Historiador
Bateragune

Pérez Rubalcaba, el cabeza visible de aquella estrategia, repitió en más de una docena de ocasiones que ETA se iba a convertir en un segundo GRAPO.

2020/08/08

La detención de los imputados en el llamado caso Bateragune, hoy absueltos después de cumplir la condena integra, y paralelamente la gestión del Estado español del que debiera haber sido un proceso de paz, con el desmantelamiento y disolución de ETA, se ha conformado como uno de los hitos, en negativo, del periodo constitucional español abierto a la muerte del dictador.

Como en otras ocasiones, la inteligencia española falló estrepitosamente en sus previsiones e impulsó a los gobiernos sucesivos (Zapatero-Rubalcaba y Rajoy), a tramitar un guion que sonaba a «solución final», victoria inapelable por 8-0, retirada y humillación del contrario y a otra cosa mariposa.

Para ello contó con el apoyo habitual de sus pilares, medios de comunicación, patronal, jueces, policías y organizaciones políticas. Incluso, como habían hecho antes con el 11M, viajaron a Washington para convencer al entonces equipo de Obama y Hillary Clinton y por extensión a la OTAN, que la opción elegida era la correcta, que el informe que llevaban estaba sustentado en análisis irrefutables y que el conflicto vasco se iba a diluir como un azucarillo en un vaso de agua.

Aquel informe, del que conoceremos sus detalles tras la desclasificación del mismo en EEUU o su filtración en un nuevo WikiLeaks, decía que «el bebé se estaba ahogando en su propia leche». Que no era operativo el fin de ETA porque sus rescoldos permitirían durante años mantener una política securitaria acorde con la tendencia internacional y, sobre todo, introducir al separatismo vasco en el baúl del terrorismo internacional (yihadista). Que unos cuantos atentados al año e incluso algunas muertes eran asumibles por la consolidada democracia española. Pérez Rubalcaba, el cabeza visible de aquella estrategia, repitió en más de una docena de ocasiones que ETA se iba a convertir en un segundo GRAPO.

La exposición de la inteligencia española añadía que el proyecto independentista, gracias a la Ley de Partidos, daba muestras de agotamiento y que en poco tiempo el cerco electoral daría sus frutos definitivamente. Los 40.000 contaminados se convertirían en el doble en poco tiempo y el flujo biológico sería incapaz de ir más rápido que su contención. En refuerzo de esa tesis, ya se enviaba a cientos de jóvenes a prisión con la intención de cortar el cordón umbilical.

En este escenario, cualquier apuesta en el sector independentista por virar su estrategia sería criminalizada. Porque la paz no entraba en la ecuación. La guerra, aunque de baja intensidad, aunque en ocasiones ficticia, daba más réditos a Madrid que cualquier otra opción. Las asociaciones de víctimas del terrorismo se convirtieron en arietes de esta estrategia, en actores políticos y en vanguardia mediática, alentados desde Interior y cubiertos desde el Tesoro.

El informe contaba también con un apartado intuitivo supuestamente sólido, fruto de escuchas, confidencias de soplones, grabaciones a abogados y en cárceles, declaraciones bajo torturas y seguimiento de los medios afines al independentismo: la escisión era cuestión de tiempo. Con un anexo histórico en el que con flechas y diagramas se dibujaban decenas de teóricas disidencias y rupturas. No tenían en cuenta, sin embargo, que, en 30 años, con alguna excepción (Aralar), la izquierda abertzale había sido monolítica.

Todo parecía atado. En la Comunidad Autónoma Vasca gobernaba el PSOE con el apoyo del PP, en la Foral Navarra UPN también con el apoyo del PP. El Tribunal de Estrasburgo avalaba la Ley de Partidos y el Supremo español confirmaba las condenas a los solidarios con los presos que habían coordinado Gestoras pro Amnistía. Y entonces, para completar el puzle, llegaron las detenciones de Bateragune. Unas semanas después, la mayor razia contra los jóvenes independentistas. Objetivo, detener a medio centenar, algunos de los cuales lograron huir.

Algo sin embargo descarrilaba del informe de inteligencia. Consecuencia de confundir objetivos con resultados, de objetivar lo subjetivo, de avanzar las conclusiones cuando la tesis aún está en desarrollo. Aunque algunos de los autores del escrito base para el viraje político de la izquierda abertzale habían sido encarcelados, su texto se movió con gran rapidez. En diez días, 250.000 descargas desde GARA.

Y fue en ese inicio de 2010 que en Madrid comenzaron a aflorar los nervios. El juez Garzón, que había ordenado las detenciones, salió a los medios a decir que el debate de la izquierda abertzale se la fumaba que «son realizados en clave de poder de decisión en el seno del complejo terrorista y sin trascendencia hacia el exterior». Y llamó idiota a quien creyera que el viraje era posible. Unas declaraciones suficientes para anular el proceso. Arte y parte.

Rubalcaba salió a la palestra, poco después, anunciando atentados inminentes. A una patronal aparentemente relajada transmitió que tenía datos solventes para señalar que un secuestro estaba próximo. Hasta en Leitza un guardia civil anunció que había sufrido un atentado. Falso también. La dirección de las Fuerzas de Seguridad, que unos meses antes habían señalado que ETA estaba inutilizada, alumbró un sorprendente comunicado: «ETA tiene ahora mismo la infraestructura operativa necesaria para atentar en los próximos días».

Han pasado diez años desde entonces. Diez intensos años. Aquellos del viraje, que se inició con el polo soberanista, se han convertido en la principal fuerza municipal de Euskal Herria. Con un notable ascenso electoral en las últimas autonómicas de Gasteiz. Con un porcentaje de incidencia política y electoral sostenido y similar en sus 686 municipios.

Catalunya ha abierto la puerta a su independencia, desnudando a Madrid que, nuevamente, ha dado señales de su naturaleza represiva. El rey que pilotó su restauración a la muerte del dictador está en fuga, como su abuelo Alfonso XIII. El evidente fracaso de aquel informe definitivo de la inteligencia española es de la misma magnitud que su arrogancia. ¿A quién corresponde la derrota?