José Mari Aiarzaguena
Médico de Familia Jubilado

EITB Maratoia. El envejecimiento saludable es incompatible con pensiones de miseria

Las pensionistas de Euskal Herria, en lucha por la equiparación de la pensión mínima con el salario mínimo interprofesional-SMI−, han cargado contra el Gobierno Vasco y contra EITB Maratoia de este año, a favor de un envejecimiento saludable. Denunciaron, que con unas «pensiones de miseria» resulta imposible disponer de una vida y un envejecimiento saludable. No les falta razón: la Organización Mundial de la Salud (OMS) define la salud no solo como ausencia de enfermedad, sino como un estado completo de bienestar físico, mental y social, imprescindible para desarrollar un proyecto vital.

Sin embargo, el modelo biomédico aún vigente define que: «la buena salud es la ausencia de dolor, enfermedad o defecto». Esta perspectiva excluye del sistema sanitario lo que no es enfermedad. Esta exclusión no es un tema nuevo. Ya en 1981, Barsky, psiquiatra, advertía en una prestigiosa revista médica sobre la necesidad de incorporar los eventos angustiosos de los pacientes en la investigación médica, como única vía para comprender las necesidades de salud de ese 40-60% de consultas realizadas por personas etiquetadas como «hiper demandantes». En 1995, el resultado de mi tesis doctoral sobre el uso de servicios en Atención Primaria de Salud (APS) fue concluyente: el estrés −una respuesta fisiológica, no una enfermedad− era la variable más asociada a la hiper utilización de las consultas médicas.

Debemos de tener en cuenta que las situaciones de vulnerabilidad social provocadoras de estrés activan nuestra alarma interna, la amígdala cerebral, quien a su vez activa el sistema nervioso simpático (adrenalina) y la secreción de cortisol. Adrenalina y cortisol, generan cambios bioquímicos que sin necesidad de estar enfermo: 1. Producen síntomas que son frecuentes en AP como mareos, dolor de cabeza, de cervicales, cansancio, diarrea..., que no debemos de olvidar, que son los mismos síntomas que en otras ocasiones pueden ser la primera manifestación de una enfermedad grave. Y 2. Actúan como factores de riesgo de primer orden para enfermedades: infartos cardiacos, síndromes metabólicos, enfermedades inflamatorias, mentales..., con las que se asocian frecuentemente.

Osakidetza afirma reconocer la importancia de los determinantes sociales en la salud, y promueve la estrategia de «salud en todas las políticas». Sin embargo, al mismo tiempo limita su abordaje en las consultas médicas de APS. Quedan fuera personas, que, aunque no enfermas, presentan síntomas, factores de riesgo, mala calidad de vida relacionada con la salud y mayor probabilidad de enfermar. Personas como las 100.000 que sobreviven con pensiones de miseria o las 875.000 en riesgo de pobreza según el último informe de Cáritas. Personas, en definitiva, excluidas de las consultas de APS. ¿Es esto lo que queremos?

Faltaba la guinda, y el 10 de octubre, Día de la Salud Mental, EITB informó de que el 40% (porcentaje similar al encontrado por Barsky) de las consultas en APS estaban relacionadas con problemas emocionales. ¡Qué alivio! Nada de pensiones ni de pobrezas. Solo pacientes con problemas que Osakidetza va a solucionar con la incorporación de psicólogas en APS.

¡Basta de engaños! La tan reivindicada y necesaria incorporación de psicólogas en APS no soluciona el nudo del problema. La solución pasa por la transformación de una Osakidetza centrada en diagnosticar la enfermedad de los pacientes, en una Osakidetza orientada a diagnosticar el problema de salud de las personas.

El diagnóstico del problema de salud incluye, por supuesto, identificar la enfermedad, pero añade −y aquí reside la clave− la valoración del peso que los condicionantes psicosociales (a través de la adrenalina y el cortisol) ejercen sobre la salud y sobre esos mismos síntomas, que a veces son generados por nuestro sistema de alarma y en otras ocasiones pueden corresponder a una enfermedad grave. Se trata, por tanto, de un diagnóstico sumativo, Y biológico Y psicológico Y social.

En consecuencia, el foco principal del problema de salud puede centrarse en la enfermedad, pero no siempre; de hecho, puede no existir enfermedad alguna. Otras veces, incluso en presencia de enfermedad, el foco principal puede residir en los factores psicosociales. Por esta razón, la realización de este diagnóstico integral precisa de varios requisitos: 1. Ser especialista en salud y en sus determinantes. 2. Ser un «miniespecialista» en el resto de las especialidades médicas hospitalarias, es decir, en enfermedades. 3. ser también «mini especialista» en psicología y psiquiatría.

En APS el médico de familia cumple esos requisitos, y para llevarlo a cabo precisa de dos recursos adicionales: longitudinalidad (ser el médico de familia referente de toda la vida) y consultas presenciales con tiempo suficiente. Una vez realizado el diagnóstico del problema de salud, la APS requiere la participación de psicólogas, trabajadoras sociales, y del resto de especialidades médicas para los casos que lo precisen.

Sin un diagnóstico integral seguiremos estigmatizando y medicalizando a pacientes en situación de vulnerabilidad social, y contribuyendo así, a ampliar las desigualdades sociales en salud. Todas intuimos que este enfoque diagnóstico revelará, con frecuencia, factores de vulnerabilidad social que requieren la intervención de las trabajadoras sociales de los equipos de APS, quienes deben contar con los recursos necesarios para actuar desde una perspectiva comunitaria.

Sin embargo, esos servicios −como han denunciado las trabajadoras sociales del Ayuntamiento de Bilbao− se están deteriorando. Y abordar esta realidad exige invertir en recursos sociales. Pero esa inversión no parece prioritaria: Osakidetza tiene otros intereses y otras prioridades.


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