Catedrático de la UPV-EHU
Algunos problemas estratégicos tras el 28A y el 26M

Donde sí ha desaparecido el bipartidismo de Estado es en Catalunya y en la CA de Euskadi donde se ha sustituido por otro bipartidismo, PNV y EH Bildu, necesitados de alianzas (PSE y quizás PP en el caso de PNV; y UP en el caso de Bildu)

2019/06/13

1. El régimen del 78 continúa en involución

La derrota casi dulce de las derechas –más que un triunfo del PSOE– en el 28-A, confirmada parcialmente el 26-M, no ha despejado los elementos de involución que se fraguaron con el Gobierno de Rajoy: ley mordaza, reformas del Código Penal, reducción del gasto público y social, aplicación del 155 con su rol de espada de Damocles permanente en Catalunya, cordón sanitario sobre EH Bildu mientras se sigue exprimiendo la política anti ETA…

Esa derrota ha sido un alivio pero la involución no está conjurada ni mucho menos. El PSOE no ha sido nada claro respecto a lo que hará, lo que indica más dosificación oportunista que giro político en profundidad para los próximos tiempos. Parece probable que haga algunas correcciones en materia de derechos civiles, con más postureo y miedo a la derecha que coherencia democrática y valentía.

Sánchez habla de diálogo pero ni siquiera toma la iniciativa para un modelo federal y, como ya lo hiciera en momentos de tensión, no dudaría en recurrir al 155. Asimismo ya se verá si, pasado el tiempo, gestiona unos hipotéticos indultos tras las previsibles largas y duras condenas a los presos políticos catalanes, lo que incluso podría demorar hasta que haya pronunciamientos en Estrasburgo. En el ínterin lograría así tener descolocados y ensimismados a ERC y PxCat en perjuicio de redefinir un proyecto nacional.

Tras estas dos elecciones hay un cambio de ciclo; no volvemos hacia atrás de 1977 pero tampoco iremos mucho más allá que desandar algunas políticas del PP visto qué tipo de izquierda –centroizquierda– ganó. No son probables una reforma constitucional progresista ni –más allá de avances competenciales– saltos soberanistas ni una neta política social de izquierda, visto el programa del PSOE. Hubiera venido bien un movimiento como el 15M o una coincidencia temporal reivindicativa entre Catalunya y Euskal Herria para esos saltos. Pero no es el caso.

Sin embargo tampoco es el tiempo de terciarlo todo al juego parlamentario e institucional. Temáticamente y en el turno social, que seguro que aparecerá, hay movimientos poderosos y vivos –soberanismo, feminismo, pensionistas, sindicatos…– y franjas sociales (femenina, juvenil…) que pueden esperar decisiones políticas favorables que, de no producirse, minarían las bases sobre las que se asienta este nuevo tiempo institucional. Hay muchas luchas pendientes en el horizonte y hay movimientos para ello poniendo las izquierdas el trabajo institucional a su servicio.

2. La involución ha dado lugar a un gobierno de los jueces

Lo más preocupante  de esa involución es la manifestación política del «Gobierno de los Jueces» –nacido en la etapa antiterrorista y culminado con la intromisión del TC en la reforma de un Estatut refrendado- que con su lógica de hierro y plazos largos hace desaparecer las soluciones políticas a los problemas porque éstos se abordan desde una dimensión delictivo-política impidiendo salidas políticas. Quedan pendientes un sinfín de procesos en Catalunya, en Euskal Herria… o ejecuciones de sentencias como son los casos de Gara o Herriko Tabernak, abogados… Nos tendrán acordonados al menos hasta 2030.

La mirada institucional española sobre los derechos de las comunidades diferentes ha abandonado la política y se ha traducido desde el 1-0 de 2017 en acoso represivo, político, judicial e ideológico. Y con su amenaza en el largo plazo para cualquier disidencia significativa se ha instalado en la mentalidad española la idea del 155 como el último muro, siendo los jueces los «guardias de la noche».

