Difícil equilibrio
El artículo firmado por Curiel y Zabalza en NAIZ intenta mantener un equilibrio entre posturas contrapuestas, utilizando una percha muy fina y poco consistente. Lo hacen con términos que, en apariencia, son elogiables: dignidad, rigor, convivencia. Sin embargo, no pueden evitar caer en contradicción. Además, el problema de su texto no es lo que dicen, sino lo que omiten.
La falacia del mapa de la memoria inclusiva
Proponen que el monumento a los Caídos, una vez bautizado con las aguas de la resignificación, sirva al mismo nivel que las placas de las víctimas de ETA. Estamos ante un error de primera división. No hay parangón posible. ¿Son los Caídos un monumento a la victoria de un bando tras un golpe de Estado o estamos hablando de otro edificio? Lo decimos, porque, al decir que ambos planos constituyen un mapa plural, sus autores caen en la equidistancia que dicen combatir. No se puede «equilibrar» un edificio de exaltación fascista (por mucho que se reinterprete) con el recuerdo de víctimas individuales. Es intentar unir el agua con el aceite bajo el paraguas del «buenismo» institucional.
El victimario invisible
En Navarra no hubo frente de guerra. Lo afirmamos, lo recordamos una y otra vez, pero no se sacan de tal hecho consecuencias éticas fundamentales. La primera es que hubo una limpieza política sistemática de libro. La segunda es que el texto de Curiel y Zabalza menciona a los «concejales fusilados» en la guerra, pero no nombra a los victimarios.
No parecen comprenderlo ni menos interpretarlo, pero al omitir quiénes apretaron el gatillo y quiénes sostuvieron el régimen, la memoria deja de ser «rigurosa» para ser un paliativo sui generis. Si no se señala la responsabilidad histórica de quienes erigieron el monumento y de quienes hoy se niegan a su demolición, la «resignificación» no es más que una capa de pintura sobre una herida abierta. Y para decirlo de modo claro y contundente, el silencio de los herederos ideológicos del franquismo no es un olvido, es una posición política que el texto ¿decide ignorar para no «enfrentar «? Parece.
La memoria no es un parque temático, pero ¿es un decorado?
El artículo sostiene que la memoria es una «política pública». Peligrosa perspectiva. Porque, al tratar la memoria como una gestión de «expedientes y planes de convivencia», la despojan de su carga biológica. La memoria no funciona por decreto institucional. El trauma transgeneracional no se cura con un «espacio reinterpretado». La neurobiología del trauma nos dice que el cerebro necesita justicia y verdad clara, no una integración forzada en un entorno que sigue honrando, por su escala y arquitectura, a los verdugos. Al intentar que el monumento sea «para todos», lo convierten, de facto, en ese «parque temático» de la reconciliación artificial que dicen rechazar. No será un parque temático, pero tiene todas las pintas de ser un decorado para representar no se sabe bien qué tipo de espectáculo, con la lógica invitación del «pasen, vean y sean buenos».
Uso instrumental de la convivencia
El texto utiliza la palabra «convivencia» como un escudo para evitar el conflicto necesario más allá de lo recomendable. Sugiere que pedir la demolición o criticar la resignificación es «ridiculizar» la memoria o usar el «sarcasmo». ¿Es una forma sutil de descalificar la disidencia de las propias víctimas o de los sectores más críticos? Así lo interpretamos. Es decir, como un «argumento ad hóminem» que ni quita ni añade a la argumentación contraria.
La verdadera convivencia democrática nace de la asunción de la culpa y la reparación, no de «construir un equilibrio» donde el edificio que simboliza la opresión sigue en pie para no molestar a quienes aún lo añoran. Los autores, quizás no lo pretendan, pero, en cierto modo, su intento lo que pretende es institucionalizar el olvido de la responsabilidad. Al mezclar ETA y el 36 en el mismo párrafo de «políticas sólidas», buscan una paz social rápida −una utopía garrafal−, basada, en su caso en tres dimensiones: a) en la estética: homenajes en el zaguán (algo simbólico y fácil); b) resignificación de los Caídos (lo urbanístico evita lo quirúrgico-demolición); c) equiparación de dolores, es decir, para contentar a todos los espectros electorales, aunque sea científicamente falso que la memoria de un genocidio político se gestione igual que la de un atentado terrorista.
Curiel y Zabala ofrecen una memoria de consenso que, al intentar no ofender a nadie, acaba vaciando de contenido la justicia debida a quienes saben que hay piedras que no se pueden limpiar solo con cambiarles el nombre.
Revival de la requeté-significación
La «resignificación» es una solución de compromiso político más que un imperativo ético o científico. Se trata de un ejercicio de pragmatismo institucional que intenta cerrar una herida mediante la gestión urbanística, porque la gestión política del conflicto les resulta demasiado costosa. Al proponer la resignificación, el PSN busca anular el argumento del adversario: «No lo destruimos, lo transformamos». Es una forma de evitar el cuerpo a cuerpo en un tema que, electoralmente, temen que les reste más de lo que les suma.
La resignificación es la vía de escape para no tener que elegir entre la justicia histórica radical y el mantenimiento de la estabilidad con una derecha que sigue sin condenar el fondo del asunto. Es un parche de diseño para un problema que requiere cirugía.
Se entiende perfectamente. Para que el PSN pueda sostener sus pactos y su posición central en Navarra, necesita proyectar una imagen de «moderación». Mezclar la memoria del 36 con la de ETA bajo el mismo paraguas de «todas las víctimas» es la herramienta perfecta para desactivar las críticas de la derecha, pero a costa de una falsedad histórica y neurobiológica. Éticamente es indefendible equiparar un genocidio político sin frente de guerra con el terrorismo de ETA, pero políticamente es la «pócima mágica» para evitar que te acusen de partidista.
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