«En tiempos de crisis, los movimientos disruptivos pueden acelerar el cambio político»
Tras el éxito de ‘El buen antepasado’, el filósofo social Roman Krznaric regresa con ‘Historia para el mañana’, un ensayo en el que recorre mil años de historia para rescatar lecciones del pasado que pueden ayudar a afrontar la crisis climática, el deterioro democrático o los riesgos de la IA.
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Roman Krznaric (Sidney, 1970) sostiene que vivimos atrapados en el presente, a menudo reduciendo el pasado a clichés como «la historia se repite». Sin embargo, niega que estemos condenados a un destino inevitable y plantea que los pasajes menos conocidos de la historia pueden ayudarnos a afrontar los problemas del ahora. En ‘Historia para el mañana’, publicado por Capitán Swing, el filósofo recorre mil años de historia para rastrear, en la experiencia acumulada, posibles salidas a una policrisis que amenaza con devorarlo todo.
En un momento marcado por la emergencia climática, el retroceso democrático y la tensión geopolítica, ¿qué nos dice realmente la historia sobre dónde estamos ahora?
Estamos atrapados en una especie de tiranía del ahora. Y, como sabe, los gobiernos suelen cruzar los dedos y esperar que las nuevas tecnologías resuelvan todos nuestros problemas. Pero yo lo veo así: nadie conduciría un coche sin mirar por el retrovisor. Tomemos el retroceso democrático como ejemplo. En todo el mundo ha habido un auge de la extrema derecha, tenemos el número más bajo de democracias de los últimos treinta años y los jóvenes se están alejando de ella y girando hacia posiciones autoritarias. Entonces, ¿qué debemos hacer? Si miramos por ese retrovisor de la historia, encontramos otras formas de revitalizar la democracia.
¿Por ejemplo?
En Suiza, entre los siglos XVII y XVIII, existió una república llamada República de las Tres Ligas. Allí tomaban la mayoría de las decisiones en consejos locales, a nivel de base. Luego había consejos regionales, a nivel de comuna, para decisiones mayores. Pero no tenían un representante electo, era más bien un mensajero o embajador al que enviaban. Si queremos que la gente no se incline hacia el retroceso democrático, debemos poner más poder directo en sus manos. Porque si preguntas a quienes votan a la extrema derecha ‘¿qué te preocupa?, ¿por qué lo haces?’, normalmente responden dos cosas: no tengo estabilidad económica y no siento que tenga voz. Y eso es lo que ofrece una democracia más descentralizada y participativa. En cierto modo, esto que digo no es muy radical, solo se trata de mirar al pasado.
Como John F. Kennedy, que cita en el libro como un líder que leyó ‘Los cañones de agosto’ durante la crisis de los misiles. ¿Los líderes actuales siguen aprendiendo de la historia? ¿Actuarían de forma diferente personajes como Donald Trump si lo hicieran?
Creo que Trump es muy bueno utilizando y abusando de la historia. Y lo hace a través de la nostalgia: una visión mítica de una América de los años 50, toda blanca, de pueblos pequeños. Y también miente sobre la historia. A diferencia de John F. Kennedy, dudo de que Trump haya leído el libro de Barbara Tuchman, que es muy relevante ahora porque cuenta cómo Europa acabó casi accidentalmente inmersa en la Primera Guerra Mundial por una cadena de errores de cálculo, sin darse cuenta de lo que estaba ocurriendo. Y si miras lo que pasa hoy, ocurre algo parecido.
Trump es muy bueno utilizando y abusando de la historia. Y lo hace a través de la nostalgia: una visión mítica de una América de los años 50, toda blanca, de pueblos pequeños. Y también miente sobre la historia.
En su libro compara a los esclavistas del siglo XIX con las actuales empresas de combustibles fósiles. Ambos terminan admitiendo que el cambio es necesario, pero insisten en que debe ser gradual. ¿Por qué temen tanto los cambios rápidos?
La respuesta obvia es que tienen mucho que perder. Pero también creo que la estructura de nuestras economías es muy cortoplacista. Las empresas de combustibles fósiles pertenecen a accionistas que quieren maximizar beneficios en el próximo trimestre. Todo eso les empuja a oponerse a adoptar una visión a largo plazo .
Cuando estás dentro de un sistema, ya seas empresario o político, crees que esa es la forma normal de pensar. Recuerdo al director ejecutivo de Shell diciendo: ‘No podemos abandonar los combustibles fósiles demasiado rápido porque nuestra economía depende de ello; hay decenas de miles de personas trabajando en mi empresa’. Probablemente lo sienta así, y no lo niego. Solo digo: demos un paso atrás y preguntemos cómo podemos ser buenos antepasados. Es demasiado tarde para confiar en el gradualismo, especialmente con la crisis climática, donde la ventana para el cambio es muy pequeña.
Sin embargo, afirma que la revuelta de esclavos en Jamaica demuestra que el cambio puede producirse rápidamente. ¿Estamos demasiado cómodos con las reformas lentas?
Claro, pero me he convencido de que es demasiado peligroso no tener movimientos disruptivos. Es muy arriesgado cruzar los dedos y esperar que el sistema actual nos lleve por debajo de 1,5 grados de calentamiento o que regule a las grandes empresas de IA y a los oligarcas tecnológicos de Silicon Valley. Eso es una ilusión, una forma de pensamiento mitológico. Hay muy pocas pruebas históricas de que los sistemas que tenemos vayan a resolver los problemas que tendremos. Lo que sí muestra la historia es que, si se hace bien, los movimientos disruptivos pueden acelerar el cambio, sobre todo si surgen en un momento de crisis.