Dejando a salvo la justicia ordinaria, el «gobierno de jueces» es una degeneración de la democracia, un gobierno de una elite profesional aupada por cooptaciones y fuera de controles democráticos, por encima de parlamentos electos, y que tiene como misión política asegurar que no todo proyecto democrático sea posible siendo la unidad nacional forzosa el pilar central e intocable del régimen. En lo político son los encargados de traducir jurídicamente la ideología más extrema de defensa del Estado a cualquier precio. Véase cómo han conducido Marchena y fiscalía el juicio al procés o la decisión y expresiones del TS sobre la exhumación de Franco.

Paralelamente, una parte del otro pilar de la Transición, el ejército, ha enseñado la patita en la crisis del «a por ellos» expresando simpatías patrióticas por Vox. Son secuelas vivas, de larga duración, de la Transición.

Confrontar con el Gobierno de los jueces es abrir el debate público sobre la democracia, revisar legislaciones para evitar intromisiones y modificar completamente la estructura del poder judicial poniéndole a salvo del diktat político en la sombra.


3. Balance desigual de los dos factores disruptivos del régimen en la década: 15M y soberanismo catalán

El 15M -y su expresión política genuina, Podemos- y el soberanismo –en choque frontal con el Estado- fueron esos factores disruptivos pero han corrido distinta suerte. UP se desploma -de 5,2 mil en 2016 a 2,25 mill. en las europeas- y, en cambio, el nacionalismo catalán se mantiene reiteradamente en el casi 50% pero sin sobrepasarlo en todas las contiendas.

Ahora mismo el nacionalismo catalán es el único factor que cuestiona todavía el régimen de 78 puesto que la pugna entre las izquierdas españolas por cambiarlo o continuarlo se ha decantado del lado de esta segunda opción por miedo a las derechas. Pero también se debe a las inconsistencias de Podemos que ahora se debate entre ofrecerse como muleta del PSOE -como insiste Iglesias- o reemprender la labor de querer ser alternativa a un PSOE acomodaticio y sin proyecto que lo cifra todo en el miedo a la derecha. De todos modos el soberanismo catalán con toda la fuerza que tiene en Catalunya es capaz de mantener al régimen en crisis pero no de solventarla, al ser un fenómeno acantonado que, además, no suscita solidaridad democrática sino aversión y pulsión nacionalista en España. Esa es su debilidad incluso si superara el 50%. Dada la naturaleza del régimen ese porcentaje no es un Rubicón político, aunque lo sería moral.
 
El otro factor disruptivo, Unidas Podemos (UP) lo tiene mal y a ello se añade el infantilismo de un Errejón que amenaza con crear un partido alternativo para reabsorber Podemos; o sea dividir aún más y ser mejor muleta. Lo de los «significantes vacíos» da mucho de sí pero los laclauianos parten de la hipótesis errónea de que lo vacío puede y debe llenarse, aunque Oteiza –y en eso de los vacíos sabía más que nadie- ya explicó que el vacío es simplemente el vacío y tiene su propio significado.

Tras haber disuelto sus apoyos sociales, UP colapsó y lo tiene mal, aunque no imposible, para rehacerse en un papel distinto al de asaltar los cielos. En cambio el soberanismo catalán no ha colapsado y mantiene su peso, pero no sus opciones, porque tras el castigo del 155 político, judicial y social, se demuestra lo ilusorio de apagar la luz y marcharse de España (ignorando la naturaleza del régimen) y deberá encontrar la vía para una geometría variable que le permita combinar liderazgos institucionales, mantener vivos los movimientos y avanzar en acumulación de fuerza y en alianzas externas, también en España. Difícil pero no imposible.

Se trata de una apuesta que debería antojarse más de soberanismo que de independentismo. Soportar el chaparrón represivo y judicial -con sus tiempos largos- y hacer políticas progresistas y de cambio que amplíen su espacio social y proyectarlas hacia la convicción colectiva de que es necesaria una República Catalana, independiente o no, será una difícil tarea. No obstante, una base sólida de la que partir para un nuevo pacto ciudadano es la defensa que hace la inmensa mayoría de catalanes y catalanas del derecho de decisión.

