¿A qué huelen los votos?

La frase «pecunia no olet» se utiliza para condenar el cinismo de quien sostiene que el dinero vale lo que vale, independientemente de la nobleza o vileza de su origen.

2019/07/12

En las elecciones generales y municipales, es improbable que sepamos cuánta gente desalmada vota. Por gente desalmada se entiende asesinos, ladrones, violadores, pederastas, criminales de toda laya, transgresores de la Ley en cualquiera de los ámbitos que prohíbe el Código Penal; en fin, delincuentes de mucha o poca monta… Hecha esta enumeración, tampoco habría que desestimar el dictamen de Petrus Borel, el Licántropo, cuando decía que «en París existen dos cavernas, una de ladrones, otra de asesinos; la de ladrones es la Bolsa; la de asesinos es la Audiencia». En París y en donde desee el lector ubicar tales cavernas: Madrid, Barcelona, Pamplona, Sevilla...

Que se aceptan los votos vengan de donde vengan es lo habitual, pero, ¿deben los políticos aceptar o rechazar los votos de quienes, para decirlo de una manera resuelta, se los tacha como herederos de ETA? Se los tiene como tales, porque sus esforzados enemigos aseguran que nunca renegaron de ella y no pidieron perdón a sus víctimas. Un razonamiento que muchos de quienes lo usan deberían antes atarse los machos, porque ¿cuántos de ellos han condenado en esta vida la tortura, los campos de concentración, el nazismo, el holocausto en Navarra? Por ejemplo. ¿Alguna vez lo hizo el presidente del actual UPN?

Sánchez Ferlosio dedicó uno de sus ensayos, “Non olet”, a reflexionar sobre los claroscuros del beneficio económico, analizando la globalización, el mercado de trabajo, el marketing, la publicidad y el ocio. El dinero ingente nacido del crimen, de la extorsión y de la corrupción utilizado para hacer obras de caridad o subvencionar la campaña electoral de un partido. Ni la Iglesia se libraba de esta connivencia ilícita.

En este contexto, uno de los grandes benefactores de Teresa de Calcuta fue el magnate norteamericano Charles Keating, juzgado por protagonizar uno de los fraudes más importantes de la historia reciente de EEUU. El dinero que recibía del magnate olía fatal y, sin embargo, pocos se lo recriminaron a la santa y esta en ningún momento rechazó los millones recibidos. P. Bourdieu dijo de ella: «Se trata de una fundamentalista religiosa, una operadora política, una sermoneadora primitiva y una cómplice de los poderes terrenos y seculares» (“Contrafuegos. Reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal”. Anagrama. Barcelona, 1999).

La expresión «non olet» procede de una anécdota recogida por el historiador romano Suetonio. Dice que, cuando el hijo de Vespasiano, Tito, recriminó a su padre por su intención de obtener dinero de las letrinas, el padre le dio a oler una moneda de oro y le preguntó si le molestaba su olor». Al negarlo Tito, Vespasiano respondió: «Y sin embargo, procede de la orina».

Actualmente, la frase «pecunia no olet» se utiliza para condenar el cinismo de quien sostiene que el dinero vale lo que vale, independientemente de la nobleza o vileza de su origen. En la práctica, no existen escrúpulos para aceptar el dinero, venga de una cloaca o de la corrupción.

Lo curioso es que en el terreno de la política se exijan votos limpios, pero poco importa si el dinero utilizado por los partidos procede de las cloacas de la corrupción y del crimen. Lo sarcástico del asunto es que sean estos partidos quienes utilicen el origen espurio del voto como argumento para derribar pactos que no les favorecen.

Esparza conminará al PSN diciendo que «el PSOE pacta en Navarra con escaños manchados de sangre». A lo que un ingenuo Tito podría replicar: «Y los votos del PSOE, ¿ya no están teñidos por la sangre del GAL?».

Se replica a Esparza diciéndole que su partido no tiene escrúpulos en aceptar los votos del PP y de Vox, partidos, cuya relación con la sangre derramada por sus albaceas ideológicos del pasado tendrían mucho que decir. Lo que extraña es que no recuerden a Esparza sus albaceas, complacientes con el fascismo y el franquismo.

El fondo del problema es ético y político, cuyo alcance pragmático comienza y termina en el dilema de aceptar que los votos que uno recibe están limpios de contaminación, mientras que los votos de los demás rezuman mierda. Cuando esta argucia se utiliza, porque no hay más argumentos que esbozar, se pierde la confianza en la política y la ciudadanía termina por odiarla.

En 1979, cuando Julián Balduz, del PSOE, se hizo con la vara de mando del Ayuntamiento de Pamplona lo hizo gracias a los siete votos de Herri Batasuna, hermano siamés del actual EH Bildu. Lo hizo para evitar que la derecha ocupase el ayuntamiento. Luego, las componendas entre Del Burgo y el mefistofélico Arbeloa terminarían por aupar a este como presidente del Parlamento Foral, gracias a los votos de la derecha, en clara confirmación del adagio latino: «do ut des». Cierto que Julián Balduz no pidió los votos de HB, pero, si era sabedor de que estaban manchados de sangre, ¿por qué no renunció a ser alcalde consciente de que su nombramiento procedía de votos tan poco decorosos? Y, según esta lógica maniquea, cabría hablar, también, de abstenciones con olor a sangre.

Hablar de votos que huelen a sangre resulta demagógico. Se olvida que los votos proceden de la ciudadanía. Decir que los votos de tal o cual partido huelen a sangre y otros a colonia, es injuriar a la ciudadanía que los ha emitido. Además, si todos los partidos son legales, incluso Vox, ¿qué problema hay en aceptar sus votos, que, repito, no son suyos sino del ciudadano?

Y, bueno, si están teñidos de sangre, pues que metan en la cárcel a quienes los han emitido. No son gente de fiar.

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