Larraitz Ugarte
Abogada

El arte de negociar: del 23J a la investidura

Estaremos de acuerdo en que no siempre es mejor llegar a un acuerdo negociado. A veces hay una alternativa que responde de manera más fiel a los objetivos a alcanzar. La negociación es fruto de las incapacidades que tiene cada parte para obtener por sí misma esos fines. Responde mayormente a una necesidad que generalmente es mutua. No obstante, el acuerdo alcanzado en una negociación puede tener múltiples ventajas: puede ser más duradero si se mantienen los interlocutores; permite avanzar en nuevos acuerdos; con el tiempo el que tenemos en frente puede empatizar con nuestros objetivos e incluso puede que llegue un momento en que los comprenda y entienda que nuestros objetivos no tienen por qué dañar o resultar perjudiciales para los suyos.

Los resultados del 23J arrojaron un escenario inédito en el Estado español con dos alternativas. Permitir que la derecha gobernara en una minoría cuasi mayoritaria con el resultante de retrocesos en derechos sociales y nacionales (y sin duda en libertades democráticas) o dar paso a un Gobierno de PSOE- Sumar que, con mayor o menor fortuna, ha dado resultados interesantes y hacerlo, sobre todo, en un contexto donde las fuerzas soberanistas vascas, catalanas y gallegas son imprescindibles.

Estos cuatro largos meses de negociación han sido muy interesantes de observar y han arrojado unas conclusiones muy a tener en cuenta. Hemos visto, por un lado, un esquema clásico negociador donde ha habido mucha hiperventilación pensando que el que está enfrente está en una situación de debilidad, en lo que se conoce como línea de negociación de posición dura. Establecer unos objetivos máximos (y hacerlo de manera pública), a sabiendas de que son inasumibles para el otro, para acabar uno dándose cuenta de que su mayor interés es obtener un acuerdo, es una torpeza. Cuando uno no está en disposición de romper una negociación siempre es mejor mantener la compostura. Porque arengar a las masas con maximalismos para acabar obteniendo un acuerdo por debajo de dichas expectativas puede generar frustración ante quienes han creído en tu posicionamiento. Sirva esto de lección también para quienes por estas tierras se identifican más con las grandes oratorias que con las cuentas de resultados. La poesía y la política pocas veces casan.

Otra cuestión interesante que ha arrojado este proceso ha sido el de la competitividad. Cuando a un lado de la mesa, con intereses comunes, cada uno defiende sus propios intereses puede cohesionar a los suyos pero presenta una posición negociadora debilitada frente al que está al otro lado de la mesa. Es mejor unir fuerzas para, por lo menos, acordar los aspectos troncales, que hacerlo cada uno por su lado. Colaborar y competir no tienen por qué ser incompatibles si se eligen bien los ámbitos para lo uno y lo otro.

El factor tiempo. La negociación o negociaciones han perdurado demasiado hasta agotar casi el tiempo permitido. Jugar con los tiempos a veces ayuda a obtener un mejor acuerdo pero a veces los acuerdos se pueden hacer a la desesperada. Lo veo a diario en los juzgados donde muchas veces se consiguen acuerdos de pasillo en cuestión de diez minutos tras varios meses en los que hubiera sido más fácil acordar. Y luego, claro, a veces esos acuerdos son un churro y ninguna de las partes está de acuerdo con el acuerdo.

En este caso, empero, la tardanza en los acuerdos ha logrado que el adversario se organice y dificulte a la opinión pública la asunción del contenido de los mismos. A veces debilitar a tu interlocutor puede poner en riesgo la viabilidad de la negociación. Por suerte no ha sido así, pero los fachas se han envalentonado y no hace falta ser gran conocedor de la historia de España para darse cuenta de que la «caye borroka» puede dejar de ser un chiste o un problema de orden público a ser algo más grave.

Jugar con los tiempos es en definitiva una habilidad en sí misma. Y en esto de las habilidades querer jugar a ser el postre de la carta no siempre es lo preferible. Porque para cuando uno se presenta como el postre y su margen de actuación es minúsculo (o realmente alguien se cree que el que se queda hasta el final se la podría jugar a dinamitar los acuerdos alcanzados con el resto...) ya nadie le espera. Para cuando se llega al postre uno ya está tan saciado que ni lo mira.

En toda esta fase, una de las conclusiones más interesantes es que el modelo clásico de arrancar cosas al otro y presentarlo como la foto periodística con el salmón más grande del río Bidasoa, que vemos cada vez que se abre la temporada de pesca, ya no renta tanto en la opinión pública. La franqueza con la que ha actuado la izquierda independentista vasca y su sentido de la responsabilidad, más allá de intereses partidistas, sin duda habrán sido percibidos en la sociedad como una mejor forma de hacer política.

El resultante del proceso ha sido interesante y necesario. Tras la investidura de esta semana arrancará una nueva legislatura en el Estado español. La amnistía y el reconocimiento de la existencia de las naciones vasca, catalana y gallega abren unos escenarios esperanzadores para nuestra tierra, expectativas que gestionadas con buenas tácticas y un buen nivel de pedagogía social y movilización pueden permitirnos avanzar como país para la consecución de nuestros objetivos políticos. Aprovechemos la oportunidad, hagamos política en mayúsculas, no nos entretengamos con apriorismos ni poesías y recordemos, más allá de posicionamientos, cuáles son nuestros intereses reales. Y si en algún momento dudamos, solo hace falta mirar dónde se colocan los otros. El próximo sábado los fachas recorrerán Madrid enfadados con lo que está pasando. Nosotras estaremos en Bilbo cantando por nuestra libertad.

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