Ello lleva al dilema de si operar en exclusiva en política de bloque independentista en Catalunya (o sea ERC, PDeCAT, CUP, Omniun, ANC, CDR..) -como hasta ahora y con los problemas que ha traído- o los partidos a efectos institucionales deben poder jugar en unos temas tanto al bloque soberanista abierto como en otros a alianzas de geometría variable en clave de programas de izquierda para ir avanzando ante las bases populares no soberanistas.

Se debe ensayar fuera de la lógica de bloques en la gestión institucional –y más cuando el PDeCat debe aclararse sobre su lugar social– sin perjuicio de que el espacio común de la solidaridad con los represaliados y el derecho de decisión deben estar por encima de cualquier consideración. El eje ERC, En Comú y CUP y el impuso de Omnium y ANC así como de las organizaciones civiles pueden abrir un espacio amplio hegemonizado por las izquierdas independentista y decisionista. Sin embargo la decisión de Barcelona En Comú de disputar a la triunfadora ERC la alcaldía mediante acuerdo con el PSC y apoyándose en Cs-Valls, no va en esta dirección.

Desde luego la filosofía de Iglesias y Errejón de subordinación de las cuestiones catalana y vasca a una política central contra el Estado y liderada por UP, quien después ya abordaría el tema de las nacionalidades ha sido desmentida rotundamente. Menos mal que no se les hizo caso. La cuestión nacional ha resultado ser mucho más inasimilable e irredenta que la cuestión del poder central y lleva dentro además cuestiones sociales adjuntas, vinculadas a movimientos y no solo a siglas, lo que invita a que la lideren en algunos campos o países precisamente las izquierdas, como ERC, EH Bildu, Mareas, En Comú, Compromis, Nueva Canarias…

Ahora cabe enderezar el rumbo mediante una hipotética alianza entre soberanismos catalán, gallego, valenciano, canario, vasco…, con UP- En Comú-Mareas- otros grupos, y que ejerza de núcleo aglutinador frente a las involuciones y a la línea dura austericida que acompañará a la próxima recesión. Es lo deseable.

4. Del bipartidismo al bipartidismo asistido

Se ha teorizado sobre el fin definitivo del bipartidismo pero hay riesgo de vuelta al bipartidismo con muleta, al bipartidismo asistido.

El PSOE ha capitalizado el miedo a la derecha –y tras los fracasados amagos de Cs de hegemonizar la derecha y el rol minoritario de VOX– parece cuestión de tiempo que lo mismo pueda ocurrir con el PP que es la apuesta más sólida para las clases dominantes acabando con Casado y sus veleidades aznaristas. Dada la endeblez programática del PSOE y el motivo de desesperación social por el que recibió los votos pueden no pasar muchos años antes de una vuelta al poder de la derecha con sus criaturas saturnales (Cs, Vox) de satélites.

Podemos y Cs que vinieron a desafiar el bipartidismo, se ubican ya en otra dimensión a la de hace 3 y 4 años. Ninguno de los dos puede ya aspirar a sustituir a la formación líder de su espacio y UP es la que lo tiene peor porque tiene pocas bazas para negociar –a diferencia de Cs- salvo sus escaños en el Congreso y una crisis interna profunda y permanente que le devora las energías y la confianza social.

Donde sí ha desaparecido el bipartidismo de Estado es en Catalunya y en la CA de Euskadi donde se ha sustituido por otro bipartidismo, PNV y EH Bildu, necesitados de alianzas (PSE y quizás PP en el caso de PNV; y UP en el caso de Bildu).

Lo que no ha funcionado es la política de Frente único de izquierdas de Elkarrekin Podemos (EP) porque simplemente el PS de Euskadi nunca ha querido ni querrá. El PNV le ofrece visibilidad e institucionalidad; esa lógica está aceptada entre sus votantes desde hace años y el PNV no le hace la vida incómoda programáticamente; y, además Bildu es anatema para el PSE. El precio de esa estrategia, calcada de Madrid, ha sido que Podemos pierda votos hacia el PSE y PSN (más en Bizkaia y parte en Gipuzkoa) y hacia EH Bildu (más en Navarra y Araba) dilapidando en 4 años 2/3 de su peso electoral, bastante más que la media podemita.

