Mikel Razkin Fraile
Sociólogo (UPNA-NUP)

De Berlín a Washington: Trump y el fin de la democracia

El objetivo de estas líneas no es plantear negro sobre blanco un futuro apocalíptico, pero sí advertir de las similitudes que el mundo está padeciendo entre los acontecimientos de los años treinta del siglo XX y el momento que nos está tocando vivir. La manida frase de que «aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo» que nos regaló el filósofo George Santayana cobra hoy más sentido que nunca.

Durante el invierno de 1933 en Alemania casi nadie percibía que el país estuviera encaminándose hacia una dictadura. Para muchos ciudadanos el nombramiento de Adolf Hitler como canciller alemán fue simplemente un giro político más dentro de un sistema claramente debilitado en el que el conjunto de la sociedad no tenía clara la carta por la que apostar. Existía una crisis económica devastadora, una evidente desconfianza en las instituciones y una sensación generalizada de decadencia a nivel nacional. Por contra, Hitler prometía orden, restablecimiento del orgullo patrio y se servía de un enemigo claramente identificado al que culpar por todos aquellos males.

Noventa años después, en un contexto radicalmente distinto pero con ciertas tensiones reconocibles, el segundo mandato de Donald J. Trump ha generado comparaciones con aquel proceso histórico. No porque ambos escenarios sean equivalentes, sino porque comparten dinámicas que, combinadas entre sí, pueden hacer ver que una democracia puede acabar empujada hacia una deriva autoritaria.

La historia no se repite exactamente igual, pero sí que deja patrones reconocibles en ambos momentos. Las características que acercan uno y otro contexto político e histórico entre Alemania y los Estados Unidos, entre Hitler y Trump, son los siguientes ocho puntos:

1. El relato del agravio: construir una nación humillada

Uno de los elementos clave del ascenso de Hitler fue la narrativa del agravio. Alemania, al finalizar la Gran Guerra (1914-1918), se autopercibía humillada por las condiciones impuestas en el Tratado de Versalles de 1919. Hitler transformó ese sentimiento en un relato político que derivó en un apoyo de las masas para posteriormente ser nombrado canciller en enero de 1933.

En el discurso de Trump, aunque el contexto sea otro, aparece una estructura similar en la que emerge la idea de que los Estados Unidos es un país débil. El significado del movimiento MAGA (Make America Great Again) va incluso más allá de la retórica y no se limita a la crítica política habitual, sino que construye con esos mimbres la idea de que la identidad nacional corre peligro y debe ser restaurada.

En ambos casos, el líder propone soluciones y redefine la realidad emocional del país engalanada en una humeante cortina de patriotismo.

2. El enemigo interno: cohesión a través del miedo

En la Alemania nazi ese relato encontró su eje en la persecución hacia los judíos, convertidos en chivo expiatorio de todos los males nacionales. Fueron culpados de todos los problemas que padecía el país.

En el caso de Trump, el presidente estadounidense ha puesto el foco en los inmigrantes, especialmente los procedentes de América Latina. Se les ha presentado como una amenaza de carácter económico y cultural, equiparando los términos inmigración con criminalidad. La palabra invasión no es casual, ya que convierte un fenómeno complejo a nivel global en un conflicto existencial de carácter local.

La diferencia es evidente en escala y consecuencias históricas, pero en ambas situaciones el mecanismo político a la hora de señalar a un grupo vulnerable para unificar a la mayoría en la que reside el poder responde a una lógica similar cuyo fin es simplificar la realidad para movilizar a la sociedad en base a un sentimiento de pertenencia.

3. La erosión de la verdad: propaganda y desinformación

El régimen nazi entendió muy pronto que el control del relato era esencial. El estado puso toda la carne en el asador y bajo el liderazgo de Joseph Goebbels como ministro de propaganda el régimen alemán fue capaz de moldear, como un incansable martillo pilón que no deja nunca de percutir sobre el mismo punto, la percepción de la realidad de millones de personas.

En el siglo XXI, la tecnología ha cambiado, pero la batalla por la verdad sigue siendo central. Trump insistió en diciembre 2020 en la existencia de fraude electoral sin pruebas concluyentes, se ha dedicado a desacreditar a decenas de medios de comunicación y ha promovido la idea de que solo las suyas son fuentes son fiables. Además, se ha servido de altavoces difícilmente controlables como las redes sociales, dirigidas por sus socios y colaboradores.

Esto no crea una dictadura por sí mismo, pero sí fragmenta la concepción de una realidad que debe ser compartida. Cuando no hay acuerdo sobre los hechos básicos, la propia democracia se debilita y se vuelve más frágil.

4. El uso de la crisis: del Reichstag al Capitolio

En febrero de 1933 el incendio del Reichstag marcó un punto de inflexión. Hitler utilizó este suceso para suspender las libertades civiles y consolidar su poder mediante medidas excepcionales. Las piezas encajaron como en un puzzle para otorgarse a sí mismo plenos poderes.

En Estados Unidos, el asalto al Capitolio de los Estados Unidos el 6 de enero de 2021 no tuvo las mismas consecuencias institucionales. No triunfó y las estructuras democráticas resistieron, pero el evento dejó una señal preocupante que indicaba que una parte de la población estaba dispuesta a cuestionar el resultado electoral por la fuerza. Todos aquellos exaltados fueron indultados al regresar Trump a la Casa Blanca en 2025.

La comparación aquí es delicada. No se trata de equiparar ambos hechos, sino de observar cómo las crisis pueden convertirse en puntos de inflexión. En Alemania está claro lo que sucedió, pero en Estados Unidos aún está por ver hasta qué punto estas circunstancias adquieren su poso en el largo plazo.

