Presidente de la Fundación Arizmendiarrieta
¿Estamos en un «capitalismo zombi»?

La salida, bautizada como «patada a seguir», se encuentra, para complicar las cosas con algunos datos que indican que pronto nos vamos a encontrar con otra pared

2019/11/08

Se cumplen este mes 30 años de la caída del Muro de Berlín, acontecimiento que marca simbólicamente el fin del modelo económico comunista, basado en la propiedad pública de los medios de producción y la planificación centralizada, como alternativas a la iniciativa privada y el mercado.

Después de 70 años desde que empezó en Rusia el intento comunista de construir un sistema más justo y solidario se constataba que había sido incapaz de conseguir los objetivos humanos que buscaba, a la vez que provocaba ineficiencias económicas e injusticias innumerables.

La evolución de la economía china, aún manteniendo el sistema de Partido Comunista único, reforzando la iniciativa privada y el mercado, confirmaba la renuncia al sistema ideado por Carlos Marx para resolver los problemas y necesidades de las clases trabajadoras y cuyos rescoldos sólo colean en países marginales como Corea del Norte y Venezuela

En estos años transcurridos desde entonces, y coincidiendo con un importante desarrollo tecnológico, se constata el hecho de que cientos de millones de personas, sobre todo en China e India, han abandonado el umbral de pobreza y conseguido estándares de vida más dignos.

Se ha creado riqueza, que en Occidente ha llegado a amplios sectores de la población por vías diversas, viviéndose desde la caída del Muro de Berlín un amplio período de bonanza económica.

Sin embargo, 20 años más tarde, la exageración de los valores del individualismo, egoísmo y falta de regulación de la actividad económica, dejando al mercado a su propio albedrío, provocó otra crisis a nivel mundial, cuyo centro fue el sistema financiero y que se visualizó con la quiebra de Lehman Brothers y el pánico en los mercados y entre los ahorradores de todo el mundo.

El egoísmo se había transformado en codicia, que se iba admitiendo con naturalidad como motor de la ambición empresarial y el progreso económico. La no intervención de los poderes públicos llegó a consentir un funcionamiento financiero inaceptable tanto moral como técnicamente, con responsabilidades compartidas por dichos poderes públicos con agentes privados como empresas de Auditoría, agencias de rating…

En un artículo publicado hace diez años en estas mismas páginas nos hacíamos las siguientes preguntas: la caída de los bancos de inversión americanos, símbolo de los valores de Wall Street ¿podría estar marcando, como la caída del Muro de Berlín, también el fin de una época y de unos valores que, en mayor o menor medida, nos han afectado como individuos y han influido en nuestras realizaciones colectivas?

 No había respuesta, por otro lado, sobre el tiempo necesario para «digerir» la burbuja financiero-inmobiliaria derivada de la innovación financiera y la falta de responsabilidad de los gestores, principalmente de las entidades financieras americanas. ¿Seremos capaces, nos preguntábamos entonces, de corregir pronto los excesos anteriores y entrar en una nueva senda de desarrollo estable y sostenible?

11 años después podemos responder que, contrariamente a lo que le ocurrió al sistema comunista en 1989, el capitalismo no ha sufrido un cambio reseñable con motivo de la crisis del 2008.

Si bien es cierto que la actividad financiera está más regulada, todavía se está lejos de encontrar un funcionamiento del sistema alejado de la especulación y la prioridad por el enriquecimiento desmedido y a corto plazo de gestores «extractivos» de un valor que, a veces, ni siquiera producen (los datos referidos a la remuneración de los principales directivos bancarios españoles comparada con la evolución de la cotización de los bancos que dirigen son escandalosos).

Y el problema se ha resuelto de forma eficaz pero probablemente insostenible: insuflando en el sistema cientos de miles de millones de dólares en USA y de euros en Europa e incrementando el endeudamiento de todos los estados (con un record de 24 billones de dólares en el caso americano), pero sin acertar a introducir reformas relevantes en el funcionamiento del sistema.

Con unas consecuencias conocidas por todos: aumento de la desigualdad entre el 1% más rico y los países y capas de ciudadanos con menor fortuna, un empobrecimiento de las clases medias de los países occidentales, lo que genera un malestar social que se traduce en el apoyo a partidos populistas y ultranacionalistas al borde mismo del sistema democrático.

La salida, bautizada como «patada a seguir», se encuentra, para complicar las cosas con algunos datos que indican que pronto nos vamos a encontrar con otra pared y, en esta ocasión, de proporciones hasta ahora desconocidas: nos referimos al hecho de constatar que el Planeta Tierra es finito y que algunas de sus variables podrían estar peligrosamente cerca de su final.

La contaminación del medio ambiente, el derroche de recursos, el calentamiento global y la destrucción de la biodiversidad se van acentuando ante una cierta falta de interés generalizado y una incapacidad de los líderes mundiales de hacer frente al nuevo reto. (En la práctica, por poner un ejemplo, las consecuencias de la resolución de la Cumbre de Río y la Agenda 21 han sido muy insuficientes como para poder cambiar el rumbo del planeta).

Pero ¿qué se puede hacer en este «capitalismo zombi», de forma que podamos dejar un mundo adecuado a las próximas generaciones? Y, sobre todo ¿cómo debemos situarnos desde un pequeño País como el nuestro? Preguntas nada sencillas, que merecerán otro artículo para apuntar algunas respuestas tentativas, nada definitivas, pero que tal vez sirvan para debatir el problema entre nosotros.

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