Cien mil votos al agua
El 29 de noviembre aparecía en el calendario como un domingo cualquiera. Ya no lo es. Pedro Sánchez ha disuelto las Cortes tras ver tumbados en el Congreso sus decretos de vivienda, y las urnas vuelven a abrirse antes de tiempo, con una izquierda que llega a la cita más fragmentada que nunca y una extrema derecha que avanza en medio mundo sin pedir permiso.
Las encuestas publicadas estos días dibujan un escenario que no admite eufemismos. Alguna sitúa al PP en el 34% y a Vox en el 18,6%, lo que sumaría 203 diputados, muy por encima de la mayoría absoluta. En ese mismo sondeo, Sumar se quedaría en cinco escaños y Podemos en cuatro. Dos fuerzas que hace siete años compartían grupo parlamentario y que ahora se disputan las migajas de un mismo granero.
Hace unos años, en otra campaña, escribí sobre la aritmética elemental: la de sumar fracciones diferentes buscando un denominador común. Vuelvo a ella porque nada ha cambiado, salvo que todo ha empeorado.
En Madrid, el primer choque ya se ha producido. El nuevo Frente Amplio que agrupa a Sumar, Más Madrid, Comuns e IU evita aceptar la exigencia de primarias abiertas que Podemos ha puesto como condición para una candidatura conjunta. El mismo baile de siempre, con la misma música de fondo: cada cual atrincherado en su sigla mientras la marea sube.
Mientras tanto, en Aragón, Chunta Aragonesista ha propuesto una lista única de la izquierda liderada por ella e integrada por IU, Sumar y Podemos. Es decir, una fuerza territorial que encabeza y unas formaciones estatales que se suman. Conviene retener la idea, porque es exactamente la que planteo para Euskadi y Nafarroa.
Hablemos de números, que son tozudos. En las generales de julio de 2023, Sumar obtuvo en Araba 21.561 votos, el 12, 80%, y no logró representación. Es lo que tienen las circunscripciones de cuatro escaños: o se llega, o el voto se hunde sin dejar rastro. En Gipuzkoa, Sumar reunió cerca de 39.400 papeletas y tampoco obtuvo diputado. En Nafarroa, otras 43.564, el 12, 85%, y el mismo resultado: ninguno.
Sumemos. Más de cien mil votos de izquierda en tres circunscripciones que no se tradujeron en un solo escaño. Cien mil personas que se acercaron a las urnas con la intención de inclinar la balanza hacia la izquierda y cuyo voto acabó, literalmente, en el agua.
Hagamos ahora el ejercicio contrario. Con esos mismos datos de 2023 y aplicando la ley d'Hondt, una candidatura conjunta encabezada por EH Bildu habría obtenido en Gipuzkoa tres diputados en lugar de dos, y en Nafarroa dos en lugar de uno. Dos escaños más para la izquierda soberanista y transformadora, arrebatados al PNV y al PSN, es decir, a los partidos de orden que gestionan el statu quo a ambos lados de la muga autonómica. No es política ficción. Es una división hecha con lápiz y papel.
Y entonces la izquierda estatal todavía iba unida bajo el paraguas de Sumar. Lo que vino después es peor. En las elecciones vascas de abril de 2024, Sumar y Podemos se presentaron por separado. El resultado fue un desastre anunciado: Sumar entró en el Parlamento de Gasteiz con un solo escaño, por Araba, y Podemos se quedó en el 2, 25%, fuera de la Cámara. Los cerca de 12.000 votos que Podemos obtuvo en Araba habrían bastado, por sí solos, para conseguir un segundo escaño a la candidatura de Sumar. Elkarrekin Podemos tenía seis parlamentarios en 2020. Divididos, se quedaron con uno.
El último Sociómetro del Gobierno Vasco, publicado en abril, ya no les concede ni ese: ni Sumar ni Podemos obtendrían representación si hoy se celebraran autonómicas.
¿Alguien piensa, con estos antecedentes, que la cita del 29 de noviembre va a ser distinta? ¿Que Sumar y Podemos, compitiendo entre sí por un electorado menguante, van a rescatar en Araba, Gipuzkoa o Nafarroa lo que no lograron unidos en 2023?
