recorrido de este espacio y hace un balance de trece años de experiencia.

Liliana Rodríguez, fundadora de la Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico en Argentina. (Soledad Iparraguirre)

Lleva escuchados cientos de testimonios y es la primera en escuchar a quienes se acercan a la Red. Histórica militante de los derechos humanos, Liliana Rodríguez se topó con el flagelo de los abusos eclesiásticos en 2013 a partir de su pertenencia al colectivo feminista Las Azucenas (llamado así en honor a Azucena Villaflor, una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo que en diciembre de 1977 fue detenida y arrojada al mar en uno de los vuelos de la muerte junto a otras dos madres, dos monjas y siete militantes de derechos humanos).

Para la Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico en Argentina, los abusos perpetrados por integrantes de la Iglesia católica representan un verdadero flagelo y una deuda social. Una continuidad de un entramado perverso, de delitos y abuso de poder que se perpetúa gracias a todo un sistema de encubrimiento proveniente de las distintas esferas de la sociedad.

El acompañamiento de Rodríguez empezó en 2012 con la causa del sacerdote Juan Justo Ilarraz en la provincia de Entre Ríos y no se detuvo. Desde aquel momento, impulsa, proyecta, investiga y sostiene. Elabora, además, los informes de acompañamiento psicológico y prepara los dispositivos para los juicios.

Tras participar como testigo de concepto en varios de los procesos judiciales que acompaña la Red, fue convocada por el Ministerio Público para atestiguar como especialista en el primer juicio con jurado que se llevará a cabo en Corrientes, en la causa en la que está denunciado el sacerdote Eduardo López Márquez. Y va a por más.

Su trayectoria militante comienza en espacios de denuncia del terrorismo de Estado: ¿Hay puntos de encuentro entre unas y otras historias? 

A mí me gusta mencionar de dónde vengo. Llego a la Red por algo y no es casual, teniendo en cuenta que no vengo del campo religioso ni soy católica. Provengo del campo de los derechos humanos; eso es lo que sentí cuando por primera vez tomé contacto con historias de abusos eclesiásticos; que todas esas herramientas y esa lucha de cuarenta años era la misma lucha y las mismas herramientas para acompañar a los sobrevivientes, cada uno con sus particularidades.

Vivo como un honor la pertenencia a la Red, tener este bagaje de saberes que nos permite que hoy, por ejemplo, las fiscalías valoren nuestro trabajo.

A las fiscalías les pasa lo mismo que al resto de la sociedad. Son espacios en los que aún, en muchos despachos, cuelgan los crucifijos en las paredes. Algunos hijos de jueces y fiscales van a escuelas católicas, tienen una creencia y deben romper con modos de ver para poder entender de qué trata esto. En líneas generales, se comprometen porque, además, hacemos mucho para colaborar en ese proceso.

¿En qué consiste la herramienta de la alerta?

Las alertas son distintos dispositivos que nos sirvieron mucho en los últimos años. En una alerta se le informa a la comunidad de la presencia de un denunciado. Por supuesto que jamás publicamos algo que no tengamos debidamente chequeado.

A través de esta alerta convocamos a las personas que tengan alguna inquietud o hayan vivido alguna experiencia y les aseguramos la reserva. Funciona como disparador y nos ha dado buen resultado. Aquella persona que fue agredida por alguien que está siendo denunciado, lo más probable es que se anime a hablar. Le da fuerzas.

Con las alertas recibimos todo tipo de respuestas; hay una reserva absoluta; ni siquiera dentro de la Red se sabe la identidad de los denunciantes hasta que ingresan a la Red. Recibimos fotos, nos cuentan dónde están los curas, si están con niños, accedemos a todo tipo de información que vamos chequeando y depurando. Suele suceder que las personas que sufrieron abuso creen ser las únicas a las que les pasó.

Nos ha pasado que a partir de una alerta, por ejemplo, una joven denuncia a un cura, se llega a una causa judicial y esa causa termina con siete denuncias más. Hacemos todo un trabajo de investigación y yo voy haciendo las entrevistas. De allí surge el perfil y el modus operandi, que se repite.

Hay que tener en cuenta que estas personas no se conocen entre sí, (tienen distintas edades, no viven todas en Argentina) pero va coincidiendo cada testimonio con el lugar donde estuvo el cura, con los espacios en los que el cura se va moviendo.

Otra cuestión muy fuerte es que coinciden los relatos, sobre todo, los puntos de filiación de ese perverso; dónde tocaba, de qué manera. Todo eso se pasa a la Fiscalía. Avisamos a la persona de cada paso que vamos dando. Llegamos al momento del juicio con todo un trabajo hecho y el absoluto conocimiento de la causa.

