El momentico; lo mío para mí y lo tuyo también
Decía muy brillante y prudente ella: «lo siento, pero no puedes ser otro. Querer serlo es por la imposibilidad de ser uno mismo. Tienes que ser tú, y será ese el momentico en que trasciendas».
Contextualización
Casi todo empezó cuando lo anterior terminó, aunque no podría asegurar rematadamente si fue así o fue cuando estaba terminando que empezaba, aunque siguiera sin terminar. Es enternecedor que nunca sea el momentico para acercar la cantidad devengada a los beneficios netos de los crudos embrutecidos, pero sí para aproximar todas las ascuas a sus sardinillas. Hay tantos momenticos, ¿verdad?, que uno no sabe cuál elegir. Es que se lían los pobrecicos. Entre el momento histórico, el histérico, el lineal, el catatónico, el angular –cuando se comen las criaturas de las anguilas–, el inercial, el didáctico, el magnético, el sanitario, el tripolar, el de la vida, el espacial, el de la muerte... –un momentico que se me escapa el gato por el tejado y se me va a donde el vecino conflagrado a mearle en la puerta –ambos padecen de enuresis nocturna– y como se dé cuenta, es capaz de demandarlo por territorial y separatista. Menos mal que al enardecido le extirparon un trocito de la amígdala y que su prefrontal no le llega para mayores vituperios. Decía hace unos momentos que nunca es el momentico: el de ayer no porque ya se fue, el de hoy tampoco porque ya se sabe lo efímero del instante; «¡Ahora!; Pues no, porque ya se ha ido; ¡... pues ahora... ! ¡Que no, que te acabo de decir que ya se fue! y el de mañana tampoco, porque cuando llegue el momentico ya se habrá ido». Y, además, he quedado con mi meretriz para ir de compras a London –Landa on en el vascuencillo de Unamuno, otro que tal bailaba... – de mañanera, en mi jet privado –pero sin la bota ni la tortilla que queda muy campestre, a ver si se van a dar cuenta de que provengo de las profundidades de los arados. ¡Oh my God! ¡Esta poética vida me va a ajar los ajuares de mis templos! Es tan arriesgado y emocionante esto del momentico... ¿a que sí? Vivir peligrosamente es tan cansino como la búsqueda de sentido y propósito, tareas que acaso finalicen cuando uno ya no despierta ni para el brunch ni para el lunch, ¡Chi lo sa! Y tan fácil es ser feliz como difícil ser digno de ella. Y también es fácil vivir a costa de la ignorancia ajena y difícil negarse a ello. Tan fácil como decir que hagan para que uno no tenga que hacer. Clara es, por tanto, la dificultad que entraña la aplicación del momentico sin dilación alguna, que casi siempre ocurre que se dilata –a mí a veces también me pasa–, a no ser que la materia en cuestión sea de sumarísima celeridad, como, por ejemplo, un, dos, tres, responda otra vez: las cuestiones referidas a ¡siiii... !, veinticinco mil respuestas acertadas a dos euros que te quito de gasoil por dar en los clavos, y así puedo mantener mi yate–limusina y mi quinceava maravilla deshabitada frente a la costa... total, seiscientos sesenta y seis euros el kinderwatio–hora. Ah, y disculpe quien se sienta herido o herida, pues cuando a uno lo provocan una y otra vez y se ve en modo supervivencia –en los demás casos ya es vicio– generaliza y da tortazos incluso a quienes lo ayudan. Que cada cual es casuísticamente único e irrepetible.
Acto I: Dialéctica transpersonal
«¿Y los otros qué hacen?; Pues pasar los asuntos abstractos a capas más concretas, ¿no los ves todo transversales de un lado para otro?; Qué va, y aparte de esto que dices que hacen, ¿hacen algo más?; Nada pues; Pero si la nada no existe, siempre hay algo, aunque sean alfombras rojas volantes y materia acristalada rotativa; ¿Y no será más saludable que hagan algo más de lo que hacen?; Sin duda, pero se les caen los anillos y Sauron les envía al momento a la manada de esvásticas. La luna llena les es atenuante y la tienen a diario –que yo no la veo–, todo un chollo. Son los derechos naturales majo. Ya le voy a dar un par de vueltas a posteriori; No, no, mejor dales un par de fostios apriori antes de que se confíen; ¿Como el de la patada en la puerta?; Si, pero en la boca, que los marcos de la carpintería y albañilería son más baratos que la dentadura y el paladio está carísimo; ¿Y tú ya te has descalcificado y desclasificado?; Sí, por supuesto, cada vez que encero el suelo de mi templito y la protuberancia de mi coronilla, me siento como un hechicero y me veo radiante y electromagnético, sin destemples ni nada que se le parezcan, y a una temperatura de 290,15º Kelvin. Y busco casi lo mismo que los aficionados a las piedrecitas filosofales –las que se te meten en el zapato–, pitonisas diurnas, chamanes, alquimistas, brujas, sacerdotes y oráculos... la evitación de lo espantoso en lo efímero y olvidadizo, y el momentico de eternidad; Pues yo por fin he conseguido hacer más de cinco cosas a la vez, aunque creo que se me ha reducido la capacidad de la vejiga, porque si el cerebro me aumenta y no me alargo la bajera, de algún lado tiene que salir; Si sí, la elasticidad es otra de nuestras fuerzas conservativas; Pues eso, que echo jabón a la lavadora y al lavavajillas, las enciendo, hablo con mi consultora indígena, sonrío y sofrío la base del tomate. Triturarlo no porque aún no puedo sostener la túrmix con la rótula y la fuerza de la gravitación me vence; tiempo al tiempo».
