Las cunas vacías de una incierta China urbana
La rápida caída de la natalidad en las grandes ciudades chinas refleja el profundo malestar de una juventud atrapada entre la precariedad laboral, el alto coste de la vida y la presión social. Una tendencia que amenaza con frenar el crecimiento económico y acelerar el envejecimiento.
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La crisis demográfica china no admite lecturas optimistas ni explicaciones coyunturales: las autoridades contabilizaaron 7,92 millones de nacimientos, un 17% menos en 2025 con respecto al año anterior, una caída que borra el breve repunte registrado en 2024 y que algunos analistas habían atribuido a factores culturales como el Año del Dragón. Lejos de consolidarse, aquel aumento puntual dio paso a una nueva aceleración de la tendencia descendente que China arrastra desde hace años.
El descenso en el número de alumbramientos ha reducido la tasa de natalidad hasta los 5,63 nacimientos por cada 1.000 habitantes, el nivel más bajo desde la fundación de la República Popular en 1949 y la caída más pronunciada de los últimos cinco años. Las cifras confirman que el problema no es circunstancial, sino estructural. En las grandes ciudades, donde se concentran las oportunidades laborales, pero también el elevado coste de la vivienda, la precariedad profe- sional y una red de protección social limitada, tener hijos es para una parte creciente de la juventud una decisión difícilmente compatible con sus condiciones de vida y sus expectativas de futuro.
LA RESPONSABILIDAD DE ESTA CRISIS NO PUEDE DESLIGARSE DE DÉCADAS DE INTERVENCIÓN DIRECTA DEL ESTADO EN LA VIDA PRIVADA DE LA POBLACIÓN.
La política del hijo único, aplicada durante más de treinta años, logró frenar el crecimiento demográfico, pero alteró profundamente las estructuras familiares y las expectativas sociales. Su abrupto final no vino acompañado de una transformación equivalente del sistema laboral, del acceso a la vivienda o de las políticas de conciliación, situando a las nuevas generaciones ante las exigencias de un modelo productivo intensivo y la persistente presión para formar una familia.
Ante el desplome de los nacimientos, las autoridades han respondido en los últimos años con incentivos económicos, campañas de propaganda y un discurso insistente sobre la «responsabilidad» de tener hijos. Sin embargo, estas medidas han demostrado un alcance limitado. Subvenciones puntuales, desgravaciones fiscales o ayudas locales no compensan el coste real de criar a un hijo en las grandes ciudades chinas, donde la educación, la vivienda y el cuidado infantil absorben una parte creciente de los ingresos. La brecha entre el relato oficial y la experiencia cotidiana de la juventud urbana alimenta una desconfianza que explica, en buena medida, el fracaso de las políticas pronatalistas.
Más allá de los incentivos económicos, la reacción oficial ha revelado una creciente incomodidad del Estado ante la imposibilidad de revertir la tendencia por medios convencionales. En los últimos años, algunas administraciones locales han recuperado mecanismos de control indirecto sobre la vida reproductiva, como el endurecimiento fiscal sobre preservativos y anticonceptivos o la intensificación del discurso contra la «cultura de no casarse ni tener hijos». Estas medidas, recogidas incluso por la prensa oficial, recuerdan hasta qué punto la política demográfica sigue concebida como una cuestión de disciplina social más que como un problema estructural vinculado a las condiciones de vida.
El rechazo de muchas mujeres jóvenes a la maternidad se ha convertido en uno de los principales frenos a las ambiciones pronatalistas del Gobierno. En un mercado laboral muy competitivo y todavía profundamente desigual, tener hijos sigue penalizando las trayectorias profesionales femeninas, mientras el peso de los cuidados recae de forma abrumadora en ellas. Frente a esta realidad, las llamadas oficiales a «cumplir con el deber familiar» resultan cada vez más ajenas a la experiencia cotidiana de una generación que percibe la maternidad no como una opción libre, sino como una renuncia. La crisis de natalidad expone así los límites de un modelo que aspira a regular comportamientos íntimos sin transformar las bases económicas y sociales que los condicionan.
AL MARGEN DE CIFRAS, LA CRISIS DE NATALIDAD REVELA UNA FRACTURA MÁS PROFUNDA ENTRE EL ESTADO Y LAS NUEVAS GENERACIONES URBANAS.
China se enfrenta al reto de envejecer rápidamente sin haber construido un sistema de bienestar sólido ni un modelo social compatible con la vida familiar contemporánea. Mientras el poder insiste en corregir los efectos, evita cuestionar las causas. Y en ese desfase entre control político y realidad social se juega no solo el futuro demográfico del país, sino también la sostenibilidad de su proyecto de desarrollo socialista.