No escribo esto desde la distancia de quien nunca creyó. Yo mismo voté a Podemos. Lo hice convencido de que aquel impulso nacido de las plazas podía abrir una grieta en el muro del bipartidismo, y no fui el único: en las generales de 2016, Unidos Podemos fue la fuerza más votada en Euskadi, con más de 333.000 papeletas y casi el 30% de los votos. Hoy, apenas una década después, es una fuerza prácticamente desaparecida del mapa electoral de Hegoalde. A ese naufragio contribuyeron, sin duda, las campañas de manipulación informativa, las cloacas y las querellas que acabaron archivadas una tras otra cuando el daño ya estaba hecho. Pero sería deshonesto no reconocer también los errores propios: las purgas internas, el personalismo, la incapacidad para entender que en Euskadi y en Nafarroa no basta con trasladar consignas pensadas en Madrid. Por eso mismo, porque sé lo que costó levantar aquella esperanza, me duele verla dilapidada en candidaturas que compiten entre sí por los restos del naufragio.
Los ciudadanos de estos territorios ya han respondido a esa pregunta. Lo hicieron en las municipales y forales de 2023, en las autonómicas de 2024, y lo seguirán haciendo. El voto útil de la izquierda en Euskadi y Nafarroa tiene un nombre, y no es el de ninguna plataforma diseñada en Madrid. EH Bildu es hoy la fuerza de izquierdas más votada en ambos territorios, la que tiene un suelo electoral más sólido y la que demuestra una fidelidad de voto que ya quisieran para sí el resto de formaciones.
Pero el argumento no es solo aritmético. Es también de coherencia. Recordemos quién estuvo ahí cuando hizo falta. En junio de 2018, en la moción de censura contra Rajoy, los dos votos de EH Bildu fueron necesarios para alcanzar los 180 que desalojaron al PP de la Moncloa. En 2020, su abstención hizo posible la investidura del primer Gobierno de coalición. En 2023 votó a favor. Y entre medias, presupuesto tras presupuesto, ley tras ley, EH Bildu ha sostenido la gobernabilidad del Estado con más lealtad que muchos de quienes se reclaman progresistas y le aplican, sin pudor, el cordón sanitario.
Resulta difícil encontrar en todo el arco parlamentario una fuerza que haya demostrado con hechos un compromiso tan constante con la estabilidad de un Gobierno del que ni siquiera forma parte. Y, sin embargo, en los grandes medios estatales sigue apareciendo como un apéndice incómodo, como esa periferia a la que se recurre cuando las cuentas no salen y se olvida al día siguiente.
Lo que propongo es sencillo de enunciar y difícil de practicar. Que Podemos, Sumar, Ezker Anitza-IU, Berdeak Equo y Alianza Verde, en Euskadi y en Nafarroa, renuncien a presentarse por separado el 29 de noviembre y se integren en una candidatura encabezada por EH Bildu. No se trata de disolverse ni de renunciar a programa alguno. Se trata de una cooperación de mínimos, de un acuerdo de supervivencia frente a una ola reaccionaria que no va a distinguir entre siglas cuando llegue.
Sé lo que se me puede objetar. Que hay diferencias de proyecto nacional, que la cuestión territorial separa, que hay heridas abiertas. Todo eso es cierto. Pero también lo es que en el Congreso, cuando se trata de defender derechos laborales, vivienda pública, sanidad o memoria, esas fuerzas votan juntas. Si votan juntas en el hemiciclo, ¿por qué no pueden concurrir juntas a las urnas en dos territorios donde, por separado, su voto se pierde? Chunta lo ha entendido en Aragón. ¿Tan difícil es entenderlo aquí?
El tiempo apremia. Las listas deben estar registradas en pocos días y cada día que pasa sin diálogo es un día regalado a quienes ya celebran el adelanto electoral convencidos de que les abre las puertas del poder. La derecha no necesita convencer a nadie de que se una. Ya lo está, o lo estará en cuanto cierren los colegios.
De la política me sigue interesando la Utopía. Imaginar un horizonte emancipador compartido con gentes diferentes pero con un mismo anhelo. Pero la Utopía, para no convertirse en coartada, necesita de vez en cuando un poco de aritmética. Y la aritmética, esta vez, no deja lugar a dudas: o sumamos, o los cien mil votos volverán a caer al mar.
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