Germán García Marroquín y Aintzane Cámara Izagirre
Ongi Etorri Errefuxiatuak

Ceuta: fronteras abiertas

La posibilidad del traslado a la península de las personas inmigrantes que permanecen en Ceuta nadie osó plantearla, siquiera como una opción, en los primeros días después de su llegada. 

Con el paso de los días, empiezan a escucharse voces que tímidamente comienzan a considerar esta opción como una posibilidad de solución para Ceuta; nadie lo propone tomando en consideración los derechos de las personas migrantes, no solo a un trato digno, sino al respeto a su voluntad y a su derecho a migrar. La solución no debe pensarse solo para Ceuta; debe considerarse también la dignidad humana de las personas migrantes. 

Mayoritariamente, se está dando por sentado que la posibilidad de trasladar a las personas migrantes de Ceuta se considere un verdadero despropósito. Que esta sea la opinión mayoritaria no es sino una muestra más del retroceso que se está produciendo en nuestras sociedades sobre el respeto a los derechos humanos. Humanizar el proceso que termina en la expulsión no es respetar los derechos humanos.

El artículo 13 de la Declaración Mundial de los Derechos Humanos establece que «Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país». Si una persona que ha logrado salir de su país es devuelta al mismo por España, ¿dónde quedaría el respeto a este artículo 13 de los Derechos Humanos? 

Ciertamente sería legal hacerlo, conforme a las leyes españolas y europeas, tras tramitar y resolver negativamente su solicitud de asilo, pero que no nos hablen de reconocimiento y respeto a los derechos humanos.

La aceptación progresiva de los postulados de la extrema derecha por parte de la derecha conservadora y la socialdemocracia nos ha llevado a no considerar siquiera la posibilidad de una política migratoria de fronteras abiertas. 

Es absurdo considerar como cierta la versión de que 80.000 personas quisieran migrar a España por el mismo punto el mismo día. Quienes volvieron por donde habían llegado 24 horas después no eran migrantes. Las personas que han hecho un proyecto de vida que pasa por la migración no renuncian a ello al día siguiente de haber logrado pisar territorio europeo. Las personas subsaharianas que han pasado, en muchos casos, años en su tránsito hasta llegar a Ceuta, desgraciadamente, generalmente también prefieren poner en riesgo su vida antes de volver atrás. Devolver a estas personas a sus países de origen en ningún caso es compatible con la pretensión de realizar una política migratoria que respete los derechos humanos.

En Ceuta se va a deportar, como una decisión que no admite réplica, a personas que no pueden probar causa suficiente para el reconocimiento de asilo. No se toma siquiera en consideración la definición de la Organización Internacional para las Migraciones, que considera migración forzosa la realizada por cualquier persona que emigra para «escapar de la persecución, el conflicto, la represión, los desastres naturales y provocados por el hombre, la degradación ecológica u otras situaciones que ponen en peligro su existencia, su libertad o su forma de vida». 

El libre movimiento de las personas debería estar universalmente contemplado como parte de los derechos humanos individuales, como extensión de los derechos que se dan por supuestos dentro de las fronteras de los Estados nacionales. Una política migratoria de fronteras abiertas permitiría a las personas migrantes transitar entre su país de origen y el de su elección, para buscar una vida mejor, de manera fluida en función de las oportunidades que encontrasen, fundamentalmente trabajo. 

Pensar que el PSOE puede situarse en este marco discursivo es una quimera. Nos encontramos ante un gobierno que ha tardado semanas en montar una tienda de campaña, atenazado por el miedo a que los discursos de la extrema derecha tengan mayor receptividad que los suyos en materia migratoria. 

En Ceuta nos hemos asomado al abismo; quién sabe si todavía podemos caer en él. Pero no es solo Ceuta donde se abre el abismo; en Donostia ya se aplica desde hace tiempo lo que promovió la ultraderecha en Ceuta: prohibido dar de comer a quien no tiene qué llevarse a la boca. ¿Estamos ante la nueva estrategia antiinmigración? ¿Matarles de hambre? 

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