Pedro Moreno Ramiro
Castellano residente en Nafarroa

Castilla, la nación olvidada

Le pese a quien le pese, algunas castellanas no queremos ser súbditos de una gran «nación» llamada España, pero sí herederas de Padilla, Bravo, Maldonado o María Pacheco

Este texto es el preámbulo de lo que será el próximo libro que llevaré a cabo. Un libro que desde la historia intentará ofrecer las claves para la construcción de un marco propio para Castilla en un contexto mundial donde, en un futuro muy cercano, las «microrealidades» y las bioregiones se presentarán como alternativas frente al colapso ecológico y civilizatorio. Mirar al pasado para construir futuro desde una perspectiva crítica.

Es cuanto menos curioso que él escribe estas líneas no sea precisamente un nacionalista castellano al uso, más bien, me gusta denominarme como un comunero del siglo XXI con aires libertarios –si es que se me pregunta por mi adscripción identitaria–. Sea como fuere, nuestro pueblo atraviesa una época decadente en la cual solo tiene dos opciones sobre el tablero; o bien desaparecer como realidad sociológica o bien resurgir y emerger como una vieja nación más de la Península.

Muy a menudo los y las castellanas hemos sido tildadas de opresoras frente a otros pueblos del mundo, que también de la Península, pero he de decir en este punto, que no son los pueblos como entes abstractos los que someten a otros pueblos, sino que por el contrario, son los designios de los gobernantes de turno y la falta de empatía, o muchas dirán de necesidad, de muchos individuos lo que les ha llevado a conquistar o someter a otros pueblos.

La historia es caprichosa y si la miramos de frente y a la cara, la misma ha sido una concatenación de conquistas y opresiones de unos pueblos hacia otros. Ahora bien, este texto intenta ser un punto de partida para que nuestro pueblo pueda reivindicarse con espíritu crítico y con la firme vocación de tener un hueco en el futuro desde una óptica internacionalista. Porque le pese a quien le pese, algunas castellanas no queremos ser súbditos de una gran «nación» llamada España, pero sí herederas de Padilla, Bravo, Maldonado o María Pacheco. Somos esas comuneras que se niegan a olvidar sus raíces y a perder el norte, en conclusión, somos las que miramos el concejo abierto con orgullo y las juntas de buen gobierno con admiración. Un puñado de descarriladas –que dirían algunos– que intentarán en un futuro ser motor de cambio en un país que necesita urgentemente de una transición ecológica y de una repartición justa de su demografía.

Como amante de la historia soy consciente de que no podemos juzgar las acciones o pensamientos de muchos personajes de siglos pasados desde nuestra óptica moderna, eso sí, lo que si podemos hacer es analizar algunas etapas históricas como la de las comunidades de Castilla e interpretar dichas protorevoluciones desde visiones actuales y presentes. Y digo esto, porque muy seguramente lo que hizo Carlos I de España y V de Alemania se asemeja mucho a lo que están haciendo en la actualidad muchas empresas modernas, es decir, mover el trabajo de un lado a otro basándose en unos criterios que solo entienden y benefician a una minoría; a ese 1% de la población que como diría Graeber se ha de enfrentar el 99% restante.

Este tipo de situaciones nos demuestran que es más necesario que nunca volver a esas juntas, a esos concejos populares con el objetivo de debatir sobre como mantener la dignidad de un pueblo que en pleno proceso de «desintegración nacional española», se ha convertido en el escudo perfecto frente a vascas, catalanas o gallegas. No podemos ni debemos jugar en la historia un papel de confrontación contra otros pueblos que buscan alcanzar su libertad, porque al fin y al cabo ¿Qué es ser español? ¿Realmente podemos decir que España es una realidad sociológica? o bien por el contrario y como yo defiendo, ¿La misma no es más que un conjunto de pueblos con diferentes realidades y tradiciones socioculturales que han sido sometidas por la hegemonía que en su momento tenía el Reino de Castilla?