EP debería repensar su estrategia hacia una alianza estable y de respeto mutuo con EH Bildu. Si en derechos sociales no plantea ningún problema, tampoco debería haberlo tenido en lo nacional puesto que la estrategia de EH Bildu no va mucho más allá del reconocimiento y el ejercicio en el largo plazo del derecho de decisión así como del bilateralismo para el medio plazo, a lo que se añade un salto cualitativo en derecho sociales blindados estatutariamente. Ahí tenía que haber estado EP y no ha estado. También se comprueba que el independentismo como horizonte de unos es compatible tanto con el soberanismo -que también alberga una pulsión patriótica- de otros así como, por puro principio democrático, con el decisionismo de los de más allá. Pareció estar apuntado a ello EP pero, en la práctica, se desapuntó de forma temprana para hacer seguidismo socialista a cambio de nada renunciando a asumir la responsabilidad que le tocaba desde 2015, como primera fuerza y para representar la «transversalidad» vasca. Una política timorata con malos resultados.

5. Catalunya y Euskadi demos autocentrados

Abundo en lo apuntado en mi anterior artículo. En Catalunya y en la CA de Euskadi en las últimas elecciones generales –un ámbito en el que habitualmente los partidos de ámbito territorial se minorizan por la polarización a escala estatal-, los electorados vasco y catalán se han comportado como cuerpo social en un espacio democrático dado, como demos independientes dando su voto preferente a fuerzas soberanistas. Se trata de un movimiento centrípeto de autocentramiento y defensa de su espacio político, pero no de ensimismamiento puesto que ha ocurrido cuando sus fuerzas principales (PNV, ERC, EH Bildu…) han apostado por hacer también política de Estado. Obviamente en el terreno más propicio de las elecciones municipales han mejorado respecto a las generales de hace un mes con 84.000 más EH Bildu y con 40.000 votos más el PNV pero, en el caso de ERC, tienen 313.000 más que hace 4 años pero 200.000 menos respecto a hace un mes.

O sea, en el caso de Euskadi, no somos soberanos pero nuestro demos casi lo es y comienza a comportarse como tal con preferencia por las corrientes de clave vasca para cualquier elección, lo que no es definitivo ni por encima de cualquier circunstancia. Y eso tan solo 4 años después de que apostara por el cambio en España en las elecciones generales de 2015, dando nada menos que la primera plaza a Podemos, algo que puede interpretarse como el último acto de intentar cambiar España como parte de España y desde una óptica  de izquierda-izquierda.

Ahora es otra tesitura más compleja. Algo así como que somos soberanos subjetivamente, lo queremos ser políticamente y sabemos que no nos lo reconocerán jurídicamente. Esto último también está subjetivizado vistos los límites del movimiento Gure Esku que no consiguió arrastrar directa y establemente al electorado soberanista ni superar la barrera de la desidia del aparato del PNV.

6. Crisis democrática, populismos y ascensos de los soberanismos democráticos.

Hay una crisis de la democracia misma y de los bipartidismos (binarios). El castigo sufrido en la crisis económica y la decepción de los electores por incumplimiento de los programas electorales y de los compromisos políticos, rebaja sobremanera la idea de la democracia como solucionadora de problemas para quedarse solo con la idea de democracia–procedimiento, o sea, de reglas. Ello relaja la comunión con una ideología o la fidelidad a una sigla, jugando con más fuerza factores como el cálculo (el voto útil) o el voto a la contra (voto para dañar a otro) o la abstención (por desprecio o decepción).

Los cambios producidos con la formalización y vaciamiento de la democracia al uso como marco de participación y de canalización de aspiraciones, está en el origen del desapego a los partidos tradicionales y ha dado lugar a la emergencia de populismos de derecha e izquierda, de naturaleza absolutamente distinta, siendo en Europa los primeros muy dominantes.

