A la sombra del monstruo
En todos los lugares a los que va, hay una sombra que le acompaña. Su presencia no siempre se nota de la misma forma o intensidad, pero siempre está allí: silenciosa, pegada, constante; otras, un monstruo oscuro y grande se sienta sobre su pecho, le aprieta los hombros y marca cada paso, cada respiración, cada gesto.
Cada día la sombra del monstruo le roba fuerzas sin aviso. Hace que levantarse de la cama sea un esfuerzo descomunal, que cada movimiento pese más que el anterior. A veces le permite hacer cosas, salir, hablar, incluso sonreír; la sombra se convierte en una presencia suave, como un murmullo que recuerda que está allí.
Pero otras veces, el monstruo se apodera por completo de ella. Se desborda en la casa, en el cuerpo, en la cabeza, en todo su ser. Le envuelve en un dolor inmenso, en una angustia profunda. El monstruo le ataca, le hiere, le hace sufrir, le deja heridas que no sabe si va a poder sanar algún día. Le asusta. Se apodera de lo que piensa, de lo que dice, de lo que hace, de lo que ve. Hace que para ella todo pierda sentido a su alrededor, que el sencillo acto de respirar duela, que estar vivo duela, que la vida duela.
Los demás están alrededor. Algunos se percatan de la sombra e intentan ayudar: ofrecen palabras, gestos, abrazos. Todo va a estar bien, dicen. Tienes tantas cosas buenas, repiten. Pero la sombra sigue, y el monstruo aprieta, y las palabras no alivian.
Otras personas a su alrededor dudan, no comprenden. Dudan de que el monstruo exista porque no lo ven, y si lo ven, creen que se puede combatir si ella realmente se esfuerza. Porque la responsabilidad de que el monstruo y su sombra sigan allí es de ella. Si no se van, si no le gana al monstruo, es porque no le pone suficiente esfuerzo a echarlo de allí. Le dicen que está así porque ella quiere. Creen que es porque no lucha lo suficiente y que, por lo tanto, quizá el monstruo no sea tan temible. Y ella convive con todo eso: la sombra constante, el monstruo que de vez en cuando se abalanza y se apodera de ella, el juicio y las expectativas de los demás, los gestos incompletos de cuidado.
Cada día para ella es un equilibrio delicado entre soportar, seguir adelante o esperar que el dolor constante de la sombra, las heridas del monstruo y la presión de los demás no la ahogue del todo. Cada día para ella es aprender a caminar de la mano del monstruo y su sombra, porque soltarla no le es posible, aunque lo desee. Se da cuenta de que la sombra del monstruo, aunque a veces le permite funcionar, nunca se va del todo. Y aprende que convivir con ella, sostenerla sin ceder por completo, es parte de sobrevivir. Porque hay vidas que duelen. Hay monstruos y sombras que no se ven, pero son tan reales que pueden vaciarlo todo por dentro.
Mientras tanto, ella desea que los demás se queden, que le acompañen sin prisa, que le crean sin exigir pruebas, que no le juzguen. Y, a veces, ocurre algo pequeño. No es la victoria ni la cura, no es la desaparición del monstruo ni de su sombra. Es apenas un instante en el que el peso afloja un poco: una tarde que pasa sin derrumbarse, una risa breve que no duele, una mano que no suelta. Momentos mínimos que no salvan, pero sostienen.
Y con eso basta para seguir. Lo más importante es que ella recuerde que el monstruo no es ella, aunque esté con ella. Y eso quizá le permita caminar despacio, cargando su sombra y aprendiendo que existir así también cuenta. Que vivir no siempre es avanzar; a veces es simplemente no desaparecer. Y eso, incluso bajo la sombra del monstruo, ya es una forma de valentía.
El 13 de enero fue el Día Mundial de la Lucha contra la Depresión. Este pequeño cuento va dedicado en modo de abrazo a todas aquellas personas que viven de la mano del monstruo y su sombra.