Javier Herrán Gallego

BRICS y G77: ¿Transición hacia el diálogo? Una aproximación teórica

Decía Habermas que el principio básico de la ética discursiva toma pie en un precepto: la comprobación discursiva de las pretensiones normativas de validez. Esta no ofrece orientación de contenido alguno, sino un procedimiento: el del discurso práctico.

A. Linklater añade una serie de interpretaciones que son sustanciales para el desarrollo de su modelo, «dialogical cosmopolitanism». El principal objetivo de A. Linklater es alcanzar una alternativa práctica que reorganice las relaciones internacionales y supere las dinámicas excluyentes asociadas al sistema de Estados soberanos actuales.

La fórmula que propone es proyectada en relación con tres ideas principales: diálogo universal, «universalizable sympathies» y la reconstrucción de la comunidad internacional.

El diálogo universal se resume en la no exclusión de ningún actor de la acción del diálogo, esto es, evitar la supresión de las voces marginales. El fin último es el «apoyo a la acción colectiva para mejorar las condiciones de aquellos que son excluidos injustamente». El no compromiso al diálogo se ve expresado en el actual funcionamiento y formato del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, estableciendo una disparidad crónica entre miembros permanentes y no permanentes. Por lo tanto, «las normas no pueden [deben] considerarse válidas a menos que tengan, o puedan exigir, el consentimiento de todos aquellos que se vean afectados por ellas».

Universalizable sympathies, es la respuesta cosmopolita ante la hipótesis de que la justicia global se encuentra desigualmente distribuida. ¿Tiene el mismo valor una vida de un ciudadano sirio, español o canadiense? Es necesario, pues, un cambio de enfoque y el requerimiento de tratar a las personas con identidades culturales diferentes con igual respeto. Linklater argumenta, además, que la globalización neoliberal impuso determinados estilos de vida y ciertas comunidades padecieron presiones homogeneizadoras, siendo sometidas al aislamiento político, económico y cultural. Por este motivo, el orden político global debe transformarse para generar «avances significativos de universalidad a partir de un mayor respeto por las diferencias culturales». El diálogo es un mecanismo a través del cual se pretende conseguir un mínimo común universalizable para lograr el compromiso de todos los actores.

La transformación-reconstrucción de la comunidad internacional salvaría las limitaciones homogeneizadoras de una determinada forma de vida y, de alguna manera, derrocaría los límites morales -tanto geográficos como históricos- que actúan en el individuo. Es decir, la construcción de una comunidad excesivamente limitada hacia conciudadanos posee el riesgo de generar indiferencia y convertirse en enemigos del resto de la raza humana. Por lo tanto, el diálogo cosmopolita pretende reconstruir una comunidad que supere esta comprensión del yo, de alguna manera, limitada. Para ello, se requiere la creación de una serie de instituciones supranacionales para, por una parte, desplegar canales discursivos transnacionales; y, por otra parte, la conversión inmediata de acuerdos normativos universales en políticas tangibles. De esta forma, se supera la vinculación de las personas al Estado y se abre la posibilidad de aplicar políticas universales en diferentes niveles: local, estatal, regional y mundial.

En conclusión, el progreso político y cultural hacia una mayor igualdad implica la emancipación de las formas de vida e intereses nacionales, para más adelante establecer un compromiso mundial por el diálogo como principal mecanismo conductor. Es tiempo «de ampliar los límites de la comunidad política para que los de adentro y los extraños [excluidos] puedan asociarse como miembros iguales de una ciudadanía transnacional» y, de esta manera, explorar la posibilidad de un acuerdo sobre los principios de convivencia mundial.

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