¿Siguen las protestas disruptivas contribuyendo al cambio político? Usted pone el ejemplo las tan criticadas acciones de activistas que lanzan pintura contra obras de arte.
Creo que es una buena pregunta. Porque creo que también debemos preguntarnos siempre si una estrategia concreta es eficaz o no. Cuando Just Stop Oil o Extinction Rebellion bloquean una carretera o tiran pintura a una obra de arte, ¿consiguen que más gente apoye la causa climática o la rechace? Los periódicos centristas o de derechas suelen decir que estas organizaciones hacen que la gente odie el ecologismo. Pero, cuando he mirado las pruebas académicas, dicen lo contrario. Aunque molesta a algunas personas, más gente empieza a poner el medio ambiente más arriba en su agenda política. No se convierten en activistas radicales; la idea es moverles hacia un término medio, a apoyar impuestos al carbono, por ejemplo. Además, si las protestas son pacíficas, por ejemplo frente al edificio del Gobierno, los medios no las cubren. A menudo la única forma de ser escuchado hoy es ser más disruptivo.
Siguiendo con las comparaciones históricas, ¿el ICE es una repetición de viejos patrones en EEUU?
La violencia contra migrantes tiene precedentes: el racismo contra inmigrantes en EEUU en el siglo XIX, contra los chinos que llegaron al país, y también los años 30 en Europa, cuando Mussolini y Hitler usaban fuerzas paramilitares para imponer su dominio. Las camisas negras en Italia y las camisas pardas en Alemania son como el ICE hoy en Minneapolis, casi un ejército privado. ¿Qué podemos hacer? No tengo una solución fácil, pero preguntaría: ¿cómo puede ayudarnos la historia a pensar esto? Uno de los lugares que analizo es Al-Andalus, entre los siglos IX y XIV. No era una utopía: hubo violencia y tensiones. Pero, en general, cristianos, musulmanes y judíos lograron convivir en relativa armonía: se mezclaban en baños públicos y en el mercado, jugando al ajedrez y haciendo música juntos. El mensaje no es que sea un modelo perfecto, sino que podemos encontrar formas de convivir. No es utópico, y tenemos que hacerlo.
No solo en en Al-Andalus, usted afirma que las ciudades grandes tienden a ser más tolerantes. ¿Es por diversidad o la vida urbana crea empatía?
A mayor tamaño de ciudad, mayor tolerancia. ¿Por qué? No significa que no haya divisiones o guetos, pero en general las ciudades son una buena tecnología social para mezclar a la gente: en la escuela, en clubes de fútbol. Si pudiera hacer un cambio, diría que todo el mundo debería jugar fútbol sala un domingo por la tarde con gente de diferentes orígenes, porque crea vínculos. Tengo fe en las ciudades. También creo que ayuda tener cosas en común: en Al-Andalus, por ejemplo, la gente hablaba árabe. Por eso creo que los inmigrantes deberían aprender el idioma local. Mi padre lo hizo cuando vino de Polonia a Australia. No perdió su cultura, pero sí se integró. Piense en España; si la tasa de natalidad sigue cayendo, para 2100 la población será un 50% menor. ¿Quién pagará impuestos? Como tantos países, tendrá que tener mayores niveles de migración. No hay otra opción, tenemos que aprender a convivir. Y Al-Andalus es algo que mirar por el retrovisor.
A mayor tamaño de ciudad, mayor tolerancia. ¿Por qué? No significa que no haya divisiones o guetos, pero en general las ciudades son una buena tecnología social para mezclar a la gente: en la escuela, en clubes de fútbol.
En el libro usa el Japón premoderno como ejemplo de sostenibilidad colectiva. ¿Necesitamos normas estrictas, como tarjetas personales de carbono, en lugar de pedir a la gente que cambie su comportamiento?
Sí, esa es mi respuesta breve. La gente teme el sacrificio, no quiere renunciar a cosas. Pero el ejemplo del Japón de Edo y su economía circular dice que una sociedad puede funcionar e innovar dentro de límites y regulaciones. Carlos Alcaraz juega dentro de las líneas; Jimi Hendrix hacía lo que hacía con seis cuerdas. Los límites crean innovación. Si hubiera racionamiento de carbono o si las empresas solo pudieran vender teléfonos con materiales reciclados, nos adaptaríamos y seguiríamos viviendo bien dentro de límites, ayudando a futuras generaciones. ¿Cómo sobrevivimos a una emergencia ecológica o a los riesgos de la IA? Necesitamos regular, y no hace falta una dictadura para hacerlo: hacen falta políticas sensatas.
¿Cómo sobrevivimos a una emergencia ecológica o a los riesgos de la IA? Necesitamos regular, y no hace falta una dictadura para hacerlo: hacen falta políticas sensatas.
¿Cómo cree que nos juzgarán la generaciones futuras?
Creo que pensarán que fuimos unos criminales. Mis propios hijos ya lo hacen. Mi hija me dice que soy un «criminal del carbono» por haber volado tanto en los años 90, cuando investigaba para mi tesis en Guatemala. Yo le respondo que entonces no sabíamos lo suficiente, pero ella me recuerda que la Cumbre de Río fue en 1992. Sí lo sabíamos, aunque no quisiéramos asumirlo. Cambiar lleva tiempo y somos muy lentos, pero las generaciones futuras nos dirán: ‘Lo sabíais todo y aun así arriesgasteis nuestras vidas’. Con la inteligencia artificial estamos haciendo algo parecido: es como intentar aprender a aterrizar un avión mientras ya está en el aire. Es muy peligroso. Me gustaría que me recordaran mejor, por eso intento ser, al menos, un buen antepasado.