Artefactos
La forma con la que se afrontan los retos dice mucho sobre el fin que se persigue. Las formas son importantes y a veces son determinantes para alcanzar un fin u otro.
El PNV, por ejemplo, acomete el desafío de lo que ha dado en llamar «transición energética» con la misma óptica con la que cualquier liberal intenta resolver los problemas de nuestra sociedad: más inversión pública dirigida a empresas privadas, más producción, más consumo y en definitiva más esfuerzo de las clases populares. Esta fórmula, que pretende ser un salto superador hacia adelante es la que precisamente nos ha llevado a la crítica situación en la que nos encontramos. De manera que quizás lo que debamos entender es que posiblemente el fin último no sea superar la crisis ecosistémica en la que nos hemos instalado, sino aprovecharla para crear nuevas fuentes de negocio revistiéndolas de un halo de interés general para hacer ese esfuerzo más digerible.
En el caso de un partido como el PNV lo único reprochable es la voluntad torticera con la que desde la posición de poder que ostenta en los gobiernos de las instituciones de la CAV, desarrolla y aprueba reglamentaciones y normas que facilitan ese neodesarrollismo, fatal para el futuro de nuestro Territorio.
Sin embargo, lo que causa extrañeza es la forma con la que el otro gran actor de la política vasca está encarando esta problemática. La tibieza con la que EH Bildu valora esta estrategia del PNV se combina, no en escasas ocasiones, con una clara colaboración. No tenemos más que recordar el efusivo abrazo del parlamentario Mikel Otero con la Consejera Arantxa Tapia tras la aprobación de la Ley de Transición Energética y Cambio Climático, preludio de esa cooperación que venía barruntándose desde hacía tiempo y que no era desde luego una reacción espontánea de alegría.
EH Bildu ha aceptado, a su juicio, el mal menor que supone macizar el Territorio con macro infraestructuras para atenuar el desastre ecológico. Se esgrimen como argumentos la competitividad de las empresas, la necesidad de reducir los costes de producción, la necesidad de incentivar las inversiones, en definitiva, un glosario de conceptos y términos propios de cualquier escuela de negocios.
Parece ser que todo el mundo se siente reconocido en ese argumentario, cómodo estando supeditado a ideales liberales que solo permitirían cierto nivel de desarrollo social y comunitario si se garantizan las enormes sumas de beneficios que exigen esos inversores. Porque la sospecha de que una gran industria o una gran empresa no dudará de abandonar este Territorio si no alcanza la cuenta de resultados prevista ya quedó despejada durante los duros años de la reconversión industrial. No importan los sacrificios territoriales o el sufrimiento que supondría la implantación de estas macro infraestructuras, sean energéticas o logísticas, si las cuentas no salen.
Frente a esta visión y estrategia seguidista de los principales referentes de la política vasca, con un enorme esfuerzo, plataformas de toda Euskal Herria, sindicatos agrarios, Concejos, Ayuntamientos y muchísima gente, lo que en otro momento histórico se le llamaba pueblo, nos hemos ido organizando. Hemos confrontado temores, estrategias, conocimiento que hemos ido adquiriendo para enfrentarnos a una amenaza que poco a poco se va extendiendo por todo el Territorio. Hemos tejido alianzas que a priori pudieran resultar imposibles y lo hemos hecho porque el abandono que hemos sentido por parte de la mayoría de la clase política ha sido absoluto.
Pero hemos llegado a un punto donde el nerviosismo de esta clase es más que evidente. Por un lado, el Gobierno Vasco empieza a hablar de la necesidad de organizar la implantación de estas infraestructuras y nos intenta tranquilizar diciendo, en declaraciones de la Consejera Amaia Barredo, que «en breve esto va a estar más o menos ordenado y resuelto». Esto, «más o menos ordenado» lo puede decir un o una adolescente cuando habla de su habitación, pero saliendo de la boca de una Consejera no parece muy tranquilizador. Y no lo es porque cuando se improvisa en el fondo se está diciendo lo que se piensa, que es que no le parece ni urgente ni relevante preservar el Territorio y que básicamente se trata de una maniobra cosmética para intentar rebajar la presión en la calle y de la opinión pública.
