Raúl Zibechi
Periodista

Cuando interviene el pueblo, todo es posible

La segunda vuelta de las elecciones en Brasil debería ser motivo de profundas reflexiones de quienes seguimos apostando a transformaciones profundas, a superar el capitalismo, el patriarcado y el colonialismo. Para ello me parece necesario ensayar una mirada por debajo de la línea de visibilidad, ir más allá de lo que enfocan los grandes medios y la mayoría de los intelectuales y políticos, de derecha o de izquierda. 

Estos analistas han generado una suerte de consenso en torno al papel del diputado André Janones, quien creó un canal de WhatsApp llamado "Ejército de Lula" que alcanzó once millones de seguidores. La conclusión es que fue clave en la remontada de Lula, que la mayoría no esperábamos, ya que habría conseguido que disminuyeran la abstención y los votos nulos y blancos. Entre todos suman cinco millones de votos que explican en gran medida el triunfo del presidente. No niego que las redes tienen un papel en la vida social, pero no son los nuevos sujetos de la historia, como nunca lo fueron los medios de comunicación. 

Creo que este tipo de análisis refleja apenas una parte de la realidad, pero se queda corto porque invisibiliza a la gente común, a las miles de personas que tomaron una decisión de votar por un candidato por el que no necesariamente sienten simpatía ni lo apoyan de modo consistente. Lula obtuvo un 19% más de votos en la segunda vuelta. Sin embargo, en barrios populares como la favela Maré, en Rio de Janeiro, creció un 30% respecto a la primera vuelta. Algo similar parece haber sucedido en muchos otros sitios donde predominan los sectores populares, de modo que no fue un crecimiento parejo por sector social y por territorios. 

En Minas Gerais, en la ciudad de Ribeirão das Neves, una de las más pobres de la región metropolitana de Belo Horizonte, el voto Lula creció un 25%, un porcentaje similar al que obtuvo en otros barrios populares, lo que le permitió adelantar a Bolsonaro en 76 municipios del estado. El crecimiento exponencial del voto contra Bolsonaro se registró, en todo el país, en los municipios periféricos, en las favelas y los barrios con mayores índices de pobreza. Fue un voto contra la ultraderecha, que se viabilizó a través del apoyo a Lula. 

Se trata de poblaciones que no sintieron entusiasmo ni afinidad por Lula ni por el PT (Partido de los Trabajadores) como para votarlos en la primera vuelta. Pero en la segunda se enfrentaron a la necesidad de frenar a la ultraderecha, no por razones ideológicas sino por instinto de supervivencia, un sentimiento que no suele equivocarse. Los jóvenes pobres, negros y de las periferias suelen ser víctimas de la Policía Militar, de las milicias ultras y del narco. Las mujeres madres temen que sus hijas sean acosadas y violadas por los machos armados. La pulsión de vida es mucho más poderosa que la ideología o el programa partidario. 

Hay algo más, de lo que poco suele hablarse. Si todo se decide en torno a las redes sociales, a la gente solo le queda encontrar la red correcta y seguirla. Igual sucede con los caudillos. Si son ellos los que marcan el rumbo, solo queda seguir al adecuado, al correcto. No deberíamos separar ética de política. Principios de pragmatismo. Convertirnos en «soldados» de un ejército digital, es lo opuesto a la emancipación, a la autodeterminación individual o colectiva. 

Este modo de pensar podemos aplicarlo a todo el mundo. A lo que sucede en Serbia con los estudiantes, a la impresionante movilización de las juventudes francesas, y de cualquier otra parte. Se movilizan porque se saben una generación sin futuro, y no para que un determinado candidato gane una elección. Es muy probable que, llegado el momento, ese enorme protagonismo termine favoreciendo en Francia a la ultraderecha de Le Pen, como sucedió con las gigantescas movilizaciones de junio de 2013 en Brasil, cuando más de veinte millones de jóvenes ganaron las calles durante un mes. Fue la derecha más retrógrada la que terminó beneficiándose de ese movimiento. 

Una mirada anclada en la ética no debería juzgar los hechos por los resultados sino por las intenciones. Decir, como se dice en Brasil, que la lucha de calles bajo un gobierno de izquierda favorece a la derecha, suena a pragmatismo que elude las responsabilidades de quienes podrían haberlas apoyado, pero al estar concentrados en sus oficinas gubernamentales le dejaron la calle a los ultras. 

Creo que en estos momentos de enorme confusión por la doble crisis, ambiental y geopolítica, debemos tener muy presentes algunas ideas-fuerza que fueron señas de identidad de quienes en la historia se empeñaron en cambiar el mundo. Una de ellas, es que la historia la hacen los pueblos, no los caudillos. No niego que hay individuos, dirigentes, que juegan un papel importante. Pero no son ellos los que transforman la realidad, ni los que dirigen a las «masas». Son los pueblos los que empujan a ciertas personas hacia la cumbre de sus organizaciones, al revés de los que suelen decir los medios hegemónicos. 

Fue la masiva movilización desde abajo la que destrozó las proyecciones de las encuestas y hasta el sentido común que decía que una remontada era casi imposible. Si algo ha caracterizado a los pueblos que habitan América Latina, es el casi permanente desborde social, geográfico y político, que ha remodelado ciudades construidas por las oligarquías. Las migraciones internas desde las áreas rurales hacia las ciudades están en la base de este continuo desborde que está impidiendo la estabilización de la dominación neoliberal. 

Tengo claro que los desbordes son insuficientes si los pueblos no son capaces de crear organizaciones estables que superen las oscilantes de flujo y reflujo. Si no hay organizaciones que puedan transitar por ambos períodos, será muy difícil enfrentar los enormes desafíos pendientes. Por ahora, tenemos claro que los movimientos son arcas para navegar en la tormenta sistémica que padecemos. Lo demás, tal vez lo pueda resolver la creatividad social colectiva. 

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