Acto II: Demasía y libertad para coaccionar
En un programa de la radio de nombre conocido y del que no quiero ni acordarme, se invoca a darlo todo para orgullo de la armamentística y a que el estado rebaje los impuestos a las energías: Periodista después de haber desayunado ensaladilla rusa y por ahora no incomunicado en Polonia «¿ha pactado usted dicha rebaja con los traficantes de la furia levantisca?»; Concomitante: «Hay que tener en cuenta que dado lo trágico de las circunstancias en que nos vemos inmersos, en un par de semanas de ayuno, conseguiremos establecer un consenso europeo entre pitos y flautas»; «¡Faltaría más! –articula aleatoriamente una voz rodeada toda ella con un collar de una aleación de rodio y platino– ¡Mi dinero me lo gasto como yo quiero yo y el de los demás también, hasta aquí podríamos llegar... !» En otro programa de la pantalla plana y de hombría mismamente advertida, y del que me disgusta también acordarme, debate democrático de a cuatro y una mediadora, porque está en el medio, no más. Dos comedides a la izquierda de la plenitud criticando el envío de armamento para la defensa de la paz de algunes –un par de trabucos del siglo de las luces navideñas –a la otrora usada por occidente, y dos a la derecha –caballeros éstos de la orden intemperante. El moderado diestro pregunta en tono inquisidor: «¡¿me dice que está en contra de armar a Ucrania?!». La zona izquierda tiene miedo, se la infla el hemisferio derecho –los precios no paran de subir– y capitula temblorosa, porque el otro saca esa jota que no baila y que proviene de estos y aquellos huesecillos de la mano en brazo erecto, y parece que va a convulsionar emanando espuma por la boca. Pero se contiene porque no está en el lugar adecuado para dejarse llevar por un telele. Y se justifican en los pobres animalitos, porque no han dedicado tiempo a utilizar el órgano de arriba, pues solo se ven el de abajo, y el espejo les asusta si no están estupendamente belicosos. «¡Viva la libertad de coacción!» se oye entre la baratija de bambalinas que ha comprado con la pasta de los demás el alto comisionado y hermano de la Beata. Supongo que la APA no tiene demasiado tiempo para tomar barajas y barajas de las cartas de Heraclio en estos asuntos, catalogarlos como lo que son e incluirlos en la próxima edición de la DSM. Puede que tengan mayores subvenciones para estudiar los efectos desoladores de la devastación en la población civil –ya sin tornillos– y en tanto soldado desechado, porque a los donantes, y amigos de los fabricantes de soldaditos, les encoge el corazón ver la tragedia que generan. Vaya panda de oligoelementos, prefiero llamarle a Fourier para que me transforme estas insanas frecuencias en audiciones integradas que pertenezcan a mi tiempo y espacio.
Acto III: Tiparracos en la mística urbana.