El populismo simplifica la complejidad de los retos políticos en unos cuantos aparentes nudos gordianos (inmigración, actitud ante UE, fiscalidad…) nudos que podrían ser cortados por la audacia y claridad del «líder» o del partido carismático a quien se le otorgaría margen para hacer y deshacer. Hay un momento en que esas ofertas de los nuevos populismos, presentadas como acontecimiento con nuevos paradigmas –en el sentido de Alain Badiou– y con técnicas de marketing, levantan expectación y llenan las plazas; pero, en algunos caos, la ilusión tiende a durar la experiencia de un tiempo si no hay raíces en el tejido social o respuestas reales a lo que se decía que iban a resolver. Véase si no el caos tras el Brexit. De todas formas la extrema derecha en Europa ha venido para quedarse.

En la CA Euskadi –en Catalunya se da algo parecido– las cosas funcionan, en parte, de otra manera porque democracia, defensa de la comunidad y programa de clase se dan también en los nacionalismos periféricos y defensivos que por definición son populistas. También hay crisis democrática –no se resuelven los grandes problemas– pero se canalizan suficientemente los de intendencia y los de resistencia jugando al completo la dialéctica entre dos contrarios: el de gestión que encarna el PNV y el de alternativa que encarna EH Bildu.

Hay paraguas comunitarios y populistas estables de larga tradición democrática que implican adhesiones anímicas. Tal es el caso alrededor de PNV –nacionalismo sistémico de centro– y EH Bildu –izquierda nacionalista reivindicativa y alternativa– que pasan mejor el envite de la fidelización y de la implicación ideológica y emocional a lo largo del tiempo que otros, aunque tampoco llenen las plazas como antaño ni movilicen fácilmente a sus fieles como consecuencia del largo bloqueo de sus proyectos. Obviamente ofrecen programas adaptados a lo concreto y social. Son partidos–pueblo, con raíces sólidas y, en parte, permeables entre si.

Recordar también que fuera de tiempos electorales sus capacidades de movilización para temas sensibles (presos, Alderdi Eguna…) se mantienen pero no así en citas regulares (Aberri Eguna, campañas electorales…) a falta de un proyecto al alcance de la mano mezclado con un agravio medular (caso del catalanismo en las Diadas desde 2011).

Recordar también que la pérdida de transparencia, rendición de cuentas y credibilidad y de comunicación permanente con las bases sociales y formas democráticas de actuación serían demoledores para esa ventaja que ostentan los partidos-pueblo cercanos respecto a los partidos -Estado.

7. Una encrucijada en Navarra

Recordar que Geroa Bai, junto con EH Bildu, a pesar de crecer electoralmente pierden la interesante posibilidad de reeditar el Gobierno del cambio en Navarra por desplome (Podemos) o bajón (Izquierda-Ezkerra pierde 1) de los socios. Nadie sabe cómo acabará el culebrón de Navarra una vez mejorada la posición de Navarra Suma respecto a las legislativas tanto en Ayuntamientos como en el Parlamento de Navarra.

La situación sin embargo depende de la altura de miras de un PSN (2ª fuerza) para fraguar una alianza (PSN+ Geroa+ UP+ I-E) sin negociar con EH Bildu, a quien veta, y del que necesita como agua de mayo su abstención. Claro que si EH Bildu no logra sentarle a hablar al PSN siempre podría repartir sus 7 escaños con 2 en contra y 5 de abstención, justo para bloquear a UPN (Navarra suma) y como aviso de que puede amargarle la legislatura a un PSN sectario.

Junto a ello la otra tarea relevante es volver a hilar complicidades por abajo de cara al futuro entre las fuerzas más activas (EH Bildu, Podemos, IE) así como con  la fuerza de centro izquierda que es Geroa Bai (PNV con independientes progresistas, algunos procedentes de la extinta Euskadiko Ezkerra). Y ello sin perjuicio de experimentar con los hipotéticos y dudosos avances que pudieran producirse en el PSN si consigue quitarse de encima la tutela capadora de Ferraz y la vis antivasquista que tradicionalmente la han relegado a un lugar de voyeur en la propia Navarra. ¡Si los sitiados de Amaiur levantaran la cabeza!

