Mauricio Pabón Lozano
Exiliado político colombiano residente en Arrasate

El ministro de Rumanía

El día que lo conocí me impactó, primero, la atmósfera de solemnidad, y luego el evidente dominio de la escena, que dejaba un aura general de ejercicio del poder, mucho más allá del dinero, la política y las relaciones bursátiles. Tendría unos sesenta y tres años al momento de conocerlo, pero proyectaba la imagen de un hombre mucho más joven si se consideraba su cuerpo atlético, que quizá había cultivado en alguna prisión.

Entablé amistad enseguida con él, porque me entusiasmaba el poder que desataba al hablar, generando de inmediato el deseo de escucharlo, de estar atento a sus palabras y de disfrutar de su vida contada. Pero rara vez hablaba de su propia vida; sus diálogos estaban regulados por su sentido común y tampoco buscaba impresionar con su historia personal. Siempre hablaba, eso sí, con soltura, de sus dos hijos y de la importancia que tenía para él la familia.

Rara vez se bañaba, pero nunca sentí olor desagradable junto a él, pues el poder que lo acompañaba borraba el recuerdo de la apariencia y daba lugar, en cambio, a tonos más profundos, a tópicos más ilustres y a paisajes más esbeltos. Conocía Italia en profundidad y siempre hablaba bien de su cocina, de sus platos formidables, del aceite de oliva, de Roma, de sus espléndidas ciudades y del carácter rudo de los italianos.

Nunca lo vi de mal humor, pero una enorme tormenta −que producía miedo− rodeaba sus palabras cuando lo veía discutir, dejando al interlocutor en jaque directo, sin posibilidad alguna de enrocarse ni de evitar el jaque mate. Pero insisto: el ministro de Rumanía no buscaba poner en jaque a nadie ni deseaba, en secreto, impresionar; su trato era afable, sus formas decorosas y su educación natural era evidente.

Cuando hablé con él por primera vez me pareció que tenía el porte de los antiguos emperadores de la Roma imperial; al darme cuenta de que estaba poseído por el extraño poder seductor que lo acompañaba −su porte atlético, su amplia cultura y la atmósfera de sacramento que generaba su cuerpo enorme−, me convencí, en mi fuero interno, de que estaba, sin duda, ante un hombre de excepcional talento, dotado del poder natural de dirigir a los hombres. Había también que considerar una agradable sonrisa escolástica y sonora, que sabía matizar con tino en sus diálogos habituales y que gozaba del respaldo de quienes lo escuchaban de buen grado y de forma voluntaria, pues escucharlo era un goce para el espíritu, un bálsamo contra las tormentas que plantea la vida práctica y una sensación indiscutible de libertad que se experimentaba a lo largo de sus intervenciones.

Cuando me invitaba a comer, casi siempre me hablaba de problemas oficiales, de disgustos con algún diplomático o de alguna dificultad doméstica. A continuación, insistía en que comiera de forma abundante −«para que estés siempre fuerte», decía− y para «que te conserves de buen ánimo». Después de comer, era habitual un café extremadamente puro, acompañado de un cigarro francés y de dulces de Rumanía que sus familiares le enviaban a su despacho en Bruselas. Luego, no siempre, hacía traer un vaso de cerveza de Holanda para cerrar la noche con bellos instantes de amistad.


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