Aitor Montes Lasarte
Médico

Destrucción creativa de Osakidetza

La sanidad pública es un fértil campo de negocios que interesa dejar en barbecho para después sembrar sin orden, y en adorno de otra cosa recolectar.

Osakidetza, el mal llamado servicio vasco de salud (pues ni ofrece servicios sanitarios a todos los vascos ni lo hace en vasco), está siendo desmantelado. Si antes pedíamos médicos que supieran euskera, pronto pediremos que nos atienda alguno. Cualquiera. Paso a paso, medida tras medida, programa tras programa, el sistema público de salud, universal y gratuito en el momento de provisión, va a desaparecer.

Los sistemas públicos de salud han dejado de ser instrumentos necesarios y eficientes para mantener una fuerza de trabajo flexible y son una carga, especialmente en una población envejecida como la nuestra, donde el gasto se centra en unos pacientes pluripatológicos y polimedicados que no son grandes consumidores ni aportan fuerza laboral.

La pandemia no es la causa, ni una conspiración o «plandemia», mucho menos un genocidio como la ultraderecha o los negacionistas pretenden hacernos creer. Es en sí misma un obstáculo para el flujo de capital, salvo para la industria farmacéutica. El capital se adapta a cualquier circunstancia, ya sea una o dos guerras mundiales, un crack financiero como el de 1929 o 2008, o una crisis medioambiental.

En esta crisis se han puesto de manifiesto las necesidades de la población: salud colectiva y asistencia sanitaria, educación, socialización de los vulnerables sobre todo (niños y ancianos) y cuidados de los dependientes. Derecho a una vida digna. Sin embargo, estas necesidades no son convergentes con el desarrollo del capitalismo que necesita movilizar sus excedentes. Las infraestructuras son una forma de conseguirlo y, en este nuestro oasis vasco, edén de los empresarios, se han priorizado las obras públicas (TAV, autovías, túneles en el Nervión) sobre todas las cosas. Y aun así, no es suficiente. Debe ocupar todos los nichos posibles, aprovechar todas las oportunidades de crecimiento. Y la sanidad es una de ellas, aunque sea necesario un proceso de destrucción creativa. La sanidad pública es un fértil campo de negocios que interesa dejar en barbecho para después sembrar sin orden, y en adorno de otra cosa recolectar.

Y harán su vendimia. El miedo guarda la viña y somos capaces de gastar lo que haga falta por nuestra salud o la de nuestros seres queridos. Aunque sea en la sanidad privada, pues el agua del cielo no quita riego. Evidentemente el gasto sanitario se cargará a cuenta de la clase trabajadora, doblemente expoliada. Puede verse obligada a destinar parte de sus salarios a financiar a las mutuas privadas, como compensación a cambio de una congelación salarial. Con nuestros sueldos pagaremos la sanidad privada, por no tener una pública en condiciones. En los Estados Unidos muchas empresas pagan los seguros médicos de sus trabajadores. Un modelo sanitario ineficiente, extraordinariamente caro, mucho más intervencionista y menos preventivo que la sanidad pública europea y, por encima de todo inequitativo, que deja a millones de personas sin asistencia sanitaria. Y aun así, o precisamente por eso, los neoliberales prefieren apostar por los seguros médicos, en los que el trabajador afrontará sus propios gastos sanitarios hasta una cifra convenida (4.000 o 6.000 euros anuales, por ejemplo), pero estará cubierto para mayores eventualidades. El modelo de Friedman para el que se lo pueda pagar. Un proceso de enajenación de lo público para acumular capital.

Evidentemente, nadie está en contra de la asistencia para todos, como no estamos en contra del vascuence, sino en contra de las imposiciones. Por encima de todo la libertad individual, y sobre todo de la libertad de comercio. Sin intromisiones, esto es, sin cobertura estatal ni red sociosanitaria pública, libertad y responsabilidad personal. ¿Les suena lo de la responsabilidad y la autogestión? El individuo será responsable de su salud mediante la pedagogía del rechazo y, si son necesarias, medidas coercitivas. Como el pasaporte covid, que siembra la cizaña y nos mantiene entretenidos purgándonos unos a otros mientras nos impiden acceder al sistema sanitario. Quizá ya se les haga más familiar. Los no vacunados, los obesos, los fumadores, los bebedores, todos ustedes serán culpables de su estado de salud. Quien no barbecha, no cosecha. Y así se desarrollan los programas del paciente activo, para que nuestros ancianos se hagan cargo de sus propios males; o las aplicaciones informáticas y las consultas no presenciales. El empoderamiento, el coaching, el mindfulness y el desarrollo personal con una red de empresas privadas que proveerán a Osakidetza de infinidad de servicios.

La atención sociosanitaria de los ancianos ya se ha privatizado y es un negocio empresarial. La educación es concertada, solo la mitad de los niños van a una escuela pública cada vez con menos recursos. Otro ejemplo de destrucción creativa de los derechos universales y colectivos en nombre de la autogestión y la libertad. Ahora le toca a la sanidad.

La izquierda plural, siempre subalterna y nunca en el poder, desde los partidos a los sindicatos junto con las diferentes asociaciones y colectivos, deberá considerar si hay que actuar o no. Ya muchos lo hacen de forma callada, silenciados y olvidados. Despreciados como las trabajadoras sociosanitarias. Quizá sea el momento de ser ciudadanos responsables y gestionar nuestra rabia, de liberarnos de complejos y crear nuestro propio sistema de salud. Quizá haya que regar la rosa, como le dijo el barrendero al poeta.

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