Por otro lado, y desde una posición que pretende ser más conciliadora, EH Bildu habla de la necesidad de pedagogía, de combatir la ignorancia de aquellos que nos oponemos a este modelo de neocolonialismo porque realmente no entendemos el «actual estado de las cosas». Es la pedagogía lo que falló tras el «descubrimiento del nuevo mundo», los colonizados no entendían las bondades que tenía «el nuevo estado de las cosas», si lo hubieran hecho y hubieran colaborado todo hubiera ido mucho mejor. Es ese el mensaje de esta didáctica. Nos pretenden convencer de que es la falta de pedagogía lo que nos priva, por ejemplo, de ver las bondades de invertir nuestros ahorros en proyectos de macro centrales energéticas sobre terrenos comunales. Es pedagogía lo que nos falta para ver que si nos convertimos en pequeños inversores y colaboradores el daño en el Territorio será menor.
Y paralelamente a este discurso surgen artefactos ideológicos que intentar crear dinámicas que dinamiten el impulso que ha tomado la oposición a este modelo especulador.
Hace un tiempo surgió Jauzi Ekozoziala, nombre bajo el que se pretendía organizar una resistencia amable al capitalismo, que confluyera con la estrategia del partido en unas propuestas propias de un capitalismo verde y que básicamente servía para crear un campo ideológico que neutralizara la resistencia a la implantación masiva de macrocentrales energéticas.
La escasa relevancia que obtuvo esta iniciativa en la calle ha llevado recientemente al surgimiento de otro nuevo artefacto auspiciado curiosamente por los mismos impulsores. Se trata de Stop Fosilak que, bajo una apariencia de movimiento popular enraizado socialmente, pretende crear un debate sobre la necesidad de abandonar el uso de energías fósiles y, por tanto, la necesidad de implantar macrocentrales fotovoltaicas y eólicas industriales de forma masiva.
Stop Fosilak establece una serie de premisas que permitirá realizar un tránsito del modelo actual a otro donde la energía de origen no fósil podría suplir el actual consumo energético. Y todo ello con un impacto en el territorio y social en absoluto traumático. Esta propuesta que adolece de profundidad en las estrategias que se debieran de desplegar para alcanzar el fin, sí que se esfuerza en criticar la supuesta postura egocentrista de aquellos que nos oponemos a que se construyan en cualquier parte de Euskal Herria macrocentrales energéticas industriales. Se nos acusa de insolidarios por no permitir que se ocupe el territorio, básicamente se nos acusa de que nuestra oposición se basa en una cuestión estética.
Estos intentos de organizaciones o «artefactos» no buscan sino atenuar la respuesta de oposición popular, sobradamente evidenciada en numerosas iniciativas y movilizaciones que han tenido y tienen lugar en Euskal Herria.
La defensa del territorio, la defensa del comunal como proyecto comunitario y herramienta de resistencia no es algo que surge ahora como reacción a las recientes amenazas. Esta defensa es histórica, se ha dado frente a reyes, frente jauntxos, frente a la Iglesia, frente a los continuos intentos de apropiarse de los bienes comunales como ocurre hoy en día cuando grandes empresas impulsan este expolio. Por eso continuamos esa lucha que nunca ha cesado. Es una lucha en la que históricamente los movimientos de izquierdas se veían identificados, una lucha legítima, una lucha de muchos pequeños frente a los grandes. Hoy esa lucha en la calle que pensamos que EH Bildu, entre otros, ha abandonado, la seguimos desde las bases que se organizan a pesar de los «artefactos» ideológicos que pretenden desmovilizarnos.
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