El Athletic, motor social, deseo de muchos otros

El próximo presidente del Athletic y sus directivos deberán nadar en esos valores y afrontar el reto de la renovación necesaria de la plantilla en los puestos de arriba, la apertura de la Fundación hacia una vinculación más directa con su tierra cercana y sobre todo, la continua exigencia mediática y deportiva que supone competir con los límites de nuestra filosofía.

2018/04/16

«Gracias al fútbol un país pequeño puede ser grande» (Roger Milla).

El Athletic es un club único por su filosofía que, como decía Napoleón Bonaparte en alusión al liderazgo («un líder es un repartidor de esperanza»), es una institución que lidera la reivindicación de lo diferente, ante el imperio y la monotonía cultural que acompaña al sistema económico actual. Los jugadores de fútbol formados o nacidos en las siete provincias vascas, tienen un lugar especial al que llegar para poder ser parte de una delegación cultural sin parangón.

Gracias a su política deportiva, un país pequeño, lleno de embajadores en lo deportivo, tiene la posibilidad de dar a conocer nuestro idioma, nuestra tierra y nuestra particular idiosincrasia por los cinco continentes a través del deporte más poderoso del mundo. Para poner el foco en esta dirección, lo importante, sin duda, es alcanzar un consenso social y una capacidad de unión que supere las habituales divisiones. Un club que se oponga sin miedo, desde la particularidad, al sistema económico y cultural que impera en el fútbol. Decía un poeta estadounidense, que en este mundo se puede ser martillo o yunque, el Athletic pudiera parecer que eligió ser lo segundo, pero cuando esta unido, sin duda se convierte en un depredador de conciencias que pone en valor la cantera como sistema y la cultura como prioridad.

Siendo el Athletic, el motor de un pueblo, no siempre ha podido todo el mundo ser parte de la dirección. Fue Beti Duñabeitia (1977-1982) quién, en esos años en los que alcanzar el sistema representativo parecía el fin y no el medio, quién impulsó la participación social a través de la filosofía «un voto, un socio». Es a partir de ese momento cuando el Athletic, siendo un club privado, se abre a la sociedad y le pide que participe activamente en su dirección. Sin duda, un paso fundamental para el impulso del club a nivel social y para el desarrollo del modelo que actualmente conocemos.

Esto llevó a que Pedro Aurtenetxe alcanzara desde su junta directiva la presidencia en el siguiente periodo tras su paso previo como directivo. Su época, si bien fue dorado en cuanto títulos deportivos, destacó sobre todo por la modernización del club (creación de la figura del jefe de prensa, acceso de la mujer al palco de San Mames, profesionalización de la plantilla, llegada de medios técnicos en el ámbito de la fisioterapia y la preparación física, modernización de las instalaciones de San Mames…). Aún así, los líos deportivos entre líderes (Clemente-Sarabia) marcaron una errática y errónea política de fichajes (Baquero, Loren…) que llevó al club a emprender un descenso en los resultados, del que le costó mucho recuperarse. Además, llevó la sede social del club al Palacio de Ibaigane, sin duda otro guiño a la historia que vislumbraba los nuevos tiempos de un presidente muy especial con visión de marketing y de futuro.

Las elecciones a la Junta Directiva del Athletic Club en el año 1990 fueron el preludio de lo que a partir de entonces y hasta ahora iba a ser el show mediático que acompañaría para siempre al resto de los procesos. Así pues, la división de los grandes grupos de comunicación vascos en torno a figuras irreconciliables, se iba a repetir año tras año, elección tras elección, a partir de entonces. Jose Julián Lertxundi ganó contra pronóstico a Jose Maria Arrate tras un pacto in extremis con Jose Antonio Llantada a cambio del regreso de Javier Clemente al banquillo local. Fue la derrota de los grandes medios escritos ante lo que también en adelante iba a ser decisivo a la hora de ganar el sillón de Ibaigane: el inquilino del banquillo. La época de Lertxundi no fue muy prolífica en cuanto a resultados y su éxito más relevante fue la tranquilidad deportiva que se alcanzó con Jupp Heynckes y el surgimiento de la estelar figura de Julen Guerrero. No fue suficiente y los medios de comunicación, que se habían visto derrotados en esta voltereta de última hora, le devolvieron la jugada y a pesar del regreso a Europa, Lertxundi tuvo que dejar el sillón de cuero de la calle Mazarredo.

Jose María Arrate fue el siguiente inquilino y tuvo que combatir con la ley de sociedades anónimas del deporte y con su costumbre de dejar «atado y bien atado» a todos los de su círculo (error que llevó a posteriori al pago de indemnizaciones millonarias a empelados). Fue una época sin duda de estabilidad deportiva, económica y social, marcada por los nuevos contratos televisivos. Estos devolvieron al club la capacidad de «ser martillo» y fue una época prolífica en fichajes, no solo de jugadores o entrenadores, sino también en campos como la medicina (Sabino Padilla). Tuvo que gestionar además la implantación de la sentencia Bosman que fue y es sin duda un hándicap para el impulso deportivo del club. A nivel de gestión, sin embargo, iba a ser, la creación de una marca propia de ropa para el club «la marca Athletic Club» su principal aportación, junto con la gestión del centenario del equipo. Su gestión fue un éxito, no solo a nivel económico, sino también a nivel social, como buen ejemplo, se produjo el triunfo en diversos festivales de su spot televisivo de divulgación (Mark Roberts, rey de los desnudos en los campos de fútbol, aparecía vestido de marca Athletic).

