El Anticristo: la imagen de un falso Mesías
Se puede decir, muy a grandes rasgos, que la importancia de los elementos de fantasía, de los elementos de representación en la vida en sociedad, es un dato objetivo y también de una conciencia muy marcada en la memoria de Europa occidental.
Esta es una de las tradiciones, quizá más antiguas y más importantes, de la cultura europea: reconocer en el mito o en lo fantástico una dimensión diferente que no pertenece ni a lo verdadero ni a lo falso, pero que es, en cualquier caso, una condición esencial.
Si la investigación histórica se concibe como un lugar de verificación de la verdad, y se han creado técnicas útiles para ello, por otro lado, la dimensión de la fantasía, de la imaginación, sobre todo el principio subjetivo de la representación, ha ganado un espacio enorme.
Precisamente porque el mito desempeña un papel importante en la interpretación de la realidad, hay que detenerse en la figura apocalíptica del Anticristo. La cuestión se vincula, en el imaginario cristiano occidental, al binomio verdadero/falso, auténtico/hipócrita o perverso.
El intento por parte de los autores cristianos de identificar al Anticristo pone en juego varios elementos en nombre de una pretensión racional o, al menos, argumentada: la teología de la historia.
Los textos sobre el Anticristo surgen precisamente para responder a las estrategias de este enemigo, tradicionalmente mentiroso: él intenta entrelazar su reino con el de Dios, a fin de engañar a sus víctimas.
En la historia de sus doctrinas, el cristianismo ha establecido una igualdad entre Cristo y la verdad. Ya en los textos cristianos más antiguos se puede observar dicha correlación. En el Evangelio de Juan, Cristo mismo se define como la verdad; en los escritos paulinos y pseudopaulinos, la verdad se identifica con el mensaje de Cristo y para llegar al conocimiento de la verdad hay que adherirse a la verdadera fe. De hecho, la sustitución del nombre de la persona de Cristo por el término «verdad» se vuelve muy común.
Pero frente a esta verdad, existe −siempre dentro de la historia cristiana− una verdad engañosa, que se presenta de la forma más cautivadora posible. Y esta mentira aparecerá, en los momentos finales de la historia, en forma de un enemigo final, destinado a cumplir los misterios de la iniquidad, mostrándose como un falso mesías.
Este sujeto, que se ha ido configurando a lo largo de los siglos, resume toda la vasta acumulación de imágenes y relatos diseminados en toda la literatura apocalíptica de la Biblia, y, por supuesto, en los apócrifos intertestamentarios y neotestamentarios. Y recapitula en sí mismo, en el momento final de la historia, toda la acción del mal personificado, que desde siempre ha estado actuando en el mundo contra los justos.
Ciertamente, y en el abundante bestiario que los apocalipsis bíblicos han aportado a nuestro imaginario, el Anticristo no desempeña el papel de un simple figurante.
Su presencia resulta inquietante porque se le presenta como una persona. No se trata solo de una fuerza de las tinieblas, un simple sustituto del Mal, un eco confuso, el ruido de fondo de la culpa original: posee, en cambio, rasgos personales.
Tampoco se trata de un demonio cualquiera, ya que se presenta como una persona humana dotada de poderes excepcionales; su maldad, que huele a azufre, es tanto más horrible cuanto que es un hombre de verdad.
Esa auténtica humanidad es probablemente el rasgo más aterrador del Anticristo: si la salvación de los hombres está asegurada por la Encarnación de Dios en la humanidad, ¿cómo no temer lo peor de este Mal encarnado, de este hijo del Engañador que se ha establecido en nuestra carne?
Este hombre es identificado como el adversario personal de Cristo.
Ahora bien, para los cristianos, el Mesías es la Encarnación de Dios. Esta identidad no se ha acogido sin amplias construcciones conceptuales, organizadas por una enseñanza doctrinal compleja que se constituyó en los concilios ecuménicos de los primeros siglos.
La reflexión sobre el Dios-Hombre ha dado lugar a una teología delicada, que hace coexistir en la unión «hipostática», sin confusión ni separación, las dos naturalezas, humana y divina, para construir un único individuo. ¿Cómo puede este individuo, el Mesías Hijo de Dios, ser enfrentado por una criatura?
Si el Mesías no es un ángel hecho hombre, ya que está por encima de los ángeles, ¿sería entonces el Anticristo un «ángel maligno» particularmente excepcional, hasta el punto de poder oponerse al Mesías y representar un obstáculo o, al menos, un adversario para aquel que expulsa a los demonios y gobierna sobre los infiernos?
El poder y el papel del Anticristo plantean cuestiones delicadas a la teología. Pero aún más delicada es la reflexión sobre el comportamiento del Anticristo, que no es solo un adversario de Cristo. De hecho, es usurpando su identidad como se opone a Cristo.
Y en nuestros días ese imaginario del usurpador hasta se ha convertido no en un concepto, idea..., sino en una imagen.
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