5. El poder y sus límites: tensión con las instituciones

Entre 1933 y 1936 Hitler transformó rápidamente el sistema político alemán. A través de leyes de emergencia y reformas legales el führer eliminó la separación de poderes y convirtió el estado en un instrumento del partido. Alemania era él.

En este segundo mandato de Trump no se ha producido una transformación comparable. Sin embargo, sí ha habido tensiones constantes con instituciones clave. Ejemplos de esto son sus desencuentros con poderes del estado como el judicial, la tensión con la prensa o los ataques a Venezuela o Irán sin el beneplácito del Congreso. Estas cuestiones son muestras de ese giro personalista.

La diferencia fundamental es que en Estados Unidos las instituciones siguen operando con autonomía, enfrentándose al presidente tratando de limitar sus intenciones, escenificadas a través de una inusitada incontinencia verbal que no contemplamos en su primer mandato. Pero el desgaste continuo de ese choque puede tener efectos acumulativos, tanto en el apoyo de sus votantes como en el respeto común hacia la validez del sistema. La confianza es un recurso finito.

6. Política exterior: la lógica de la confrontación

En sus primeros años en el poder Hitler desafió abiertamente el orden internacional establecido tras la Gran Guerra, iniciando un camino que culminaría en una expansión territorial que acabaría por estallar en lo que vino a llamarse la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

Trump, por su parte, ha mostrado una política exterior totalmente unilateral y confrontativa, con episodios de alta tensión y decisiones que se apartan de las alianzas tradicionales. Las afrentas a socios y rivales por igual son parte del día a día del presidente estadounidense.

No se trata de expansionismo territorial (aunque también lo sea con el tema de Groenlandia), pero sí de una lógica que prioriza la fuerza y la presión directa sobre los marcos multilaterales y la diplomacia. En ambos casos el mensaje es el mismo, que el líder actúa sin restricción alguna.

7. Solos contra todos: El fin de la política internacional

La Sociedad de las Naciones fue el antecesor de la ONU. Alemania se había unido a la organización en 1926, pero a los pocos meses de tomar Hitler las riendas del estado alemán la abandonó para que no pudiera supervisar el rearme alemán. El discurso nazi señalaba que la comunidad internacional no quería ver una Alemania fuerte de nuevo y por ello abandonó sus ataduras con las legislaciones globales.

Trump ha sido frecuentemente criticado por adoptar una postura escéptica y abiertamente despectiva hacia la diplomacia y los acuerdos internacionales. En su primera etapa en la Casa Blanca priorizó una política exterior basada en el lema «America First» y se retiró de organismos como el del Acuerdo de París sobre el clima, por ejemplo. Esta actitud refleja una visión en la que los pactos multilaterales son percibidos como limitaciones a la soberanía nacional más que como herramientas de cooperación. En ese contexto mantiene una relación tensa con la ONU cuestionando su eficacia y reduciendo el apoyo económico estadounidense a algunos de sus programas.

8. El cuestionamiento electoral: la línea roja

Quizá el paralelismo más inquietante no esté en lo ocurrido antaño, sino en lo que se sugiere que puede suceder en breve. En Alemania, las elecciones dejaron de ser relevantes a partir de 1933. Y en el caso norteamericano, aunque las instituciones electorales sigan en pie, el discurso de Trump sobre las mismas ha variado. El presidente estadounidense llegó a indicar que no era necesario que se celebraran las llamadas elecciones de medio mandato en noviembre (midterms), lo que desató una enorme ola de críticas en el país.

Cuestionar sistemáticamente la idoneidad o legitimidad del sistema electoral que rige una democracia introduce una duda fundamental no solo incurre en la generación de sospechas sobre quien ostenta el poder, sino especialmente sobre el propio proceso por el que se elige quien rige dicho poder. La democracia no solo depende de normas, sino de creencias compartidas.

Cómo mueren las democracias

Lo que une todos estos elementos entre 1933 y 2026 no es una equivalencia directa, sino una secuencia reconocible. Se construye un relato de crisis nacional, se identifica a un enemigo interno, se debilitan las fuentes de información independientes, se tensionan las instituciones, se cuestiona el proceso electoral... y ya tenemos los ingredientes necesarios para una dulce tarta bomba.

En la República de Weimar esta secuencia de acontecimientos terminó en una dictadura totalitaria. En los Estados Unidos el sistema por el momento sigue siendo democrático, con contrapesos activos y una sociedad civil movilizada, pero debemos ver hasta dónde aguanta. Tristemente la historia nos ha enseñado que la erosión de los engranajes de la democracia no siempre es visible en el momento en que ocurren Comparar a Trump con Hitler no implica afirmar que ambos sean iguales. Para nada. Las diferencias históricas, culturales e institucionales son enormes, pero ignorar los paralelismos entre ambos casos sería imprudente. La lección más importante de lo acontecido en el siglo XX no es solo saber lo que ocurrió, sino cómo ocurrió. Todo sucedió gradualmente, con un inmenso apoyo social y basado en marcos inicialmente sustentados por las leyes.

Las democracias no suelen caer con un golpe repentino. Se transforman poco a poco hasta que un día dejan de serlo. Y cuando ese día llega suele parecernos que aquello era inevitable. En la película "La Guerra de las Galaxias – Episodio III. La venganza de los Sith" la senadora Padmé Amidala, en una escena en la que el Senado aplaude la transformación de la República en Imperio, nos lo deja cristalinamente claro: «Así es como muere la libertad... con un estruendoso aplauso».


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