«¿Y tienes algún que otro interés aparte de este?; Pues sí, en que no me suban los tipos; Vaya, a mí se me subieron hasta casa y de un patadón en el umbral entraron hasta la cocina; ¿Tenían hambre?; Sí, mucha, se comieron toda la carne con pimientos del asador; ¿Y dijeron algo?; Poco y mal, tenían la boca llena, que era una ley que les amparaba para el expolio culinario, una tal «Porfuera» con la que podías meterte «p'adentro» en circunstancias especiales de arrebato; ¿Y no te ofrecieron de paso cambiarte a su compañía suministradora de energía?; Qué va, solo me dieron un papelito donde decía que tenía un mes gratis de furor para asar pollos, y que cuantos más asara desde ese momento mejor para mí y para sus purines, que allí también me regalarían dos por uno, y que me hacían socia del orfeón de titiriteras, que era un ofertón al que no podía negarme; ¿Y no te negaste?; Al principio sí, pero una tal Covadonga –la jefa– me ató amablemente a un crucifijo portátil que llevaban en el bolso de ataque y me amenazó con juntarme los ojos con la vertical, clavos mediante; Los mismos que querían matar a Sánchez; A ver, no te precipites. Con éstos siempre hay que presumir de su inocencia, yo creo que se confundieron. En realidad querían a Marta Sánchez... Como te decía, he tenido que firmar dos contratos de tarifa convexa, y, a decir verdad, no me va tan mal; Pues a mí Tarifa también me encanta, aunque no haya ido nunca; Como te decía, les compro aves de corral a un precio simbólico, los aso, envaso y vendo a precio del disprosio; Uy, si mi vecino no vende nada ... habrá sido cosa de ayer; ¿También se llama así?; Sí, desde que yo le conozco; Pero algo venderá, porque regalar regalan nada; No lo sé, cuando me despierto a orinar y me acerco a la mirilla, lo veo todo constreñido, como si le hubieran pasado varios camiones por encima; ¿No será que trabaja de transportista autónomo por las noches?; Pues ahora que lo dices; ¿Y no tienes miedo a que te vuelvan?; Si, pero sé que el señor todopoderoso me protege; ¿El que se te ha colado por la puerta?; Nooo, otro. ¿Quién entonces?; Pues ni idea, a mí me han dicho que confíe y yo confió; No te fíes Fátima, no te fíes. ¿No será por casualidad aquél de la generación espontánea, el del génesis, al que no hay por dónde encontrarle la causalidad?; Ahora que lo dices... en los sistemas cuánticos pasa lo mismo, que los procesos surgen sin causa alguna; ¿Sin causa aparente alguna? ¿De la nada?; Así parece; Pues para para mí que sigue sin existir, y lo del Dios primigenio que nos creó en plan fotocopia, tampoco me convence demasiado. Al principio parece que sí, pero luego ya con el tiempo va descuadrando el trasunto.
Acto V: La fluencia de la Fulgencia.
Mi aqueménida abuela de Zirauki –Kunken en escandinavo de andar por casa y Flujen para el abolengo tártaro de mi corazón de Zapatza, y que descansen con tanta paz y años como descansaba Hydra en aquella piscina– decía muy brillante y prudente ella: «lo siento, pero no puedes ser otro. Querer serlo es por la imposibilidad de ser uno mismo. Tienes que ser tú, y será ese el momentico en que trasciendas; Si, pero a veces, cuando me miro frente al espejo huyo de él, tan cierto como que otras veces también se desencaja él y huye de mí. ¿Qué hago amoñi?; Pues sigue a lo tuyo, que desde que Adán le birló las manzanas a Eva para hacer sidra, el Altísimo –debía de medir por lo menos unos cinco metros, que qué pena que la NBA no lo fichase– no para de llorar y hay veces que se junta tanto lloro que hay inundaciones hasta de aluviones, como hace unos cinco mil años cerca de Ur –porque no lo canalizan bien y les da lo mismo; Pero, escucha, no te vayas de navarra, ni de la barra de la tasca, ni te apagues, ni dejes de respirar, a no ser que estés bajo el agua». Bien listas eran ellas como etxekoandres, porque no tuvieron tiempo para dar de comer al negocio de los Masters, que si no... , que por mucha intención que tuvo aquel régimen en deformarlas y someterlas a grandes esfuerzos, mantenían su temperatura en la frialdad de los 17º C, y presentaban escasa fluencia al aplastamiento. Mi reloj biológico parece que no conecta en concreto ni con el cemento mediterráneo, ni con el hormigón armado, ni con sus canalizaciones. Como mucho –pero bebo más aun– con las rocas, piedras y minerales esenciales –y si son preciosos, extraídos a un microcéntimo la tonelada y vendidos a un precio tan elevado como los dos menudillos del minero, más sus dos ojos, más los vestiditos para mí harén, ni te cuento. Y esto me desorienta tanto como a los cetáceos el desequilibrio electromagnético, cuando aquellos juegan a los barquitos de guerra y a lanzar bombitas, nostálgicos de cuando de nenes jugaban en la bañera –aunque también los desorienten causas más naturales que nuestra especie.
Acto VI: Hydra y mi eunomía.
