Iñaki Egaña
Historiador

Cambio climático

Hay una enorme hipocresía en esto del cambio climático, del futuro verde que anuncian hasta las marcas más destructivas y despiadadas del planeta.

Estoy hecho un lío. Hace poco vimos al diputado de Medio Ambiente de Gipuzkoa, el gurú de la incineradora, en la manifestación contra el Cambio Climático. Aunque es una de las cabezas visibles del lobby que se está cargando el planeta a marchas forzadas, no tuvo reparo en asistir a la concentración contra su propia estrategia aniquiladora. Quizás me he excedido con lo de «incineradora» porque el proyecto que ha tenido un fuerte rechazo popular es denominando, al menos oficialmente, como Centro Medioambiental de Gipuzkoa.

Y ya sabemos que, en el inconsciente colectivo, medio ambiente es sinónimo de perfume, salud, color verde y ecología. Pero la presencia del diputado Asensio me perturbó. ¿Estaré equivocado en mis convicciones? ¿O el señor citado tiene una jeta de cemento armado, como las empresas de las que se ha convertido en portavoz oficioso?

Hace unos años, el primo de Rajoy informaba al entonces presidente del PP y luego español que eso del «cambio climático» era una tontería. Su primo, del que no recuerdo el nombre, le dijo, y Rajoy lo extendió a los medios, que lo del cambio era una ilusión, porque ni él mismo, que expresaba ser físico, era capaz de predecir el tiempo que iba a hacer al día siguiente en Sevilla. A pesar de aquel dicho popular de que «la lluvia en Sevilla es pura maravilla». Si yo lo conocía, ¿era probable que el primo de Rajoy lo ignorara?

Estoy hecho un lío porque me llegan mensajes contradictorios de todas las esquinas. Atlantistas y lobbies armamentísticos gestionados en la cercanía por los socios de gobiernos autonómicos como el PNV y el PSOE, dicen que «matar está mal», cuando sus cañones y balas de plata lapidan al por mayor en cualquier parte del mundo. ¿Se hacen una autocrítica en público? Me sorprende ese relato jeltzale sobre la energía nuclear y en particular sobre la proyectada central nuclear de Lemoiz, incluso el de algunos sectores de izquierda que achacan su cierre a la organización popular, cuando he conocido, este país es muy pequeño, decenas de vecinos que han cumplido en conjunto cientos de años de prisión por oponerse activamente a la central de la cala de Basordas. Aún tengo en el paladar el regusto de comer berzas diariamente, como recordaba el ya fallecido Arzalluz, si evitábamos Lemoiz. Ver para creer.

También me confunden los que miran con escepticismo el cambio climático, apuntando que estamos a las puertas de una quinta glaciación, que primero los hielos polares y los glaciares correspondientes se tienen que derretir para acabar con la cuarta, y que entonces abordaremos, supongo que los nietos de nuestros nietos, una próxima glaciación. Que no nos preocupemos porque es norma mil millonaria del planeta.

Y me confunde porque estos pronósticos son hechos desde despachos amueblados con sillones de cuero donde los previsionistas de turno, subvencionados por alguna marca internacional, sientan sus posaderas que de vez en cuando avivan con secretarias barbies y pontifican como si el resto de mortales fuéramos tontos de remate. Que también es posible. Me confunde porque al día de hoy somos ya 7.737 millones de hombres, mujeres, niños y niñas en un planeta que hemos colonizado completamente hasta en sus lugares más inhóspitos y cualquier variación en el clima supone y supondrá, automáticamente, la muerte de millones de personas. A corto plazo. A largo, probablemente, la desaparición masiva de una especie como la nuestra, que apenas tiene 60.000 años de trasiego.

Hay una enorme hipocresía en esto del cambio climático, del futuro verde que anuncian hasta las marcas más destructivas y despiadadas del planeta. En gran medida se trata de performances como las de Asensio, destinadas a que gente simple e iletrada como yo nos sintamos apabullados y pensemos que los que dirigen nuestros destinos se preocupan realmente del futuro del planeta, también del de nuestros hijos.

Y que todas esas crónicas de deforestación son puntuales, que el dióxido de carbono es debido a los pedos del ganado, o que los diez millones de hectáreas que se han desertizado este año en el planeta son una nimiedad en el entorno casi infinito que nos cobija. Y que si algún día surge un problema serio de verdad, ya nos evacuarán a toda la humanidad en naves arrendadas por la Flota Estelar de la Federación Unida de Planetas, en «enterprises» de gran cabida.

Y quizás tengan algo de razón. Porque el postureo se impone en la actividad política. Y así todos «postureamos» de ecologistas a pesar de destrozar la tierra decenas de veces cada día. Todos nos las damos de moralistas y pacíficos ciudadanos cuando con nuestros impuestos y decisiones, indirectamente para evitar cargos de conciencia inútiles, matamos con napalm cientos de niños yemeníes cada mes o 25.000 de hambre cada día porque nuestro sistema económico es el más viable entre los posibles.

El postureo del cambio climático es enorme y lo seguirá siendo mientras no cambiemos nuestros hábitos. Hoy gastamos más energía en mantener encendidos nuestros smartphones, en las redes 4G o en los servicios wifi que en alimentar a esos más de 210.000 vuelos diarios de aeronaves que circunvalan el planeta. Hoy se han vendido cinco millones de teléfonos portátiles, se han enviado 200 mil millones de correos electrónicos y se han realizado 600 millones de tweets. Hoy se han bombeado casi 80 millones de barriles de petróleo, la mayoría para alimentar esa energía que de luz a nuestros aparatos portátiles y, según la estadística, para dedicarnos a ver pornografía, masivamente, y sonreír con videos de gatos de todos los colores.

El cambio climático es un hecho evidente. Los signos del mismo se agolpan por todas las esquinas. Y lo que menos necesitamos es hipocresía. La derecha ya sabemos que se mueve en ella como pez en el agua. Desde la izquierda, sin embargo, debemos abordarlo con honradez, desde la deconstrucción. Desde el cambio de hábitos. De lo contrario, estaremos haciendo el caldo gordo a los verdugos del planeta.

Bilatu