Campo y mundo de margaritas
El campo artístico actual es un mundo plagado en exceso, tal vez, de esa planta común que da como flor la conocida margarita: Bellis perennis. Este «bellis» que bien pudiera ser «bellum», por su belleza épica, es también perla en el Caribe, siendo la flor que Lovelock eligiera como nombre del modelo de simulación sobre la verdad de su hipótesis Gaia: "El mundo de margaritas". Un más cercano y cruento acontecimiento humano enzarzado en cuestiones bélicas de fratricida consecuencia conoció «margaritas y pelayos» como virulenta caracterización de reminiscencia totémica de la ancestralidad tribal. Por lo demás, en esta demiúrgica cuestión que estoy tratando sobre el enigma del agregado arte-obra-artista, concepto-objeto-sujeto, idea-materia-humano, bien pudiéramos aplicar el exhorto de Filón de Alejandría, respecto de la imposibilidad del conocimiento de la máxima divinidad:
«Revélate a mí, que tú eres y existes me lo enseñó y señaló este cosmos, que me instruyó como un hijo sobre su padre, como una obra sobre el artista».
Es un díscolo «hijo» de Heidegger, Hans Jonas, quien lo trajera a colación tratando de cuestiones relacionadas con el gnosticismo, siendo matizado por otro aserto, al decir de George Steiner en semblanza del pensamiento del considerado por Safranski como «un maestro de Alemania» (al que he tenido que recurrir para aclarar la galimatíaca maraña de su expresión en mi limitada inteligencia), de que el arte es fruto, por añadidura, de un pendular «dinamismo formal creador-conservador».
Steiner, manifiesta una honda preocupación por la deriva negativa que resulta de la creación humana presente, puesto que «una construcción humana debería ser la evocación y la habitación de los grandes manantiales del Ser. Pero sabemos que la realidad no es así. La tecnología ha devastado la tierra y ha degradado las formas naturales a una pura utilidad. El hombre ha trabajado y pensado contra la esencia de las cosas, y no con ella. No ha acogido a las fuerzas y a las criaturas del mundo natural, sino que las ha dejado desamparadas», según hubo de afirmar. Para inmediatamente después, constatar que respecto de la sensibilidad ecológica última de diversa procedencia, tanto de la pseudoteológica como de la política radical, al menos en esto también, filosóficamente, Heidegger se adelantara.
Basa esta afirmación en «su prédica de la santidad del ambiente y todavía más, de lo que debería ser nuestra custodia de la tierra y los organismos [...] Cuando Heidegger habla del arraigo de la existencia en los perímetros reales de la tierra, cuando llama a recordar la vida autónoma de la materia orgánica e inorgánica, su aura y su inmanencia irreductible, cuando identifica la creación y la construcción con el sacar a la luz las energías y las verdades que nos precedieron...»...
Por tanto, podemos deducir el que exista una modalidad de la experiencia humana denominada Arte porque tal y como se intuye de las muchas enseñanzas que nos han sido trasmitidas se ha dado una lógica relacional entre materias de diferente condición mediada por una inteligencia que a su vez ha obrado una especie de sublimación en todas ellas. El arte, como tal, afecta a los tres ámbitos davidsonianos de la considerada realidad humana: de lo subjetivo, intersubjetivo y objetivo, como plasmación de la cosificación de lo pensado para lo y los demás. Cuestión independiente del soporte tangible e intangible que llegue a adoptar y una cuestión afectada, otrora, por teologales querellas en torno a la preeminencia en la experimentación de lo divino, del éxtasis y admiración, del ver frente al oír, de lo visual y acústico, y viceversa, que Jonas analizara en su mencionada obra a través de la apologética enseñanza de Filón de Alejandría anteriormente a la irrupción de las nuevas tecnologías que tan solo en apariencia prometen cambiárnoslo todo. Así cuando recoge:
«En la Escritura se dice: Todo el pueblo vio la voz (Éxodo 20, 18); muy significativo, pues la voz humana se oye, mientras que la de Dios en verdad se ve. ¿Por qué? Porque lo que Dios dice no son palabras, sino obras que el ojo juzga mejor que el oído».
En esta línea, Safranski, analizando el pensamiento de Heidegger sobre el arte, concluye que el «arte no describe, sino que hace visible».
Contemplar un «mundo de margaritas», en su ámbito, es advertir la dual dialéctica requerida para encontrar el homeostático punto de equilibrio que posibilite nuestra sustentación desde la ciencia. Requiere tomar en cuenta los efectos de la direccionalidad condicionante de todo lo que nos ocurre, priorizándolos sobre planteamientos teleológicos que en su linealidad van en contra del propio interés. Complementariamente a ese mundo, campo de margaritas es el intento de demostración desde el arte de la posibilidad de existencia de una conciliación verificable al interior, holística, circularidad de una libertad creadora que cuente con todo y todos, pese a la constatación de que en el ahora mismo no visualicemos cuál pudiera ser la estética de su equivalencia actual en ideación, objetivación y subjetivación.
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