Víctor Moreno
Profesor

El alma del niño

Los empresarios de la enseñanza privada defienden su negocio como el no va más de la oferta educativa. Fardan diciendo que en las pruebas nacionales e internacionales, selectividad y Pisa, su alumnado obtiene mejores resultados que los de la enseñanza pública. No especifican si eso se debe a que su alumnado es superdotado o que su profesorado es la reencarnación del P. Manjón, pero lo sueltan.

Las estadísticas son como dicen, pero no su porqué. Apelan al concepto de libertad de las familias a la hora de elegir centro como causa de la calidad de su enseñanza si es que esta puede reducirse a los resultados académicos. Y es sarcástico que invoquen ese concepto, pues en lo tocante a otras libertades −de expresión, de cátedra, sexual, religiosa, etcétera−, callan. ¿Por qué siendo tan obsesos de lo privado recurren a la sanidad pública y, siendo enemigos del Estado, no hacen ascos a sus subvenciones? Más que liberales, son de la escuela del cínico Vespasiano: «el dinero no huele».

Desviar recursos públicos hacia centros privados supone restarlos de la escuela pública: menguan su calidad, aumentan ratios, precarizan al profesorado y anulan programas de atención en pro de la diversidad. Convertir la libertad de elección en una coartada para legitimar desigualdades, es burla. Financiar con dinero público proyectos educativos que, en muchos casos, exigen una selección «equis» del alumnado, también.

Es en este contexto donde la información de estas escuelas privadas-concertadas-católicas se comportan de un modo que contradice la educación que dicen transmitir en sus centros. Usar términos como «escuela estatal», «escuela laica» y «escuela única» para referirse a la pública, términos usados en el siglo XIX y XX y que venían asociados a los de «escuela atea, inmoral y criminal», no es de recibo dadas sus afinidades ideológicas.

Además, se presentan como estandartes de la libertad frente al modelo público al que califican como «modelo único» y «adoctrinador», para cerrar el círculo con esta afirmación excluyente: «los colegios públicos adoctrinan, mientras que los religiosos liberan».

Aclaremos. El ideario de los centros religiosos se basa en la doctrina católica sin posibilidad de discusión. Quienes lo han probado saben que la libertad de opinión en ellos es flor de un día. El profesorado crítico se expone a la no renovación de su contrato y del alumnado, mejor no hablar.

Una muestra de lo dicho hasta aquí es la defensa que ciertos abanderados de esta enseñanza en Cataluña hacían de los resultados académicos en la prueba de PISA del año pasado. Se pavoneaban de obtener mejores resultados «con respecto a la media obtenida en relación a la Unión Europea y la OCDE como con respecto a la situación de los alumnos vulnerables» ("La Vanguardia", 31.5.2025). Decían que sus «escuelas favorecen un mejor rendimiento y una mayor equidad educativa que el resto». Si el rendimiento se tasa en función de mejores resultados académicos, callamos; pero dudamos que lo sea en términos de esa equidad. Equidad, ¿en qué?

En cualquier caso, y rindiéndonos a esta evidencia, no cabe sino aplaudirla y adaptar su modelo educativo. Sería de idiotas no hacerlo. Nada mejor, pues, que conocer su pedagogía. ¿En qué consiste? Afirman que «las escuelas cristianas distinguen entre aquella instrucción que encarna los objetivos fundamentales que hay que evaluar frente a la auténtica formación que plantea cuestiones como la trascendencia y la convivencia». O sea, que hay dos tipos de escuela. Una, que «solo instruye»; otra, que «forma». La primera es un fracaso, por limitarse a «desarrollar contenidos que hay que evaluar». La segunda, la cristiana concertada, desarrolla «una auténtica formación, la transcendencia y la convivencia entre su alumnado», lo que les permite alcanzar un éxito total en PISA. A ello contribuye que «el resto de la comunidad escolar se comporta como una familia cristiana unida por la Fe».

Crece mi estupor al leer que la expresión «sursum corda» o «arriba los corazones» −frase que invita a elevar los corazones a Dios en el prefacio de la misa católica−, se reivindique como «divisa de toda educación». Que traducido significa «enseñar contenidos para avistar otras preguntas profundamente humanas, como la relación con el prójimo y con Dios».

Si asombra lo anterior, más lo es leer que «las escuelas cristianas hablan con el alumnado». Malo sería que lo hicieran con sus ectoplasmas. Cuando hablan de valores, apuestan por los que «dan un sentido elevado a la vida», pero no busquen entre ellos los derivados de un Estado de derecho y laico. Lógico, si se sostiene que «la educación no puede ser sustituida por una instrucción competitiva que excluya el alma de quien aprende».

No sé qué relación puede guardar el alma con aprenderse el principio de Arquímedes, pero ahí queda el mantra. Ello me recuerda la frase que el golpista García Valdecasas, en 1938, soltó a los maestros en unas jornadas pedagógicas, celebradas en Pamplona: «Las escuelas laicas lo que querían era arrebatar el alma de los niños».

Causa asombro, no la afinidad teologal y política entre aquellos y estos, sino sugerir que el éxito educativo verdadero consiste en «no excluir el alma del niño». ¡Pobres sociólogos, estudiosos de las relaciones entre el capital cultural y económico! ¡Y pensar que la clave de todo estaba en el alma del niño!

Defender la enseñanza pública no es una cruzada contra ninguna creencia; es una defensa del derecho a formarse sin ser categorizado por su origen, su capacidad económica o el ideario religioso de su familia. Poner fin a esta narrativa que legitima la desigualdad bajo el disfraz de la calidad y reconocer que la excelencia educativa no se mide en rankings segregados, sino en la capacidad de un sistema para no dejar a nadie atrás, se hace cada día más necesario. La equidad no es un coste, es la condición indispensable para que la libertad tenga un significado en el futuro de nuestro alumnado. Nada que ver con el alma.

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