El caso de Antonio Espina
El 11 de abril de 1935, Antonio Espina (1891) publicó el artículo “El caso Hitler”, en ‘‘El Liberal’’ de Bilbao. El escritor madrileño calificaba de «exabrupto» las palabras del alemán al decir que «se consideraba desligado de los compromisos derivados del Tratado de Versalles (1919)», donde se obligaba a Alemania a aceptar la responsabilidad de la Gran Guerra.
Auguraba Espina que Hitler era un problema muy grave para la paz de Europa. Y preguntaba: «¿Es posible que la suerte de millones de hombres, de la cultura, de la economía, de los bienes acumulados por los pueblos a costa de tantos esfuerzos, sacrificios y heroísmos a través de los siglos dependa de la voluntad de un solo hombre, de un hombre que, además, puede ser un perverso, un majadero, o como es Hitler, un caso de clínica psiquiátrica?». Le atribuía «un aire paranoico» con «la cara de domador de circo» y lo comparaba con los emperadores romanos Calígula y Cómodo, «sólo que Hitler puede hacer un poco más de daño». «Su exabrupto contra Versalles entraña la manifestación típica de la autocracia del tirano».
El cónsul alemán en Bilbao, Wilhelm Eichhoft, denunció al escritor por injurias y Espina fue procesado y condenado a un mes y un día de cárcel, que cumpliría en la prisión de Larrinaga. El contexto que permitía que el autor de un artículo, escrito contra un jefe de Estado extranjero, fuera juzgado, lo permitía el Código Penal de 1932, que tipificaba como delito los actos que menoscabaran el honor, la fama o la dignidad de los jefes de Estado y representantes diplomáticos de naciones extranjeras. De nada sirvió que la prensa liberal sostuviera que «en ningún país del mundo sucedían estas enormidades» (‘‘Heraldo de Madrid’’, 1.10.1935). O que tal hecho ignoraba que, «desde la proclamación de la República, la prensa alemana se ha dedicado a burlarse y a escarnecer el régimen y los hombres del régimen español y ninguno de sus autores fue procesado ni condenado» (‘‘La Voz’’, 1.10.1935).
La prensa de derechas, ‘‘El Debate’’, ‘‘ABC’’, ‘‘La Gaceta del Norte’’, no entró en discusiones; se limitó a decir que se había violado el Código Penal y que apelar a la libertad de expresión, como hacía la izquierda, era puro cinismo. Se escandalizaba por el encarcelamiento de Espina, pero no denunciaba la censura previa a los periódicos.
Además, ¿de qué se lamentaba la izquierda? Hitler fue elegido democráticamente y teorizar sobre su locura basándose en su aspecto físico era una infamia. Lo mismo pensaba ‘‘Garcilaso’’, director de ‘‘Diario de Navarra’’, quien, al subir al poder Hitler, dijo: «El führer vuelve a convertir al Reich en aquella colmena laboriosa y avasalladora» (23.6.1933). Y este juicio no lo modificaría ni aun sabiendo que ya funcionaba el campo de concentración de Dachau para los disidentes políticos, ni lo haría al conocer las leyes antisemitas de Núremberg, aprobadas en 1935.
Recuerdo el caso de Antonio Espina, porque es una parábola de cómo las sociedades a menudo castigan a los casandras (los que ven la tragedia antes de que ocurra) y premian el extremismo del mal sin escrúpulos.
Se puede entender el ardor hitleriano de ‘‘Diario de Navarra’’ en plena guerra civil y que ‘‘Garcilaso’’ defendiera la Alemania nazi, pues, como dijo, «con ella empieza una nueva época en la historia europea» (2.X.1937). No extrañará, por tanto, que durante la Segunda Guerra Mundial escribiera artículos a favor de Hitler y que, al morir este, lo culminara con un panegírico de esta índole: «No puede sorprender a nadie que en tal momento pronunciemos nosotros su nombre con amor» (2.5.1945). Y aplaudiera que en el Centro alemán de cultura de Pamplona se expusieran unos pliegos para expresar «el testimonio bien sincero de la condolencia por la muerte heroica del Führer que, en suprema lealtad a sus palabras, ha sabido morir en puesto de mando combatiendo contra la horda soviética» (4.5.1945).
En fin, conociendo el ADN ideológico de ‘‘Garcilaso’’ y sus colaboradores, de E. Esparza, sobre todo, extraña que, siendo personas cristianas, apostólicas y romanas, o, quizás fuera esa la causa, tras conocer la existencia de los campos de concentración y de exterminio alemanes y de “la solución final”, llevada a cabo en 1941 y 1942, siguieran quemando incienso en el altar de san Adolfo Hitler. Para ambos, las palabras admonitorias de Espina contra Hitler ni siquiera fueron objeto de sus avinagrados comentarios. Si no conmovieron su sensibilidad de cartón piedra los campos de concentración y de exterminio de Auschwitz y Mathausen, ¿cómo iban a afectarles unas palabras de un azañista como Espina? Consecuente con su hitlerismo, el periódico rechazaría el veredicto de Nuremberg, considerándolo como «un final trágico y nauseabundo, porque habrán podido ser tan malos, injustos y pecadores como otros, pero se les ha impuesto dicho castigo difamante porque fueron derrotados». Así que: «¡Dios se apiade de las almas de estos alemanes!» (17.10.1946). Un sentimiento piadoso que nunca desearon para los casi 4.000 muertos navarros asesinados en 1936. Ni aceptaron que estos nazis genocidas fueran calificados como “criminales de guerra”, porque «no era definición jurídica, sino una represalia de carácter político» (23.5.1947). Produce escalofríos ver que el conocimiento del horror no lleva al ser humano a rechazarlo y, peor aún, ver a gentes que lo justifican con tanta frialdad. ¿Cómo es posible aceptar las consecuencias trágicas del nazismo y del régimen franquista con esa arbitrariedad y coquetear con las ideologías que le dieron origen? Da miedo que haya gente que siga retroalimentándose con un pensamiento así. Y no, esta gente no precisa de una “clínica psiquiátrica”, como decía Espina de Hitler. Para cometer una barbaridad no hace falta estar loco. Ya lo dijo Hannah Arendt: las mayores atrocidades no siempre nacen de mentes perversas, sino del fanatismo ético y la deshumanización del "otro". Y, si usan el comodín de Dios, ¿qué decir? Amén, Jesús.