La implementación correspondió, sin embargo, al difunto Javier Uria que también creó la Fundación y renovó a fondo las instalaciones de Lezama, cimentando lo que sería el Athletic Club moderno que hoy conocemos. Sin duda un presidente que volvió a dar un giro en la gestión tan espectacular como el que dio Pedro Aurtenetxe en su día y que una terrible enfermedad le apartó de mayores logros. Además, dio un vuelco al imaginario colectivo en torno al Athletic Club, creando la sección femenina que puso en clave de igualdad a un club, que hasta el homenaje a Manolo Sarabia no había permitido acceder al palco a las mujeres. Desde entonces hasta ahora los demás presidentes han pivotado en torno a su legado. Ugartetxe completó su camino sin pena ni gloria y en víspera de un nuevo proceso electoral tumultuoso.

Fernando Lamikiz fue el siguiente inquilino del ya centenario club. Venía de perder las elecciones con Javier Uria y había conservado su apoyo interno siendo parte de la paz social que reinó durante el periodo anterior. Errores y acierto en lo deportivo (Zubiaurre, Javi Martinez), pero sobre todo fue conocido por su continuo interés en estar en el pil pil de los medios de comunicación. Eso lo quemó pues como decía un filosofo chino, «Un líder es mejor cuando la gente apenas sabe que existe, cuando su trabajo está hecho y su meta cumplida, ellos dirán: Lo hicimos nosotros». En este caso, cada vez que aparecía en antena subía el pan y finalmente fue un lastre que terminó afectándole en lo personal, siendo de lejos una de las persona con más carisma que ha presidido el Athletic. Le sustituyó Ana Urquijo, Primera presidenta en la historia de la Athletic y una persona a la que siempre se le echará de menos por su humildad, buena gestión y respeto a los valores que emanan de nuestro querido Athletic.

El duelo entre los máximos diarios de difusión escrita de nuestro país, tuvo lugar en las elecciones que Javier García Macua ganó a Juan Carlos Erkoreka. Macua contaba con el favor del grupo Vocento y Erkoreka del grupo Noticias y GARA. Macua se decantó para ganar por una política agresiva de fichajes y Erkoreka, a través del asesoramiento de altos empleados de la casa, por hacer retornar a los valores viejos y recientes a puestos de dirección, destacando entre todos ellos, el regreso del hijo prodigo: Julen Guerrero. El fútbol ganó a la imagen y estando los dos candidatos de acuerdo en el inquilino del banquillo, los fichajes pesaron más que el romanticismo pues los tiempos deportivos anteriores no habían sido destacables en la sección masculina. Macua llegó creyendo ser invencible y asumiendo que el control de los empleados de alta dirección de la casa se suponía inherente a la figura del presidente. Se equivocó y a pesar de traer la tranquilidad deportiva y económica a la institución perdió las siguientes elecciones tras prescindir de aquellos que le habían apoyado para llegar allí y a pesar de mantener el apoyo del grupo Vocento.

Dijo Josu Urrutia el día de su retirada «Igual soy yo el que le tendría que hacer un homenaje al Athletic» dando muestras desde el principio de que su implicación no se iba a limitar a desarrollar su papel como jugador. Desde su llegada en 2011 y salvo excepciones muy contadas, la tranquilidad social, deportiva y económica ha sido su autentico sello, volviendo a ser el Athletic, un club al más puro estilo inglés de los años 20, donde tomar una taza de té mientras se observaba el «football» era un placer más dentro de la buena vida. La tranquilidad y el consenso en torno a lo que tiene que ser su filosofía deportiva, ampliada a la inmigración creciente en Euskal Herria, una política económica siempre productiva pero pujante a la hora de renovar a las principales estrellas nacidas en Lezama y sobre todo un consenso social en torno a su figuro y al equipo que le rodea, ha sido la impronta que ha otorgado a su presidencia. Como únicos haberes, le han quedado la profesionalización de la plantilla femenina, la celebración de elecciones sindicales libres entre sus empleados y la gestión de enfrentamientos en las afueras de San Mames en los partidos europeos.

Sin duda la llegada de Josu Urrutia a la entidad y su salida solo puede corresponderse con la de interés, otra vez más comunicativos que deportivos y sobre todo con la pérdida paulatina de confianza que suelen percibir los altos cargos de la entidad que se mueven como peces en el agua en periodo electoral. Independientemente de la decisión de Josu Urrutia, el Athletic si algo necesita es tranquilidad institucional, un equipo de trabajo en Lezama para diez años y entrenadores que duren lo máximo posible al frente del primer equipo masculino y femenino. Decía Teheodore Roosevelt que «El mejor ejecutivo es aquel que tiene el buen sentido de elegir buenos hombres para hacer lo necesario y suficiente autocontrol para no estorbar cuando lo hacen». Este ha sido sin duda el papel de Josu Urrutia, volcado durante su presidencia en crear equipo a pesar de los intereses fuera y dentro de la casa.

El próximo presidente del Athletic y sus directivos deberán nadar en esos valores y afrontar el reto de la renovación necesaria de la plantilla en los puestos de arriba, la apertura de la Fundación hacia una vinculación más directa con su tierra cercana y sobre todo, la continua exigencia mediática y deportiva que supone competir con los límites de nuestra filosofía. Para ello, cuanto más amplio y diverso sea el consenso mejor y cuanto más localizado el anillo concéntrico que rodea a los socios de la entidad, más fácil será la lucha contra un sistema económico imperante en el fútbol que perjudica los intereses de clubes con modelos con matices tradicionales. El Athletic somos todos y la paz social de los últimos tiempos, no puede verse perjudicada por intereses privados, por deseos no espurios. Gracias al Athletic, podemos seguir soñando, podemos seguir siendo grandes a pesar de ser pequeños. Sigamos así.

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