Unas élites castellanas, pero también de otros pueblos del Estado, que cocinaron este gigante de pies de barro llamado España sin pensar en las consecuencias que tendría esto para nuestro pueblo. Un pueblo el cual se encuentra huérfano y perdido con una identidad falaz que se conforma mediante éxitos deportivos y un totum revolutum de platos gastronómicos gallegos, valencianos, castellanos….; en fin, una «amorfismo nacional» que nada tiene que ver con lo que terminológicamente es una nación.

Está claro que este siglo XXI va a ser un siglo de cambios y maremotos políticos, una etapa histórica en la que toca revolvernos contra el liberalismo homogenizador. Un tiempo en el que tenemos que reivindicar nuestra historia desde lógicas que no sean las mismas que las que se utilizaban en el siglo XIX. Por ello, considero que no debemos de buscar la construcción de un proceso que nos lleve hacia la consecución de un Estado castellano, algo que por cierto, es tan improbable a día de hoy como luchar por el «klingon» como lengua oficial de la ciudad de Cuenca.

Pero lo que sí podemos hacer desde «micrológicas» y bajo parámetros ecosociales, es reivindicar un futuro para Castilla. Un futuro que no tenemos que pedirle a ninguna administración y que podemos empezar a construir aquí y ahora desde las asociaciones culturales y populares que persigan la recuperación de la memoria histórica castellana. Un relato presente anclado en el pasado de una nación que no debe morir y que debe de sobrevivir para aportar grandeza a la humanidad, al igual que le aportan grandeza otros pueblos que luchan por sobrevivir en este liberalismo salvaje y uniforme. Decían los antiguos habitantes de esta tierra de mesetas y sierras «que nadie es más que nadie en Castilla», por esta razón, no debemos ser menos que vascos, catalanes y gallegos a la hora de defender nuestra identidad y nuestra territorialidad.

¿Es posible hacer todo esto desde una óptica de izquierda y multicultural?

Sí, la respuesta a esta pregunta es un sí rotundo, las tradiciones culturales y las naciones no se anclan en los apellidos de aquellos que viven en un territorio, lo que construye un pueblo es la voluntad de los individuos a defender una cultura, una lengua y una historia pasada, independientemente de su color de piel o de su religión.

Un ejemplo de todo esto que comento lo tenemos en Catalunya, por mucho que la prensa nacionalista española se haya empeñado en convertirles en un nacionalismo racista y etnicista. Solo tenemos que ver como multitud de «no catalanes» de apellido o de nacimiento están apoyando el proceso soberanista catalán o de como ciudades multiculturales como Barcelona, han sabido mantener su catalindad sin tener que renunciar a ser una ciudad multicultural o diversa. Otra historia ocurre en Madrid, donde tristemente nos han robado lo que somos y nos han convertido en los neoyorkinos del sur de Europa.

Por no retorcer más la cuerda, decir que este texto es el principio del próximo libro en el que empezaré a trabajar, un libro que mediante la historia y la investigación intentará desde una óptica de izquierdas e internacionalista, recuperar el relato y la voz del pueblo trabajador castellano.

Una voz que se entremezcle en el aire con el sonido de las dulzainas, porque como bien nos enseñó Agapito Marazuela, estas pueden convertirse en la columna vertebral de un pueblo, ya que nuestro folclore es una parte fundamental de nuestro ADN nacional, al igual que lo son, nuestra historia y las prácticas comunitaristas que tanto tiempo han estado arraigadas en esta comunidad humana. Realidad sociológica que necesita no ser demonizada y que ha de quitarse sus mochilas con las herramientas que a día de hoy nos ofrecen el internacionalismo, las prácticas sustentables y la empatía con aquellas que huyen de la miseria. Refugiadas de las que tenemos mucho que aprender para comprender, pero… ¿Qué tendremos nosotras que enseñarles si perdemos aquello que somos?

 

 

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