Cuando el espectáculo se sostiene sobre el temblor
Hay celebraciones que nacen para la alegría y, sin embargo, dejan escenas difíciles de olvidar. No por lo extraordinarias, sino por lo incómodas. La tamborrada de txikis en San Sebastián es una de esas fiestas que apelan a la infancia, a la transmisión cultural y al orgullo colectivo. Pero este año, entre tambores, multitudes y asfalto, algo se quebró.
Carruajes tirados por burros y jinetes montados a caballo, guiándolos entre ruido, vibración y calles abarrotadas. Los animales avanzaban por espacios que no les pertenecen: pasos de peatones, calzadas, plazas duras. El gentío miraba, celebraba, normalizaba.
Los caballos estaban visiblemente nerviosos. Los jinetes trataban de calmarlos con caricias, abrazos y palabras suaves. Ahí ya se hacía evidente algo importante: el cuidado existía. Nadie actuaba desde la crueldad. Nadie deseaba hacer daño. Y, sin embargo, el riesgo estaba presente.
En un momento dado, uno de los caballos resbaló. Las herraduras, colocadas para protegerlo del asfalto, se convirtieron en un factor de peligro. El animal cayó. No podía levantarse. No podía respirar con normalidad. El tiempo empezó a correr en su contra.
Quienes estaban alrededor lo sabían: si no conseguía incorporarse, podía morir allí mismo, ante la mirada de todas y todos.
El espacio improvisado −una plaza contigua al Ayuntamiento, construida con losas de piedra pulida− no ayudaba. El caballo tenía la cola enganchada en una de sus patas. Ganaderos, jinetes, personal de apoyo y ciudadanía comenzaron a coordinarse como pudieron. Llegaron cuerdas. Llegaron más manos. Nadie se apartó. Nadie miró hacia otro lado. Pero la escena evidenciaba algo más profundo: la fragilidad de un animal colocado en un entorno que no le pertenece.
Y, aun así, el cuerpo del animal no respondía. Alguien dijo que había que azuzarlo, que los caballos, cuando entran en pánico, piensan demasiado y se bloquean. Pero no era una cuestión de voluntad ni de fuerza. El grupo era numeroso y, aun así, no podían levantarlo. La contrarreloj seguía.
Y entonces surge la pregunta inevitable, la que incomoda porque no tiene una respuesta simple:
¿Merece la pena poner en riesgo la vida de un animal en nombre del disfrute colectivo?
La escena fue dura porque ya no había espectáculo. Había fragilidad. Un cuerpo grande, vulnerable, fuera de su entorno, sometido a un ritmo que no había elegido. La ciudad se detuvo por un momento. El semáforo estaba en verde, pero nadie cruzaba. Algo más fuerte había interrumpido el flujo habitual: la vida en riesgo.
Finalmente, el caballo se salvó. Llegó más gente, se organizaron mejor los apoyos y el animal consiguió levantarse. Esta vez no hubo muerte. Esta vez la vida resistió.
Y precisamente por eso esta escena merece ser pensada.
Porque no hizo falta una tragedia para plantearnos preguntas que llevamos tiempo evitando. La reflexión llegó antes de lo irreversible.
La cuestión no es señalar culpables. No se trata de acusar a los ganaderos; quien conoce el mundo rural sabe que, en la mayoría de los casos, aman a sus animales y son quienes más sufren cuando algo sale mal. Tampoco se trata de gritar «maltratadores» o «asesinos». Ese lenguaje no construye: rompe. Nos separa y bloquea cualquier posibilidad de acuerdo.
Lo que sí parece evidente es que, como sociedad, tenemos un debate pendiente. Un debate que no va de culpables, sino de responsabilidad colectiva. De preguntarnos si necesitamos que los animales sean el centro de espectáculos multitudinarios para mantener vivas nuestras tradiciones. De explorar si podemos celebrar de otra manera. O de reconocer, con honestidad, que a veces no es que no sepamos hacerlo distinto, sino que no queremos renunciar a lo de siempre.
La experiencia demuestra que las tradiciones no son inmutables. En Lekeitio (Bizkaia), el Antzar Eguna dejó de utilizar gansos vivos sin que la fiesta desapareciera. En Tordesillas (Valladolid), el Toro de la Vega fue modificado legalmente para impedir la muerte pública del animal. En el País Vasco y Navarra, las carreras de bueyes han sido objeto de regulaciones más estrictas para limitar el esfuerzo y el sufrimiento animal. Y en Manganeses de la Polvorosa (Zamora), arrojar una cabra viva desde el campanario fue prohibido y sustituido por representaciones simbólicas. Estos cambios no destruyeron la cultura: la obligaron a revisarse, a adaptarse y a asumir que también existen límites éticos en aquello que celebramos.
Porque la cultura no es un bloque inmóvil. Es un proceso vivo. Y como todo lo vivo, puede −y debe− revisarse, cuidarse y transformarse.
La pregunta no es si estas prácticas vienen de lejos. La pregunta es si queremos seguir por este camino o si somos capaces de reflexionar juntas y juntos sobre el precio que estamos dispuestos a pagar por el espectáculo.
Tal vez el verdadero acto cultural hoy sea ese: detenernos, mirar con atención y atrevernos a pensar.
Esta vez, la vida nos permitió reflexionar sin una muerte que pudo haberse evitado.
La pregunta es si sabremos aprovechar esa oportunidad.
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