Berlinale: ‘Ravalear’, el thriller espitado de Pol Rodríguez contra la especulación
La nieve en el Festival de Cine de Berlín ha traído el estreno internacional de la muy esperada serie ‘Ravalear’, de Pol Rodríguez, el capricho de Isabelle Huppert como vampira y el salvoconducto al Oscar de Amy Adams, por ‘At The Sea’.
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En un ambiente marcado por las grandilocuencias vacías, es de rigor destacar la concreción y la urgencia con la que la serie ‘Ravalear’ ha mirado a la cara a la crisis actual de la vivienda. Pol Rodríguez, codirector con Isaki Lacuesta de ‘Segundo premio’ y responsable del documental a ritmo de thriller ‘Year Zero’ (producido por Kathryn Bigelow), ha vuelto para reclamar, dice, «un espacio de venganza cinematográfica» con seis capítulos que repiensan el desahucio vivido por su familia apenas unos años atrás.
Rodríguez es hijo de la familia que está tras Can Lluís, un local emblemático en el antiguo barrio chino de Barcelona, el Raval. Tras noventa años de actividad y habiendo sobrevivido a la Guerra del 36, el restaurante finalmente cayó bajo las zarpas bien nutridas de un fondo de inversión. Por el contrario, en la ficción el clan que sustenta Can Mosques resiste, improvisando, mientras cae por un espiral de violencia y no exento de contradicciones.
Los dos capítulos que compiten en Berlín encuentran en ‘Ravalear’ un cruce entre el pulso a pie de calle de ‘Antidisturbios’, con la que comparte un trabajo de cámara espitado, la épica de la banlieue de ‘Los miserables’, de Ladj Ly, y un juego netamente arquetípico con los lugares más gustosos del noir de mafias: maquinaciones, códigos de honor y diálogos memorables. La esperamos por su estreno durante 2026, en HBO Max y 3Cat.
Isabelle Huppert, una caprichosa Elizabeth Báthory
Venía vestida completamente en blanco y de la mano de la Agnès Varda del Nuevo Cine Alemán, en regreso a la ficción treinta años después de convertir, por su Trilogía de Berlín, a Orlando, Juana de Arco y Dorian Gray en iconos punk.
En ‘The Blood Countess’, sobre un relato de Elfriede Jelinek (‘La pianista’), Ottinger parece poco interesada en forzar renovación alguna sobre la versión queer y femenina de Drácula; todo lo contrario, lo excepcional de su película reside en la pureza del disfraz de Isabelle Huppert, disfrazada de la versión más deliciosa, seductora e infantil de condesa húngara.
Una aventura caprichosa, el film se ordena como una sucesión de gags sobre tableaux vivants fastuosos y sin ningún respeto por la causalidad o la verosimilitud, mientras sigue las aventuras de la condesa por Viena, como un Indiana Jones despistado.
Va tras un grimorio perdido y la persiguen un corrillo de secundarios más o menos memorables (destaca el sobrino vampiro vegetariano interpretado por Thomas Schubert, de ‘El cielo rojo’), que entretienen con moderación. Permanece, en cambio, la capacidad escenográfica de Ottinger, que da rienda suelta al terciopelo rojo-sangre, los vestidos amatista y los decorados de época. En realidad, el poder de Báthory –o de cualquier vampiro– no estuvo nunca del bando de la narrativa.
‘At The Sea’, con Amy Adams, complica los visos del drama de rehabilitación
Kornél Mundruczó (‘Jupiter’s Moon’) es, ya oficialmente, un director de actrices. Porque si el húngaro ya abrió la puerta a la nominación al Oscar para Vanessa Kirby por ‘Fragmentos de una mujer’, es de esperar que vuelva a encaminar una nominación para Amy Adams, que ya sería la octava (con cero victorias). Resulta esperable, y más siguiendo el Oso de Plata de Rose Byrne en ‘Si pudiera, te daría una patada’.
En ‘At The Sea’, crónica sobre la integración de una coreógrafa recién salida de una clínica por alcoholismo, replica los lugares comunes del género –la crisis de pareja, una negligencia heredada, una estricta primera persona por montaje–, pero los complica. De entrada, el guion de Kata Wéber procura rellenar con tanta esperanza y complicidad los posos más amargos de este viaje de vuelta: en ‘At The Sea’, hay amigas que escuchan y el dolor se somatiza a través de escenas musicales relativamente logradas, en la línea de ‘Polvo serán’.
Además, Mundruczó saca punta a la gama cromática que la actriz de ‘La llegada’ y su coro pueden aportar interpretativamente: hay discusiones cassavettianas, entre la risotada y el llanto, también silencios climáticos pero velados, como de Yasujiro Ozu. En conjunto, un esfuerzo interesante.