Ezker Abertzaleko militantea
Condiciones y oportunidad

Sucede muchas veces que inmersos en situaciones de extraordinaria relevancia se da una suerte de circunstancias que provoca el que no se alcance a comprender la verdadera magnitud del momento que se vive.

2014/09/08

La sucesión de acontecimientos y el permanente bombardeo de mensajes informáticos, que cada vez son más fugaces y generan mayor saturación y empacho, lejos de ayudarnos a analizar mejor lo que pasa vienen a producir todo lo contrario.

Quizá sea por eso, o porque no estamos siendo capaces de transmitirlo como debiéramos, pero soy de la opinión de que no estamos entendiendo -o tal vez no nos lo estemos creyendo- la profunda intensidad de la crisis que atraviesa el Estado español. Puede ser que de tanto oir hablar de crisis general el concepto se haya ido devaluando y a estas alturas hasta nos parece algo familiar. Nada más lejos de la realidad.

El estado español rezuma crisis por todos sus poros y está corrompido por una corrupción generalizada que parece formar parte de su código genético. La crisis no solo es económica sino también política, institucional, territorial... El declive del sistema bipartidista y el surgimiento de Podemos son exponentes de un hastío larvado en el tiempo y del clamor social en favor de una nueva forma de hacer política, de entender la gestión pública y el servicio a la sociedad.

En lo referente a su formulación unitaria, creo que podríamos afirmar que España es un Estado en situación de derrumbe, lo que como independentistas nos abre un flanco ineludible, un espacio de oportunidad como no habíamos tenido en casi cuatro decenios.

En esta situación crítica del Estado español que nos brinda una oportunidad histórica es donde quiero poner el énfasis porque, como he adelantado al inicio, pienso que no acabamos de creernos con la gravedad que corresponde la evidencia de que estamos en un tiempo inmejorable para apostar lo más fuerte por los objetivos nacionales.

El estado unitario español está en hundimiento, ya lo he mencionado. Esto no significa que en su reflote vaya a tener en consideración las aspiraciones nacionales de los pueblos vasco, catalán o gallego. Vascos y catalanes estamos ya en marcha por un proceso soberanista cuyo principio básico es el derecho a decidir de nuestros pueblos, el reconocimiento y el respeto a su voluntad. Ojalá se una también el pueblo gallego. Las referidas son aspiraciones escrupulosamente democráticas que nada hace prever vayan a ser tenidas en cuenta por España.

Venimos hablando de buscar un acuerdo con el Estado sobre bases democráticas para poder ejercer nuestro derecho. Pero resulta notorio que el Estado no tiene ni alternativa que ofrecernos ni voluntad para hacerlo. En este sentido, podemos hacernos una pregunta muy sencilla aunque significativa: ¿Ganaría algo España acordando un escenario democrático para ejercer el derecho a decidir?

Evidentemente, el Estado no ganaría nada en ese acuerdo, por lo que, en consecuencia, no va a estar por la labor de buscarlo. ¿Para qué si no le lleva a ninguna parte? Desde el punto de vista de España, un acuerdo democrático que posibilitara un recorrido soberanista que pudiere desembocar en la independencia es equivalente a reconocer el derecho a la secesión, algo a lo que no va a estar dispuesta bajo ningún concepto. Es ésta una diferencia radical con el Reino Unido, que aún siendo unido por definición es ante todo un Estado lo suficientemente democrático como para respetar la libre voluntad de las naciones que constituyen esa unión en el Reino. España no es así. En mi opinión, creo que no hay acuerdo posible con el Estado; y si por cualquier circunstancia ellos se vieran en la tesitura de alcanzarlo, estoy convencido de que, de una u otra forma, no lo cumplirían.

Pienso que ésta es una variable que tenemos que meternos en la cabeza para no jugar con castillos en el aire. Hay más variables en juego que pueden modificar el escenario. Es cierto. Pero lo que resulta irrebatible es que el Estado carece de alternativa y que cualquier acuerdo democrático les resultaría negativo para sus intereses como Estado español.

En situación de imposibilidad de acuerdo con España sobre el derecho a decidir de nuestro pueblo, no queda más que la confrontación democrática en favor de la soberanía. Eso que se da en llamar choque de trenes, o de buques... pero confrontación política y democrática. Y para ello hay que prepararse, porque el camino que hemos iniciado en este nuevo ciclo es para ganar. Sí, para ganar.

¿Puede el PNV modificar el escenario? Es una pregunta que debemos hacernos porque se trata de una gran partido vasco y tenemos a la vista el recorrido de CiU en Catalunya, una formación política homologable a la jelkide.

En relación al PP y el Gobierno en Madrid, vemos que el PNV está manteniendo un discurso de denuncia de los movimientos recentralizadores del Ejecutivo español al tiempo que se afana por tenderles puentes. Desde el Gobierno central no pierden ocasión para atacar aspectos de la identidad vasca e ir constriñendo el propio espacio competencial autonómico. Frente a ello, la formación jelkide se revuelve con gestos poco más que cosméticos y pide audiencias en Moncloa en tono mendicante. Pobres actitudes que son respondidas con indiferencia, cuando no con desdén.

A pesar del menosprecio que reciben desde la metrópoli, el PNV insiste en recrear la ficción de que es posible alcanzar acuerdos con el Estado favorables al pueblo vasco. Necesitan mantener esa apariencia ante nuestra sociedad porque no pueden admitir que no hay acuerdo democrático posible con España que nos reconozca como nación y asuma el derecho de autodeterminación.

Inmersos en esa contradicción, cabe preguntarse qué acabará haciendo el PNV. ¿Seguirá un camino igual al transitado por CiU en Catalunya? ¿Acabará implicándose decididamente en una vía soberanista? Iremos viendo hacia dónde se va enfilando la proa de la nave jelkide.

Eso sí, ante lo que debemos permanecer bien alerta es frente a cualquier posible maniobra que pretenda distorsionar el paso firme hacia la soberanía.

Así que nada de salidas en falso que propongan acuerdos reformistas para luego ser refrendados en una consulta. Atentos a maniobras del tipo hagamos cambios para que no cambie nada y luego votamos la nada para que todo siga como antes de empezar la jugada. Son perdidas de tiempo; genuinos fraudes al pueblo vasco.

Hay que interiorizar profundamente que estamos en este camino para llegar a la soberanía y que eso implica de manera irrenunciable la posibilidad de alcanzar la independencia, si así lo decidimos la mayoría de los ciudadanos vascos. Una ruta y una meta.

No son las leyes las que hacen la democracia sino la democracia la que debe hacer las leyes y establecer los marcos. El pueblo vasco no puede reconocer autoridad alguna que no emane directamente de su voluntad soberana. Esto es algo que España no quiere entender.

Se han cansado de repetirnos que sin armas, de forma política y democrática todo es posible. Pues bien, en eso estamos y allá vamos; ¿cuál es ahora el problema?

El derecho a decidir en el que sea posible la independencia es la razón y la solución democrática. Nos corresponde así, por encima de lo que digan o impongan los estados. Tenemos las condiciones y la oportunidad para lograrlo.

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