Carta al presidente Lula

Usted, señor presidente, protagonizó en grado sumo esta política de integración en la justicia, pero esa justicia fue raptada, conservada y manipulada arteramente en el polvorín de los explotadores.

2018/09/24

Sé que usted, señor presidente, no leerá nunca esta carta. Está escrita desde un pequeño pueblo español que no figura en el mapa si no es por el habitual cartel para orientar en un cruce de carreteras locales. Es, pues, una carta íntima que me escribo a mí mismo para votar en la urna de la libertad obrera en que usted ha convertido su celda con admirable lealtad y sacrificio. Una urna que no necesita el refrendo de esa Constitución que los poderosos manipulan agónicamente como la única fuente de su poder frente al clamor de los desheredados a los que usted puso mantel y esperanza. No es, por tanto, este papel una carta dolorida por la derrota sino una papeleta electoral emitida con todo su valor creativo por el pueblo, que es el que sí sabe lo que quiere.

Duró poco la democracia tras la larga y cruel dictadura militar que padecieron los brasileños y que ahora retorna revestida con el negro y solemne sayón de los jueces, encargados de la renacida Inquisición que sigue funcionando bajo el conocido supuesto de salvar a las instituciones del riesgo del pueblo que como decían ciertos «ilustrados» es el sector de los «ciudadanos que no sabe lo que quiere». De esto entendemos mucho los españoles actuales, sometidos a un «jacobinismo de clase» que ha sido recargado con la energía del fascismo. Otra vez las persecuciones policiacas, de nuevo la violencia legal, creciente uso de la cárcel que aloja no solo a los que actúan con la ambición de la libertad sino a los que explicitan unas ideas que el Estado observa de través como si se tratara de prevenir el terrorismo.

Señor presidente, Latinoamérica ha vuelto a la dominación de quienes creen, con el apoyo de los nuevos sabios, que el honesto reparto de la riqueza entre los llamados ciudadanos de pala y pico –¿ciudadanos?– constituye una invitación a la destrucción de la gran «propiedad», base de la moral social y sabio motor de la «modernidad productiva», impulsora del crecimiento general. Eso lo sabe usted mucho mejor que yo, ya que ha sido usted quien rescató del hambre y de muchas otras penurias a millones de compatriotas sin más invención que hacer realidad el principio elemental de que los frutos del trabajo pertenecen a los que se inclinan duramente sobre la tierra o destruyen sus horas en la incertidumbre más inhumana de su porvenir. Por si ese triunfo que usted inicio no fuera bastante para los brasileños, éstos adquirieron una dignidad que les permitió ocupar plaza en el gran concierto de las naciones para convertirse en camino a seguir a fin encontrar una nueva luz. Usted, señor presidente, fue obrero que hizo del trabajo una renacida alegría que redimió lustros de opresión y desprecio. Dios sea la luz que alimente su retrato en la difícil y complicada historia del ennoblecimiento humano, que ahora vuelve a sufrir el ataque de quienes afirman nada menos que desde la Organización de Estados Americanos que habrá que destruir con las armas el foco de esperanza venezolano. Limpieza total.

Yo le escribo esta carta desde una Europa que va muriendo de asfixia institucional. Porque las instituciones no son herramienta noble al servicio del ciudadano sino cepos arteros donde la libertad queda encarcelada para evitar la auténtica soberanía de los pueblos, que hacen camino al andar, como dijo el poeta republicano.

Yo entiendo, como parece entenderlo plenamente usted, que las leyes surgen de la necesidad que está ahí, en el ámbito de cada hora. Subordinar esa necesidad a la ley inmóvil de unos explotadores dogmáticos constituye un crimen de lesa humanidad. Y ese crimen produce una respuesta en la que luego rebuscan los falsarios el delito del desorden. Sí; evidentemente no hay revolución sin riesgo de violencias o comportamientos censurables según una visión puesta en el punto cero del juicio, pero esos riesgos no son inmanentes de la violencia popular sino explosiones trascendentes producidas por una inacabable política de explotación. No hay nada tan vecinal y pacífico como una sociedad libre de leyes y constituciones provocadoras. Nada que busque más el acuerdo que una sociedad propietaria de sí misma. Usted, señor presidente, protagonizó en grado sumo esta política de integración en la justicia, pero esa justicia fue raptada, conservada y manipulada arteramente en el polvorín de los explotadores.

Mientras escribía esta carta se reunieron en Madrid Felipe González y José María Aznar, los dos grandes falsificadores de la soberanía popular. Como aquí se piensa a ras de tierra bastarán cuatro frases extraídas de esa reunión para saber lo que nos pasa, que es lo que pasa asimismo a los brasileños, que están encarcelados como usted, aunque los barrotes sean aún más duros.

Escuche usted, señor presidente, alguna de esas manifestaciones, que hablan por sí solas. Resumiré lo que pueda.

Señor González: «Nosotros hemos discutido en serio muchas veces, pero no se nos ha ocurrido nunca romper las reglas del juego».

(La política como juego, no como trabajo profundo de la inteligencia)

Señor Aznar: «Los sentimientos no generan los derechos. Las reglas se respetan».

(Los sentimientos determinan la vida. Sin sentimientos el ser humano es una máquina sin amor manejada por un robot diabólico al que han infundido una regla que anula la libertad ¿Es usted ese robot, señor Aznar?)

Señor González: «Cada generación quiere hacer su propia obra, como decía Jefferson».

(Seguro habrá querella por parte del señor Jefferson, al que el señor González ha convertido implícitamente en padre de la Constitución del 78, sin respeto alguno por su edad. Lo malo es que esa idea se la apropie la señora Arrimadas).

Señor Aznar: «¿Por qué un país que puede explicar una historia de éxito (como dicen en Lugo, manda carallo) pone en cuestión los pilares de este éxito que consiste en no mirar atrás y reconocer la pluralidad de la nación española?

(Primero, España siempre ha mirado hacia atrás. Quizá para comprobar si viene la Guardia Civil o el cardenal primado. Segundo, una nación nunca es plural, por eso justamente es una nación. Lo que puede ser plural es el Estado como ámbito. ¡Ay, esos estudios…! Tendría usted que hacer un máster, señor Aznar).

Señor González: «Se dice que uno de los pactos del régimen del 78 es el bipartidismo. ¡Fue lo que decidió la gente!».

(Otro máster. Este en psicología del entusiasmo. Lo que decidió el entusiasmo de la gente fue la muerte del genocida. Nadie leyó la Constitución. Los españoles creyeron que se había acabado el calvario; pero no).

Señor Lula, mi querido presidente. Usted es lo que nos queda para enarbolar la bandera universal de la libertad y la igualdad. Aunque esté usted en la celda mire por el ventanuco y diga con el poeta: «Azul de cielo/ y en la cuadrícula/ el meridiano y el paralelo». Porque, pese a todo, sigue siendo nuestra la geometría.

Un fuerte y respetuoso abrazo, presidente.

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