Iñaki Egaña
Historiador

El legado de Agirre pertenece al pueblo

Se han cumplido noventa años de la constitución del primer Gobierno Vasco. El 7 de octubre de 1936, José Antonio Agirre juró su cargo como lehendakari. Nacía un ejecutivo en plena guerra, obligado a gobernar un territorio reducido y a sostener, con recursos escasos, una sociedad golpeada por la ofensiva franquista. Por cierto, tercer aniversario también del comienzo del genocidio contra el pueblo palestino. Gernika y Gaza. Al territorio gestionado por el Gobierno de Agirre llegaron decenas de miles de personas huidas de Araba, Nafarroa y, sobre todo, Gipuzkoa. La guerra tenía nombres, hospitales llenos, familias que buscaban refugio y bombardeos sistemáticos. Aquel Gobierno reunió a PNV, PSOE, Izquierda Republicana, PCE y ANV. La CNT colaboró desde fuera. Agirre asumió Defensa y organizó el Ejército vasco. Fue un intento de mantener juntas a fuerzas diversas mientras avanzaba el fascismo. La Sanidad y la Asistencia Social muestran la dimensión humana de aquel esfuerzo. José Luis Arenillas, médico y militante del trotskista POUM dirigió la Sanidad Militar. El republicano Alfredo Espinosa, consejero de Sanidad, impulsó la atención hospitalaria. Ambos fueron ejecutados. Juan Gracia Colás, socialista y consejero de Asistencia Social, atendió a una población desbordada por la guerra y el exilio. Murió en París, bajo la ocupación nazi. Sostuvieron la vida mientras todo alrededor empujaba a destruirla.

Mi relación con la historia de Agirre comenzó por otra puerta. En 1997, buscando pistas sobre Jesús Galíndez, localicé en la Library of Congress de Washington el microfilm del diario que Agirre escribió entre enero de 1941 y mayo de 1942. No supe quién lo depositó ni cuándo, pero un año antes no estaba. La ficha abría preguntas aún sin respuesta. El diario se había publicado en Buenos Aires en 1943 por Ekin, como "De Gernika a Nueva York pasando por Berlín". En inglés apareció al año siguiente como "Escape via Berlin". Pero el manuscrito difería de forma importante. Sentí asombro y responsabilidad. No tenía delante una reliquia, sino la voz de Agirre, con dudas, decisiones y silencios. Decidí editarlo con una introducción extensa y centenares de notas.

Antes de publicarlo, contacté con una parte de la familia Agirre. Otra amenazó públicamente con querellarse, pero nunca lo hizo. También recibí el apoyo de dirigentes del PNV, cuyos nombres entonces no se revelaron y no los daré ahora. Al salir el libro, sentí que el diario dejaba de ser objeto de disputa y volvía a los lectores. En 2010, la Fundación Sabino Arana publicó el facsímil de los cuadernos con una transcripción anotada, preparada por Iñaki Goiogana, responsable del Archivo del Nacionalismo Vasco. Nos llamamos, compartimos las ediciones y nació un encuentro. Coincidíamos en lo esencial, que el diario no era una herencia privada, sino un legado de Agirre al pueblo vasco. El desacuerdo no nos impidió reconocernos en la responsabilidad de cuidar un legado común.

El manuscrito también me llevó a una parte menos cómoda de la historia. La apuesta de Agirre por los Aliados contra el nazismo fue comprensible en el contexto de una guerra mundial. Lo hicieron también los partidos y sindicatos derrotados por el franquismo. Sin embargo, la cooperación con Estados Unidos se prolongó en la Guerra Fría e incluyó relaciones con sus servicios de inteligencia. Más tarde, al preparar la biografía de Mario Salegi, antiguo militante del PCE cuyo independentismo le llevó a ANV, viajé a menudo a Nueva York para entrevistarlo. Salegi me permitió consultar los archivos de Juan de Dios Unanue que había recibido. Allí encontré actas de funcionarios del Departamento de Estado que se reunían con Agirre. Las actas reflejaban el deterioro de esa relación. Las últimas describían a Agirre con una dureza que me impresionó, a veces humillante. Preparé un trabajo con ellas y otros documentos sobre Agirre y Galíndez. Un día desaparecieron de mi oficina. Nunca supe cómo. 

La Guerra Fría quebró la unidad antifranquista vasca. En 1948, el consejero comunista Leandro Carro fue apartado del Gobierno en el exilio, en medio del anticomunismo occidental y la ruptura entre socialistas y comunistas. Juan Astigarrabia, consejero comunista del primer Gobierno, había sido expulsado del PCE en 1937 por su apoyo a Agirre. Regresó del exilio, vivió en Cuba y Euskadiko Ezkerra lo recuperó para una campaña electoral. Murió en 1989 en una residencia de ancianos, en Donostia. En 2006, al llegar al aeropuerto JFK, fui detenido, fichado y deportado a Madrid. Un suceso que recogió la prensa vasca. Las preguntas policiales se referían a hechos de más de medio siglo atrás. Nunca he sabido el porqué. Pero recuerdo la sensación de que ciertos archivos todavía tocan nervios activos. 

No escribo para convertir a Agirre en una figura sin contradicciones. Las tuvo, algunas de ellas aireadas por Eli Gallastegi por participar en una guerra ajena, por el abandono de Nafarroa en el autonómico o por su apoyo a unos Aliados que finalmente optaron por Franco. Buscó acuerdos y mantuvo amistades pese a las diferencias. Discutió con Manuel Irujo y conservó su vínculo con Telesforo Monzón. Junto a Javier Landaburu recibió a los primeros militantes de ETA. Tras su muerte, ETA abrió Zutik con «Gure lehendakari maitia». Nuestra historia también está hecha de cercanías inesperadas y fracturas dolorosas. Su trayectoria unió servicio, guerra, exilio y pérdida. Levantó un Gobierno plural cuando el país estaba en peligro, defendió la democracia y el autogobierno, e intentó mantener unidas a fuerzas que terminaron separándose. Buscó alianzas internacionales y afrontó las contradicciones de su tiempo. Me conmueve su tenacidad, la de seguir imaginando un futuro para Euskal Herria en medio de la derrota, como lo señaló en el Manifiesto de Trucios. Noventa años después, su legado vive en la voluntad de cuidar a la gente, construir instituciones propias y convertir la pluralidad en fuerza común. Esa trayectoria merece acompañarnos. 

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