Profesor de Formación Profesional
Fascismovirus

No nos podemos dejar abatir por el miedo. El miedo como argumento para reprimir la libertad en nombre de la propia libertad, es tan viejo como el mundo y ha sido históricamente utilizado para introducir medidas restrictivas de libertades difícilmente asimilables por amplios sectores de la población fuera de estas situaciones de shock.

2020/04/01

En estos días extraños y distópicos donde cada día que pasa las noticias que consumimos caducan al instante, es más necesario que nunca aprovechar la situación y reflexionar sobre alguna de las derivadas que esta «nueva» situación está generando.

Estamos observando diariamente a los militares arengando con lenguaje bélico a policías de toda estirpe cuerpo y graduación haciendo pedagogía de la autoridad y del palo, a vecinos increpando a gente que transita por la calle, y observamos con preocupación, también, cómo todos estos episodios son difundidos y elogiados desde las redes sociales y algunos medios de comunicación que los aplauden sin un mínimo de crítica y reflexión. Vemos un estado omnipotente y omnipresente que día a día ofrece ruedas de prensa surrealistas en las que militares, policías y guardias civiles cargados de medallas, nos trasladan un parte de guerra en el que no faltan reproches a ciudadanos por actos (algunos puramente anecdóticos) que son consecuencia de la situación de stress que estamos viviendo.

Vemos, también, cómo fascistas de balcón increpan, insultan e incluso agreden a personas sin conocer sus circunstancias, al mismo tiempo que miles de trabajadoras y trabajadores se desplazan en «transportes públicos» a sus lugares de trabajo para llevar el sustento a sus hogares, mientras muchos empresarios engordan sus cuentas de resultados, alentados por políticos hooligan muy preocupados por mantener activa la actividad industrial, prometiendo dotar a las empresas de los EPIs necesarios para garantizar dicha actividad, cuando estos equipos de protección individual se están demandando agónicamente, casi suplicando, desde los centros de salud de hospitales y residencias, priorizando la economía sobre la vida. Pero esto no parece generar el alarmismo e indignación, qué por poner un ejemplo, supone el que un niño con autismo necesite salir a dar un paseo por el parque.

No nos podemos dejar abatir por el miedo. El miedo como argumento para reprimir la libertad en nombre de la propia libertad, es tan viejo como el mundo y ha sido históricamente utilizado para introducir medidas restrictivas de libertades difícilmente asimilables por amplios sectores de la población fuera de estas situaciones de shock.

Naomi Kleim en su obra "La doctrina del shock" hace un breve repaso de cómo algunos acontecimientos de carácter traumático han sido utilizados por distintos gobiernos para implementar medidas en este sentido.

La lista de acontecimientos traumáticos acaecidos durante el siglo pasado y durante este siglo, son innumerables. El ascenso de los fascismos en el periodo de entre guerras y el crack del 29 que tuvieron como momento más dramático la II Guerra Mundial, o acontecimientos más recientes como el 11-S son solo dos ejemplos paradigmáticos que ilustran cómo el miedo se ha utilizado como catalizador para imponer medidas de control social y recorte de libertades al servicio de espurios intereses muy alejados del bien común. Son ejemplos entre tantos que pueden servir para ejemplificar una situación que se repite cual círculo vicioso a lo largo de la historia reciente y pasada.

La tentación de poner nuestras vidas en manos de una élite que vele por nosotros en momentos en el que el miedo nos invade, además de comprensible parece incluso lógica, pero la historia reciente nos demuestra tozudamente que estas fórmulas derivan siempre en desastres sociales y humanos de imprevisibles consecuencias.

Otra arista interesante, digna de análisis es la estigmatización de sectores sociales oprimidos a los que se culpa de todos los males que nos asolan. Determinados sectores reaccionarios nos presentan las marchas del 8 M como la causa que ha contribuido a la expansión del virus que ha provocado la crisis sanitaria en la que nos vemos inmersos, obviando otros actos públicos de carácter deportivo, cultural, político, religioso… multitudinarios que no parecen haber influido en dicha expansión, culpabilizando a sectores muy concretos para inocular una dañina ideología que desgraciadamente cala y recuerda a experiencias no tan lejanas sucedidas en la Alemania nazi.

Es obvio y evidente que la responsabilidad individual es necesaria en estos difíciles momentos, que todas y cada una de las personas debemos empujar en una misma dirección, que el estado debe ser garante de proveer y abastecer a la ciudadanía de los elementos indispensables para poder afrontar estos críticos momentos. Alimentación, atención sanitaria, alternativas habitacionales, protección y cuidados de discapacitados y de mayores, en definitiva, protección social. Pero tenemos que estar prevenidos ante esa tendencia autoritaria que va calando como un «virus» en amplias capas de la sociedad, en las que el lenguaje militar: guerra, soldado, deber, obediencia, victoria, derrota, patria, y también el Rey «como el primero y último soldado» inundan informativos de la mano de los militares. Prevenidos, también, de policías macarras, seguratas agresivos, chivatos y fascistas de balcón que aparecen en primera línea de fuego como los salvadores frente al coronavirus.

Creo no equivocarme al afirmar que el «fascismovirus» puede contaminar a una importantísima parte de la sociedad si no activamos todos los mecanismos profilácticos de carácter social, político e ideológico, que nos prevengan de esa otra pandemia que se está propagando. Son tiempos propicios para el avance del totalitarismo y tremendamente letales desde el punto de vista de la libertad y del progreso social. El mundo totalitario del que habla Aldous Huxley en su obra Un mundo feliz, «forma parte de la condición humana que insistentemente tiende hacia su autodestrucción, que quizás demanda un mundo «eficaz» en el que los todopoderosos y sus colaboradores gobernarían una población de esclavos sobre los que no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre».

Hoy más que nunca necesitamos sociedades democráticas fuertes al servicio de la gente, dotadas de instrumentos que cubran las necesidades del común, que redistribuyan y gestionen los servicios esenciales, que garanticen que los más desfavorecidos no se queden atrás, desprotegidos. Un modelo social humanizado que ponga la solidaridad y el interés social por encima de intereses mercantiles, una sociedad que responda con solidaridad y apoyo mutuo para llegar a un objetivo común que es el bienestar de todas y cada una de las personas que componemos la comunidad.

He escuchado estos días la intervención de Mireia Vehí, diputada de las CUP en el congreso de los diputados. Comparto con ella la reflexión en torno a la difícil situación que estamos padeciendo, afirma que necesitamos pan, techo, sanidad y un plan de choque social y nos recuerda que no necesitamos arriesgar nuestras vidas en trabajos innecesarios para afrontar esta crisis humanitaria, tampoco necesitamos armas ni militares porque lo que nos va a salvar la vida no es la ética del enemigo común sino la ética del bien común.

De cada uno de nosotros y nosotras depende que el «fascismovirus» no nos contagie. Sabemos que es complicado en la situación anímica en la que nos encontramos, pero utilizando las herramientas propias de la izquierda como son la solidaridad y los valores de justicia social que siempre hemos defendido como una de las grandes esperanzas de la humanidad, afrontando el futuro sin miedo, solo entonces, daremos negativo en la prueba del «fascismovirus» y así podremos hacer frente al presente y al complicado futuro que nos espera, con determinación, para que este virus, efectivamente, no actúe al servicio del totalitarismo. Un futuro en el que el «nosotros» prime frente al «yo», la solidaridad, el apoyo mutuo y la empatía se impongan al individualismo y al autoritarismo. Un mundo nuevo está en ciernes, depende de todos y todas no abrir las puertas al fascismo que está tocando con fuerza la aldaba del mundo.

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