Pablo Méndez Gallo
Sociólogo, doctor en Filosofía

Diagnóstico: capitalismo

«Dentro de un tiempo, todos moriremos de enfermedades relacionadas con el estrés», me dijo hace unos años un amigo, profesional sanitario. Un estrés que responde a situaciones exigentes de adaptación y/o alerta por peligros, reales o percibidos, que ponen a nuestro organismo (físico, psíquico y social) en una situación de sobreactuación y sobreesfuerzo que genera un desgaste acelerado del mismo: «Tu padre se encuentra en un estado muy avanzado de la vida», dijo la médica que atendía a mi padre en sus últimos días de vida. Su organismo no podía ya más, por el esfuerzo realizado hasta entonces, por exceso de tensión vital. 

Hoy día, la vida, nuestra vida, discurre en tensión constante: el cortisol, los ansiolíticos y la inflamación son el abecé de nuestra cotidianeidad. De la misma manera, nuestros barrios están tensionados, el clima (político y ambiental) está tensionado, nuestro cuerpo está tensionado (hipertensión) y, cómo no, nuestro ánimo está tensionado: ansiedad, depresión. Un cuerpo estresado, en Física, es aquel que se encuentra sometido a fuerzas opuestas, lo que en términos sociales suele manifestarse como hostilidad entre las partes o grupos, conflictividad social o eso que ahora llamamos polarización. 

Según definición de la RAE, el estrés es «tensión provocada por situaciones agobiantes que originan reacciones psicosomáticas o trastornos psicológicos a veces graves». Como, por ejemplo, la vivienda y los problemas de índole económica, aquellas cuestiones palpables y concretas que intervienen directamente en la calidad de vida de las personas y cuya situación genera tensión a las personas que ven cómo sus circunstancias vitales se ven afectadas por «fuerzas opuestas»: ¿Derecho a negocio inmobiliario vs derecho a una vida digna? 

El caso de la sanidad pública, siendo relegada a objeto mercantil para mayor beneficio de empresas privadas (sobre todo, privadas del más mínimo sentido de la ética), parece un ejemplo de esas fuerzas opuestas que hacen que nuestras vidas resulten más agobiantes y que, paradójicamente, generen enfermedad y, en no pocos casos, muerte. Y digo que paradójicamente porque es precisamente un servicio público que, siendo canibalizado por el interés privado, es quien provoca este desequilibrio para el bien común; y porque es un sistema público ¡de salud! el que está generando dichas situaciones de tensión que acarrean problemas de salud: desinversión pública, concertación con la sanidad privada. 

En este choque de fuerzas contrapuestas, la persona física (ciudadano/a) se convierte en la víctima propiciatoria, reduciendo su ser a un cuerpo concebido como tumba (María Zambrano) o, quizá, el cuerpo como campo de batalla (Begoña Aretxaga). ¡O como campo de exterminio! Si pensamos en esas 7.291 personas que, por carecer de un seguro privado, murieron en residencias a resulta de una decisión política. Mientras nos hacen enfermar, al mismo tiempo nos venden estética enlatada o precocinada, para convertirnos en bellos enfermos, una suerte de tanatopraxia: el capitalismo es generador de una ética, pero también de una estética, es decir, la cosmética (Kosmeo) como un orden generador de belleza, auténtica anunciadora de la muerte, Eros y Thanatos juntos de la mano, de paseo por el Jardín de las Delicias. Porque el disfrute capitalista, como el cristiano, está destinado/orientado a la muerte (la gloria de dios), al igual que cualquier otra escatología finalista. En palabras del sociólogo Jesús Ibáñez, ese disfrute se representa en tres palabras: «Mañana, cadáveres, gozaréis». Como en el caso del Holocausto nazi, la belleza (aria) debía ir de la mano del sacrificio, como forma de purificación, del cuerpo infeccioso (judío), para lo que se requería de una solución definitiva, quirúrgica, como era el exterminio. La purificación a través de la muerte, la asepsia como eliminación de toda forma de vida. La consecuencia de tanta higiene parece ser la afectación del sistema inmune, dejando al organismo desprotegido ante las inclemencias externas. Sin abundar en la metáfora organicista para referirnos a lo social, a esta indefensión denominaba el sociólogo alemán Ulrich Beck la sociedad del riesgo: cualquier inclemencia nos pilla desvalidos, inermes, sin mecanismos de protección. Vivimos a la intemperie (in + temperies), como en la película homónima de Benito Zambrano, a cielo descubierto, expuestos al tiempo (clima) que, como ya hemos dicho, también está tensionado. 

La salud, en lo personal, así como el bien común, en lo colectivo, representan la infección que el capitalismo pretende erradicar, de tal manera que la enfermedad se convierte en un valioso objeto de transacción económica, fuente inagotable de beneficios. Porque la enfermedad, y en última instancia la muerte, es el auténtico motor de una sociedad caracterizada por el productivismo insaciable (Byung-Chul Han), como insaciable resulta el beneficio empresarial derivado. Y todo ello lo hacemos de una manera cuasi natural, sin necesidad de pensarlo, incluso con optimismo y positividad, porque la reiteración de los dictados mercantilistas, junto con toda una industria de distracción masiva (+ IVA), hace que actuemos de manera robotizada, autómata, hasta la tumba. 

«Morir por la patria, morir por la fe (iglesia)», requerían patriotas y clérigos al joven Frank McCourt en la Irlanda paupérrima, pero libre, de los años 1940. Todos impelían a los jóvenes irlandeses a morir, por una y otra causa, si bien ninguno de esos «mayores» murió nunca; renunciaron a inmolarse por tan nobles causas. Ahora, también se nos pide el sacrificio por ese beneficio industrial al que llaman «interés general». Es lo mismo de siempre, pero desprendido de la poesía que tenía la patria o la fe, una poesía delirante e irracional, al margen de la justicia, que cuajó en el alma de muchos, de tantos... ¡Y que siempre acaba en muerte! Todo por la patria, como antecedente de la Prioridad Nacional, que impele a inmolarse, auténtico leitmotiv de la patria y del capital. Pero sin balas, sin bombas, sin declaraciones de guerra, sin estridencias: basta con los objetivos de producción, el auto emprendimiento, el deseo insatisfecho, la ideología del bienestar sempiterno, la promesa de un futuro inmortal, una vida «instagrameable», un paraíso en la nube. ¡De Madrid al cielo! 

El capitalismo, en una variante de la teocracia, nos impone el «teoliberalismo», donde los grandes magnates ejercen el control de los gobiernos y nos hacen creer que la doctrina mercantil (interés particular) es la que concita el interés general. No hay separación entre el balance comercial del magnate y las políticas que ellos mismos establecen: el «beneficio» se presenta como divinidad en la «gestión» de lo público. Así, el estrés es la consecuencia lógica de vivir persiguiendo una idea imaginaria que la doctrina del dios-capital nos proyecta en la caverna nacional. Por mucho que la persigamos, la sombre resulta inasible, volátil, una mera ilusión (fuerzas opuestas). De alguna manera, nuestras frágiles democracias están dando paso a variantes más cínicas de organización de la colectividad, como la plutocracia (ploutos, riqueza y kratos, poder o gobierno), donde la riqueza o los ricos hacen valer su voluntad; o la kakistocracia: del griego kàkistos, el peor, y kratos. Se trata de un término utilizado para designar a un gobierno formado por los más ineptos (los más incompetentes, los menos calificados y los más cínicos) de un determinado grupo social (Wikipedia). Y es que, como cantaba el bueno de Labordeta, «de un tiempo a esta parte, vamos camino de nada».

 

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