Jose Mari Esparza Zabalegi
Editor

El socialismo que hemos conocido

Viví en un país socialista y no me di cuenta de ello. Sin revolución, sin partido dirigente, sin palacios de invierno ocupados… pura tradición vascona, mero derecho consuetudinario. Incluso, en algunos aspectos, la nuestra fue una sociedad comunista. Bastó haber nacido en cualquier pueblo de la Navarra rural, donde el 60% o más de la tierra era comunal. Recuerdo de muete escardar a gancho en el Saso, con mi aita, nuestras diez robadas de lote comunal, parte de las 30.000 recuperadas por los abuelos en 1908, a base de apedrear las casas de los ricos y de quemar sus caseríos. Simple defensa del antiguo régimen que muchos pobres veían más justo que el que ofrecían aquellos progres liberales de pacotilla y billetera.

El trigo y la cebada se almacenaba en casa y, una vez recogida la cosecha, el maná caía para todos: panaderos y tenderos cobraban entonces cuanto nuestras madres les habían dejado «al debo» a lo largo del año. Es decir, que el propio vecindario hacía de banca, sin necesidad de recurrir siquiera a las pías cajas agrícolas locales, hechas por y para los pobres, al amparo de la Rerum Novarum. «Mi hijo va a ir dos años a estudiar a Pamplona, ¿me fiarás la carne hasta que vuelva y trabaje? –preguntó mi madre a su carnicero. «Sí, pero con una condición –contestó el otro–. Que lleves tú las cuentas». Y así se forjaban clientelas y amistades eternas.

Una sociedad en la que todos fiaban y se fiaban. Se compraba y se vendía dando la palabra y un apretón de manos, el hitza hitz de los euskaldunes. Las casas siempre estaban abiertas y el trueque era lo habitual. En muchos pueblos hemos conocido cómo se entregaba el trigo a la panadería y se cobraba en barras de pan. La matanza del cuto, el matatxerri, era la alegría del barrio, y a todas las casas nos llegaba algo del «presente», siquiera la primera longaniza. Se trabajaba «a ordea», hoy para ti, mañana para mí, y a las noches se juntaba el vecindario, para desgranar juntos el maíz y la memoria colectiva. El auzalan era el acto troncal de aquella sociedad, tanto para obras de interés general como para podar la viña al vecino que caía enfermo. Las familias con demasiados hijos dejaban algunos con los tíos, estrechando los clanes. Cuando mi madre recién parida estuvo unos días enferma, me llevaron como era costumbre a la teta más cercana, y por eso los hijos de la Cesárea, amén de vecinos, son mis hermanos de leche.

Una sociedad que no generaba basuras porque todo se reciclaba; las «sobras» para los cutos y gallinas; los «fiemos» para el campo; los sólidos para el fogón. La gente barría la calle. La ropa y el calzado usado pasaba a hermanos, primos y vecinos. La muerte también se asumía como carga colectiva: el duelo se acompañaba de copiosas meriendas y libaciones que hacían más leves los lutos y más íntimos los lazos sociales. Al final, el entierro se pagaba a escote, dando dinero a la familia para cubrir los gastos, como todavía se hace en Iparralde.

La familia era una cédula comunista. Todos aportaban según sus posibilidades y recibían según las necesidades. La madre llevaba la casa y administraba hasta la última ochena, con un poderío matriarcal que nadie osaba cuestionar y que no suele estar bien reconocido en los anales del feminismo vasco. A los trece años, mi primer jornal lo cobró mi madre y siguió haciéndolo hasta que traspasó sus poderes a mi compañera.

La propiedad comunal de la tierra no solo posibilitaba el cultivo por todos los vecinos. También eran comunales los pastos, la caza, el esparto, la cal, la piedra, el agua... Recuerdo ir al monte a recoger el lote de leña, gratuito. Hasta hace poco los ayuntamientos mantuvieron sus pastores y duleros, a los que los vecinos les dejaban las cabras, vacas y ganados para pastar en el común. «¡Unzalarrea!» (Ahuntza larrera!) era el enigmático grito, restos del euskara perdido, que echaban de casa en casa los duleros de la Valdorba.

El Ayuntamiento de Tafalla tuvo su propia carnicería hasta 1923 y mi abuelo conoció la venta de hasta 90.000 kilos de carne al año en las tablas concejiles. Eso sí, cualquiera podía abrir una carnicería –el libre mercado liberal ya estaba impuesto– pero lógicamente, el precio lo sujetaba la tienda concejil. Lo común, siempre por encima de lo privado. Es muy ilustrativa la polémica municipal de aquel año, cuando la mayoría de concejales liberales se impuso a los viejos carlistones comunaleros y barrieron aquellas «antigüallas», incompatibles con la modernidad y el libre mercado.

Y con similares argumentos, en los años 70, ayer mismo, Artajona dejó de tener su propia Electra, que daba electricidad gratuita a todo el pueblo. Había sido instalada de forma comunal por la Sociedad de Corralizas, otra asociación del antiguo régimen que deberían estudiar los izquierdosos de manual. Hoy día las empresas ponen cuatro latas giratorias en nuestros montes comunales, aprovechan el aire, también comunal, y nos cobran luz como si fuera de ellos. Nadie se pone a pensar que al igual que hicieron los de Artajona y otros pueblos hace cien años, hoy deberíamos tener la electricidad gratuita.

No faltará quien me acuse de hacer apología de un tiempo que tenía sus miserias. También las conocí. Solo he querido decir que, en este tiempo de desesperanza, de resignación ante el capitalismo globalizador, en que las izquierdas parecen conformarse con lo que el sistema les deja, sin plantear siquiera teorías que vayan pergeñando un horizonte revolucionario, esa mirada hacia atrás, hacia esa sociedad que hemos conocido, nos debe servir para desmontar el discurso individualista dominante. Hay otras formas de vivir. Más sociales. Más comunales. Más nuestras. Sobra riqueza en el mundo para todos y todas. Pero sobran las eléctricas, los bancos, los amazones. Hay que echarlos; pasarlos por la guillotina si fuere preciso. El socialismo y la fraternidad humana son posibles. Yo, de alguna manera, lo he vivido.

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