Algo parecido me pasaba a mí que, de cuando en vez y en alguna que otra piscina, no encontraba el buen ánimo necesario, porque había seres que nominalizaban las calles comunales para hidratarse para todo el año –ocupándolas por la mitad, hieráticamente– como si los que esperábamos fuéramos escuálidos que cabíamos en un octavo de vía. Hydra sin la enagua en su máxima expansión corporal. Pero después de que Moisés apareciera en bikini para abrir las aguas de su calle, creo que algo se reguló. Pues algo sí que molestaba porque en estos casos, ni en vegetal clasificaban a quien desesperaba. Pero enemiga no era, porque, aunque me hiciera dudar de lo óntico y de mi auto clasificación, no suponía peligro alguno para mi supervivencia. Otra cosa es que se lo dijera amigablemente, de seguido me atacara directamente al hígado, me cayera al agua sin tiempo para alejarme y casi me ahogara. Mientras esperaba, contemplaba y analizaba a la indisoluble, porque no podía rechazar la oportunidad que se me daba. Y aunque ella quisiera y yo la viera bastante coalescente, no podría disolverse en estas aguas. La memoria colectiva en este estado también resulta útil por si se nos olvida el horario de cierre de la piscina cuando se nos ha caído el móvil a la taza del depositorio.
Acto VI: Parkingología
En un parking para utilitarios de metraje normalizado no limusínico, un sencillo usuario se dirige a una suerte de vigilante de la jurado, a quien, con sus lecturas de garita, ojea y admira a aquellos a quienes les gusta lanzar seres animados por las ventanas, para luego aparecer en el circo mediático y forrarse. «Buenas tardes, verá... , es que tengo necesidad de aparcar y parece que no hay sitio; Pues espere, que a mí me pagan por contemplar y que no ocurra nada. Yo soy un mandado; Vaya... entonces... ¿le habrán mandado figurarse la varianza relativa rotacional del conjunto, ¿no?; ¿eings... ? ... que si sabe cuánto voy a tener que esperar a que libre una plaza; Ya le he dicho que me pagan para que no ocurra nada... ». Me extraña que a algunas fuerzas de no sé qué orden, con lo que les gusta mirar y con el tiempo que detentan, aún no se hayan aficionado a esta ciencia. Que, si hacen rascacielos porque no hay terreno suficiente, no entiendo porque no intentan que los coches lo rasquen también. Tras tiempo de espera y conseguir aparcar, saco la bicicleta portátil del coche, y cuando a los kilómetros también quiero aparcar, me encuentro con que no tengo sitio, porque algunos objetos para chatarra que llevan décadas en los aparca bicis siguen ahí con unos candados de mayor grosor que sus cuadros. Aquí tampoco necesitan de esta logia. De entre estas cuatro barras redondeadas siempre hay tres ocupadas, y una de ellas –menos mal– la utilizan a diario de manera adecuada. A veces, la conjunción humana misma tampoco ofrece mucho más. Pues me visto de Amazigh y le explico al ordenanza del lugar las fases, las templanzas y los efectos del granallado de los vientos del Sahara en el amasijo de hierro, a ver si así le da por ponerse las gafas y comunicarse con el departamento de turismo.
Conclusión y moraleja:
Los recursos son limitados como nosotres y parece no haber generación de energía que sea sostenible, de acuerdo. Y es curioso que haya límites legales para casi todes, pero no haya ni materia gris ni tiempo para regular la acumulación omnímoda, la corrupción omnívora y la omnidestrucción nada constructiva. Está muy bien esto del cariño, pero no hace falta esperar a que se nos desparramen las entrañas mientras intentamos sencillamente caminar. Oigo lo de siempre, que no produzco, que no me haga la griega, que a ver quién va a llevar el timón de la barca de chanquete, ¿será porque me niego a sostener cualquier procaz alienación? ¿O porque no me suscribo a la tarifa esférica de la champions? Y yo les digo que la barca va sola con el viento de levante que levanto, que no hacen falta más compulsiones. Si nichos de negocio y melones para abrir hay hasta jartarse (visítense las plazas de la meseta central y sus vertientes que otrora arrasaron a ultranza). Haz, por tanto, lo que te venga en gana sin molestar a tu vecina, y si la molestas sin al principio darte cuenta, ocúpate para que la siguiente no ocurra. Y si dándote cuenta antes y después de que la molestes, te pillan –y si no, la has clavado–, y aunque te ampare esa especie de arrogancia estatal, ten algo de cash a mano, y mucho más en un jardín del Edén, y no pares de apretarle los menudillos al tribunal que quiera juzgarte y a sus amiguitas otras prominencias. El finiquito por favor...