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El mercado dicta en Irán los siguientes pasos de EEUU

Ali Mohammad Naeini, portavoz de la Guardia Revolucionaria iraní y nueva víctima de la guerra empezada por EEUU e Israel hace ya 21 días, se suma a la lista de líderes iraníes abatidos. Aun así, son una vez más las declaraciones de Donald Trump las que más pistas proveen sobre el futuro.

La ciudad industrial de Ras Laffan, principal centro de producción de gas natural licuado y de gas a líquido de Qatar. (KARIM JAAFAR | AFP)

La muerte del Ali Mohammad Naeini, portavoz de la Guardia Revolucionaria iraní, anunciada al amanecer entre los escombros de Teherán, se ha convertido este viernes en un ejemplo más de una guerra que, con cada hora, multiplica sus mártires. Los medios estatales lo llaman «la voz apagada de la revolución». El conteo de muertos, en Irán, en Líbano y más allá, ha dejado hace tiempo de ser una mera estadística para convertirse en un pulso que marca la respiración incierta de todo Oriente Próximo.

Mientras tanto, a miles de kilómetros, Donald Trump se permitía este jueves una broma que resonó en todo el Despacho Oval y parte de Tokyo. «¿Quién sabe más sobre la sorpresa que Japón?», dijo el presidente estadounidense mirando a la primera ministra Sanae Takaichi, sentada junto a él en la Casa Blanca. «¿Por qué no me avisaste de Pearl Harbour?» La frase, pronunciada entre sonrisas, cayó con el peso del recuerdo de 1941: una ironía lanzada en medio de una nueva guerra.

El propio Trump justificó su decisión de no advertir a los aliados sobre los bombardeos a Irán. «Queríamos sorpresa», repitió. La sorpresa, sin embargo, se transformó en un vértigo global. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, confirmó que Washington no tiene aún un calendario ni un límite de gasto —el Pentágono ha solicitado 200.000 millones de dólares adicionales—, aunque insistió en que los objetivos «siguen siendo los mismos»: destruir la infraestructura militar iraní y evitar su capacidad nuclear. Trump, por su parte, juró que no habrá tropas sobre el terreno. Nadie le creyó del todo. «Si las hubiera», bromeó, «no se lo diría».

En el frente israelí, las explosiones se han escuchado de nuevo sobre Jerusalem. Benjamin Netanyahu compareció este jueves ante la prensa con un tono triunfalista: «Estamos ganando, Irán está siendo diezmado», sentenció, antes de sugerir —con un calculado ademán— que podría abrirse una fase terrestre. «No se puede ganar solo desde el aire», dijo posicionándose cerca de las declaraciones de Trump. Cada palabra, en boca de un primer ministro veterano, sonaba tanto a advertencia como a intento de mantener unida a la opinión pública israelí. «No arrastramos a EEUU», insistió Netanyahu tras conocer el post de Trump en Truth Social acusando a Israel de perpetrar unilateralmente el ataque sobre el yacimiento iraní de South Pars. «¿Alguien cree que se puede decir a Trump qué hacer?»

Al norte, Líbano sigue siendo escenario de ataques indiscriminados por su vecino del sur. Más de mil muertos y más de dos mil quinientos heridos se acumulan mientras los pueblos del sur resisten bajo el fuego constante. Hezbollah ha respondido con misiles, y el Ejército israelí multiplica su presencia terrestre. En las ciudades del valle de la Bekaa, los teléfonos suenan de madrugada con voces anónimas que ordenan evacuar la zona. El presidente del débil Gobierno, Joseph Aoun, implora un alto el fuego y la apertura de negociaciones, pero sus palabras no valen mucho en la situación actual.

El mercado y los demás

El mundo observa, y sigue pagando parte de la factura. El ataque al complejo gasífero de Ras Laffan recortó un 17 % de la capacidad global de gas natural licuado, una sacudida de veinte mil millones de dólares anuales y un golpe del nueve por ciento al PIB de Qatar. Europa enfrenta precios que se disparan otra vez: la gasolina británica encarece hogares, y en Zimbabwe el litro supera los dos dólares por primera vez. 

De vuelta en Bruselas, el Consejo Europeo ha pedido una moratoria inmediata sobre ataques a infraestructuras energéticas y de agua. Pero Washington, atrapado entre su propia guerra, Israel, y el mercado, ya sopesa medidas desesperadas: liberar reservas estratégicas o incluso permitir temporalmente las exportaciones iraníes que navegan por el Golfo. Ironías del conflicto: para mantener los surtidores llenos, la Casa Blanca podría necesitar el petróleo del enemigo que trata de doblegar.

Entre tanto ruido, la muerte del portavoz iraní se une a una lista creciente de mártires, que ya no distingue entre combatientes y civiles. Desde las cenizas de su despacho destruido hasta las luces de la Casa Blanca, la guerra empuja al mundo —una vez más— hacia territorios difíciles de prever.