8. EH Bildu en proceso de cambio

La coalición EH Bildu ha salido reforzada tras las dos elecciones últimas tanto en la CAE como en Navarra. Sube en todos los espacios urbanos pero sigue siendo una asignatura pendiente su implantación en algunas relevantes poblaciones de tradición obrera guipuzcoana, en la Margen Izquierda vizcaína, en muchos barrios de Bilbao, en Gasteiz o el sur de Navarra. Tras la pérdida de Iruñea y el amago en Gasteiz no gobierna ninguna gran institución.

De todos modos, lo más pendiente es un balance crítico post-ETA, sobre el pasado, que pesa -por su demora- como una losa, debilitando su credibilidad y autoestima y que es condición para penetrar más allá de los círculos sociales abertzales tradicionales y especialmente en la juventud.

El salto cualitativo programático de los cuatro últimos mediante acercamiento a tramas de sociedad civil la conforman como una corriente de izquierda de espectro amplio y de base militante que reconstruye su tejido social. No son ajenos a ello la inmersión local ni su apoyo a los movimientos como Gure Esku o Sare.

Igualmente ha hecho seguimiento atento de los debates en torno a la Euskal Herria deseable y posible en el Libro Blanco sobre los territorios de Vasconia (de Eusko Ikaskuntza) o el brillante trabajo sobre el «nuevo estatus» (proyecto de nuevo Estatuto político) que pretende no solo poner artículos a un acuerdo político entre PNV y EHBildu -y del que el PNV parece arrepentido- sino pensar el país como nation building, como construcción nacional y social simultáneamente, con un desarrollo especialmente relevante de los derechos sociales en claves de derechos subjetivos y obligaciones públicas en un proceso estatuyente (con ramalazos constituyentes) y como proyecto colectivo en claves de modernidad y cambio social. Volveré sobre ello.

9. El derecho de decisión sacrificado por el PNV

A pesar de que PNV y EH Bildu tenían mayoría absoluta para su acuerdo estatutario y solo pendiente de darle ropaje jurídico, el PNV se inventó una «comisión técnica» –en la que participarían todas las fuerzas parlamentarias- para dar forma jurídica articulada al acuerdo político de autogobierno entre PNV y EH Bildu. El objetivo inconfesable de meter al zorro en el gallinero no era otro que aguar y empantanar el acuerdo con EH Bildu.

En la Comisión técnica las contribuciones de PP, PSE, Podemos y PNV han sido escasas en la idea compartida implícita de dejar pasar el tiempo para que se acabe la legislatura y dejar el tema para la próxima con otra relación de fuerzas. O sea, otra década perdida tras el ensayo de Ibarretxe en la década anterior. Eso -dejar los proyectos en la «barra de hielo»- la ha hecho innumerables veces el PNV (con EITB, con Ley del AV, con Ley de patrimonio, ley de cooperativas…). Resultado: solo EH Bildu se lo ha trabajado con un equipo de apoyo para cumplir plazos porque el compromiso era a fecha fija (junio 2019) y para esta legislatura. Y ahora, ante la presentación en la mesa de un texto articulado casi terminado –como borrador para discusión por parte de EH Bildu- el PNV de Ortuzar amenaza con que si Bildu no lo retira se disolverá la ponencia de autogobierno. Es de una desfachatez increíble.

Parece una incógnita ya despejada saber si la ponencia de Estatuto continuará en la dirección del derecho a decidir con que se formuló en el acuerdo PNV-EH Bildu o hay un giro para contentar a Sánchez. Depende del PNV. El intenso cambio de cromos esperado en temas competenciales –salvo que PSOE pacte con Cs y todo quede en un cuento de la lechera- implicará piezas a sacrificar para este tiempo, y una de ellas es seguro que será el derecho de decisión a pesar de las querencias del PNV guipuzcoano, de nuevo sacrificado.

Pero también depende de Elkarrekin Podemos hacer honor a su compromiso con el derecho a decidir y dejar de empeñarse en soslayarlo, como en los últimos tiempos, en aras a ser mero flanco del PSE. Mala estrategia que, a pesar de todo, el secretario Lander Martínez defendía después de las elecciones generales (Deia 30-4-19). Perdidos en su laberinto la salida está en otra alianza y en otra estrategia.

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