 

«Algunos hijos de jueces y fiscales van a escuelas católicas, tienen una creencia y deben romper con modos de ver para poder entender de qué trata esto»

 

Esto trae, a su vez, que esa persona que creía que era la única agredida vaya tomando cada vez más fuerza al sentirse respaldada por otros denunciantes. Es el tránsito de víctima a sobreviviente. Las personas van sintiendo la causa como propia pero también como parte de una causa colectiva.

Con la idea de realizar una puesta en común, en mayo de 2025 sobrevivientes de abusos de Argentina y el Estado español celebraron un encuentro en Madrid, en la sede de la Asociación Vecinal Cuatro Caminos-Tetúan. Participaron, entre otros, los directivos de la Asociación Nacional Infancia Robada (ANIR), representada por Ana Cuevas y Juan Cuatrecasas, cuyo hijo fue abusado por José María Martínez Sanz, profesor de un colegio del Opus Dei en Leioa; y Miguel Hurtado, víctima de abusos sexuales en su adolescencia por parte del monje Andreu Soler, líder de un grupo de scouts en Barcelona.

El encuentro fue muy interesante respecto a la diferencia entre Argentina y España acerca de su historia social; al menos yo no puedo dejar de poner el foco en ello.

 

«Abogamos por la separación iglesia-Estado y creemos que la respuesta a la búsqueda de justicia nunca va a llegar de parte de la institución religiosa»

 

Aunque venimos de dramas similares, ellos del franquismo y nosotros de la dictadura, llevamos procesos muy diferentes respecto a las formas de entender la búsqueda de justicia. Ellos vienen de la lucha por la reparación económica y en Argentina recién se está empezando a hablar de ello.

Lo que es afín en ambos países es lo irrisorio y ofensivo de las cuantías que ofrecen. Si bien hablamos de traumas que no se reparan económicamente, todas las personas tienen secuelas psicológicas y físicas, y necesitan atención porque se les complica la vida, lo concreto, la rutina cotidiana, los proyectos y los vínculos.

Siguen apareciendo cosas muy silenciadas en España, y Argentina ha hecho un proceso colectivo, que se ve reflejado también en las redes latinoamericanas, en la lucha colectiva, en la necesidad de juntarse y en la búsqueda de justicia a través de la Justicia ordinaria.

Nosotros desaconsejamos ir por el camino canónico, allá es la prevalencia. También abogamos por la separación Iglesia-Estado y creemos que la respuesta a la búsqueda de justicia nunca va a llegar de parte de la institución religiosa. La respuesta de la Iglesia es marketing y maquillaje para que todo siga igual.

A trece años de constituirse la Red, ¿qué balance hace?

La evaluación de estos trece años es muy gratificante; sobre todo, ver cómo llega una persona abusada, agredida, el camino que va haciendo, cómo va conectando con la Justicia, cómo va enfrentando a su pedófilo...

Es todo un proceso terapéutico. Y aunque las condenas son leves, para la mayoría de los sobrevivientes el mero hecho de escuchar la palabra condenado/a en una sentencia es ya un acto reparador en sí.

En los juicios se viven momentos de crisis emocionales muy fuertes, sobre todo en comunidades pequeñas. En ocasiones, el procesado vive a tan solo dos cuadras de donde está alojado el sobreviviente. En muchas provincias la Iglesia católica todavía tiene un gran peso.

Víctimas que pasaron por la misma situación de abuso dan sostén a las demás, sobre todo, durante los juicios. Estos «pares», compañeros y compañeras, son otro de los grandes soportes de la red.

 

«Cuando la persona entiende que su causa es la causa del resto, ya es un sobreviviente. Muchos eligen ‘a posteriori’ convertirse en dirigentes»

 

Las personas claramente son víctimas de una situación, pero las circunstancias, las posibilidades que tengan y el acompañamiento que tengan pueden ayudar a que trate de resolver su situación y se sume a una lucha colectiva.

Cuando la persona entiende que su causa es la causa del resto, ya es un sobreviviente. Muchos eligen a posteriori convertirse en dirigentes.

En Argentina la Red está dividida en las provincias que acumulan las mayores causas, si no sería inabarcable y está todo coordinado por sobrevivientes de esas mismas provincias.

Conocen todo el entramado, los movimientos de los arzobispados, todo ese entendimiento lo tienen mayormente quienes han actuado dentro de la institución. Yo sigo aprendiendo.

En nuestro país se está dando otro fenómeno y es que se acercan jóvenes que reconocen el abuso a partir de las clases de educación sexual integral (ESI) en las escuelas. Eso es un gran avance.